El lado bueno de los drones

Con precios que oscilan entre los US $300 y los US $20 millones, los vehículos aéreos no tripulados despiertan el interés de científicos y ambientalistas.

En 2012 la Agencia de Protección Ambiental de Escocia compró un Vehículo Aéreo no Tripulado, mejor conocidos como drones, con el objetivo de utilizarlo para identificar poblaciones de algas en la desembocadura de ríos. Al otro lado del planeta, en India, la organización ambiental WWF está utilizando estos mismos vehículos para detectar la presencia de cazadores furtivos de rinocerontes.
A pesar de la mala prensa que han recibido estos aparatos por cuenta del uso militar en distintas regiones del mundo, poco a poco se demuestra que en manos adecuadas pueden convertirse en útiles herramientas de investigación.
El uso de drones por parte de organizaciones civiles y científicas se retrasó por culpa del alto costo de estos aparatos durante décadas. En los años 70 la Nasa comenzó a utilizarlos para mediciones de gran altitud, pero sólo recientemente y gracias a la aparición de versiones más económicas han despertado el interés de muchos otros grupos alrededor del planeta.

“Los drones están en el camino de convertirse en una tecnología revolucionaria e indispensable”, comentó a la revista Nature Adam Watts, ecólogo de la Universidad de Florida y quien ha incorporado estos aparatos en sus investigaciones.

Los precios de los drones que están siendo utilizados por los científicos varían desde máquinas que rondan los US $20 millones, como es el caso del dron que adquirió la NASA con el objetivo de conducir investigaciones climáticas y relacionadas con huracanes, hasta otras versiones de drones que escasamente superan los 300 dólares. Entre los que han apostado por estas versiones más económicas figura Vijay Kumar, de la Universidad de Pennsylvania, quien además se ha hecho popular en redes sociales por cuenta de un video en el que una flotilla de pequeños helicópteros a control remoto toca varios instrumentos musicales (Ver video).

Ruben Salazar, director de Ingeniería Aeronáutica de la Universidad San Buenaventura y quien desarrolló junto a un grupo de ingenieros de esta institución un dron utilizado por Ecopetrol para monitorear sus oleoductos y por Codensa para vigilar sus redes eléctricas en Cartagena, resume en dos las ventajas de estos aparatos: se reducen los costos de operación frente a naves tripuladas y no se pone en riesgo la vida de seres humanos en situaciones de riesgo.

“En el caso de erupción de un volcán como el Galeras, se podría enviar un dron para monitorear el área y analizar el comportamiento del volcán. Lo mismo podría hacerse en caso de una inundación”, dice Salazar. A la lista de aplicaciones añade el estudio del tráfico en una ciudad como Bogotá en la que un dron equipado con las cámaras adecuadas podría enviar información en tiempo real a un computador para ser analizada y compartida con los ciudadanos.

El Navigator, diseñado y construido por Salazar y su equipo, alcanzó un costo de 1.200 millones, tiene una autonomía de vuelo de 4 horas, una carga útil de 10 kilogramos y puede recorrer un rango de 61