El Jaime Garzón que no conocimos

Cinco testimonios de personas que formaron parte del círculo más íntimo de Jaime Garzón. Así lo recuerdan Alfredo Garzón, su hermano; Yamid Amat y Antonio Morales, periodistas; Antonio Navarro, político; y la exreina Paola Turbay. Texto publicado en Cromos en agosto de 2017.

En agosto de 2017, cuando se conmemoraban 18 años de la muerte del periodista Jaime Garzón, en la revista Cromos se publicó un texto que recogió el testimonio de 10 personas que formaron parte del circulo más cercano del comunicador que revolucionó la forma de hacer humor político en Colombia.

Hoy, cuando el canal RCN estrena la serie que rinde homenaje a su vida, vale la pena recordar los testimonios que dieron vida al texto de Cromos

A continuación, los testimonios de Alfredo Garzón, hermano de Jaime; Yamid Amat y Antonio Morales, periodistas; Antonio Navarro, político y la exreina Paola Turbay. Lea el texto completo AQUI 

Alfredo Garzón -  Hermano: "Jaime era un desastre. Me pedía la moto prestada para hacer una vueltita allí y volvía a los tres días"

 

Yo salí de Colombia cuando él estaba empezando a hacer Zoociedad y me mandaron unos videos con unos 10 programas. Después de verlos, me di cuenta de que era lo mismo que él hacía en el comedor de la casa. Por ejemplo, había una sección en la que el locutor decía «con el patrocinio de…» y hacía el ruido de un carro viejo que no quería encender. Ese era el carro del tío Ramón. Lea también: “Una telenovela no es ningún homenaje”: hermana de Jaime Garzón

Esas imitaciones las hizo desde que era chiquitico. Ya más grande, me acuerdo que siempre había amigos y mucha gente a la hora de almorzar en mi casa y todos nos quedábamos oyendo a Jaime, que ya le metía política a la parodia. Imitaba a todos los de la casa, los del colegio e incluso a Álvaro Gómez.

En la casa siempre hubo un ambiente de debate. Mi mamá nos subrayaba el periódico para que nosotros leyéramos. Nos indicaba la columna mordaz de Alfonso Castillo Gómez. Era común hablar de política y de lo que estaba pasando en el país, hacer críticas y eso fue lo que él hizo después en un escenario más amplio. Jaime era un desastre. Me pedía la moto prestada para hacer una vueltita allí y volvía a los tres días. Siempre fue loco. En las fotos de la primera comunión está haciendo muecas. Fue rebelde y lanzado y fue al que más le pegaron cuando éramos pequeños. Los dos nos llevábamos dos años y fuimos muy unidos. Fuimos al mismo colegio, compartíamos las mismas cosas, los amigos. Coincidimos en las opciones políticas y de vida. En medio de esa unión sucedían esas cosas entre hermanos, pero era más fuerte la complicidad. Le perdonamos todo, porque era muy chistoso. Uno termina queriendo a los que nos hacen reír. Las mujeres se enamoran de los que las hacen reír.

Yamid Amat - Periodista: "Quedó pendiente una promesa que él me hizo: dejar de intermediar en los secuestros"

Jaime era un tipo muy culto, le dolía la guerra. Él tenía la idea mesiánica de lograr la paz. Toda su obra en televisión, en teatro y en radio estaba dirigida a la crítica de la guerra y la defensa de la paz.

Nunca tuvimos una relación laboral, fue una unión espiritual y de amistad. Yo estuve muchos años desayunando, almorzando, comiendo y emborrachándome con Jaime, todos los días. Yo era como un padre porque incluso me ocultaba cosas por temor a que yo lo regañara. Por ejemplo, nunca me contó que fue a la cárcel a hablar con los paras para buscar una cita con Carlos Castaño.

Quedó pendiente una promesa que él me hizo. Yo le dije muchas veces que no volviera a servir de intermediario para liberar secuestrados, porque así como obtenía el agradecimiento eterno de las familias de los liberados, así mismo podría ganarse el resentimiento de quienes no lograran la libertad de sus familiares. Además, como todos los secuestros en los que intermediaba eran de carácter económico la gente podría pensar que era un negocio personal. Él me decía que no soportaba el dolor que le producía ver la peregrinación diaria de gente que lo buscaba en [email protected] desde primeras horas del día. Al final, me prometió que lo iba a hacer, que no se iba a involucrar tanto.

Estoy seguro de que Jaime era un ser absolutamente feliz, amaba la vida. Por eso, tenía pánico de que lo asesinaran. Su error fue que no supo medir el alcance criminal y asesino de quienes no le perdonaron sus ideas, su sentido humanitario y su devoción por la paz.

Nunca elogió a nadie, era bondadoso, amó a su país entrañablemente y no le gustaba ir al exterior. Quería ganarse un premio Nobel de Paz y trabajaba todos los días por eso. Despreciaba el poder y el dinero. Esa es la faceta que el país no conoce de Jaime y por lo tanto no lo valoran como ser humano.

Infortunadamente sólo se conocía su faceta de caricatura, el chiste, el bufón, pero no su lucha por la paz, su formación progresista, su devoción por la lectura, su sentido de la amistad y su lealtad con la gente.

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Un día, en Quac, estábamos cansados, no teníamos ideas. De repente llegó ‘el Perro’ (a Jaime le decíamos ‘el Perro’) y le dijimos: haga algo para hacernos reír porque no podemos arrancar los libretos. De repente se empelotó y empezó a correr desnudo por todos los corredores de RTI, donde había centenares de personas. Me acuerdo que se le puso en frente a una de las secretarias, la más conservadora de todas, y le mostró el pipí y le dijo: «Perdone lo poquito pero es con todo cariño». 

A veces, cansados de trabajar, nos escapábamos por las tardes al embalse de Tominé, en Guatavita, donde Jaime tenía un velerito para descansar. Navegábamos y conversábamos. Tenía una casa en la carrera 5ª donde había instalado un video beam gigante y ponía DVD de los mejores conciertos de salsa, algo que no se conocía en 1995, y los proyectaba en esa pantalla gigantesca. Nos pasábamos tardes enteras, solos o en unas rumbas apoteósicas que derivaban hasta el amanecer oyendo salsa y cantando.

Un día, en medio del almuerzo, en los estudios de RTI mandó a traer de Gravi un ataúd de utilería. Se metió adentro, se puso unos algodones en la nariz y narró su muerte. «Alerta Bogotá. En extrañas circunstancias fue asesinado el periodista y humorista Jaime Garzón de varios tiros». En ese momento todos estábamos cagados de la risa. Era muy gracioso verlo zampado ahí, narrando su entierro, contando quién había ido a la Plaza de Bolívar, cómo la cantidad de políticos que había insultado e injuriado llegaban allá, a llorar lágrimas de cocodrilo por alguien a quien, en realidad, detestaban. Qué premonición.

En medio de su locura, decía que el papá había muerto a los 38 años y que él no podía vivir más de esa edad porque sería una traición a su papá. Y curiosamente lo mataron cuando tenía 38 años. Con todas sus acciones de carácter político y de tratar de ayudar a los secuestrados, estaba buscando la muerte y finalmente la encontró. Jaime era una persona que no quería vivir más de lo que vivió.

En las comidas que organizaba los jueves, hubo dos situaciones muy tensas y divertidas al mismo tiempo. Una fue la primera vez que invitó al embajador gringo, Myles Frechette, a quien en Quac tratábamos de virrey, de vampiro, de hideputa, de todo. Pero fue curioso porque los dos se sintonizaron de inmediato. Jaime le mamó gallo, lo imitó y se hicieron muy amigos.

La otra situación fue muy tensa. Estaban Antonio Navarro y Jaime Castro. En los años 80, el M-19 ordenó secuestrar o no sé si matar a Jaime Castro y en la calle 32 con carrera 5ª, le botaron una grúa a la escolta. Hubo un tiroteo y casi matan a Castro. Uno de los comandantes del Eme era Navarro. Y cuando se encontraron en el apartamento de Garzón empezaron a insultarse decentemente. Navarro decía: «Usted fue un ministro que traicionó los diálogos de paz» y el otro decía «usted es un asesino que me mandó una grúa encima». Finalmente la cosa se arregló porque Jaime orquestaba todo el cuento y terminamos en una inmensa borrachera y Jaime Castro casi termina sentado en las piernas de Navarro.

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Yo conocí a Garzón en las épocas en la que firmamos los acuerdos de paz, en Santo Domingo (Cauca). Luego me lo encontré siendo yo alcalde de Pasto y me invitó a su casa a una reunión. Desde ese día, nos hicimos muy amigos. Luego me dijo que había un apartamento en el edificio donde vivía. «Pásese ahí antes de que cualquier bohemio alquile ese apartamento, arme fiestas y no me deje dormir». Él estaba en el quinto piso y yo en el sexto.

A su casa iba Enrique Santos Calderón, el ex fiscal Alfonso Gómez, María Emma Mejía… mejor dicho, se mezclaban todo tipo de personas. Él mismo y su esposa le servían a los invitados pasta y vino. Recuerdo que una vez fue don Hernando Santos, que ya estaba muy mayor. Era tan fregón el Garzón que don Hernando se fue al baño y Jaime le tomó una foto haciendo pipí. Su casa se convertía entre las 6:00 y las 10:00 p.m. en el lugar para ir a comer pasta y conversar con las personas más diversas.

En 1994 fui candidato a la presidencia y perdí y después me presenté como candidato a la alcaldía de Pasto, entonces, me sacó un chiste: «¿Qué hace un pastuso para ser alcalde de Pasto? Se presenta como candidato a la Presidencia de la República».

Para él, el dinero era un asunto totalmente accidental. Lo regalaba, le daba a la gente, invitaba a los amigos, mejor dicho era manirroto. La frase más inteligente y apropiada que le escuché fue en su momento cuando estaban en el proceso 8.000 y Jaime dijo: «Al presidente Samper hay que rodearlo… para que no se escape». Antes de morir, Jaime me dijo que quería ser candidato a la Cámara de Representantes.

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Jaime no conocía la pena. Cuando lo conocí, al día siguiente de la coronación en el desayuno real, fue el primero en entrevistarme para un noticiero. Me acuerdo que se sentó y se comió todo mi desayuno. Jaime nunca fue normal.

Cuando mi marido estaba de viaje, con el único que salía a comer sola, era con él. Yo le decía: «usted es tan feo que estoy segura que no me arman cuento». Él tenía una camioneta Cherokee y siempre que me iba a recoger forraba la silla con la bandera de Colombia. Íbamos a comer o almorzar con frecuencia. Un día le dije «deje de ser tan bobo, está muy cansón». Y se paró, se fue y me dejó sola.

Me acuerdo que me llegaba con pinta de nerdo y con los pantalones remangados hasta la rodilla. Siempre llegaba caracterizado. Cuando se arregló los dientes, era feliz quitándose la caja en todas partes.

El día mi matrimonio, en el Club Los lagartos, se bebió toda la champaña y me quedó debiendo el regalo. Se inventó que me había dado un tapete persa y en realidad me lo había enviado Julio Sánchez.

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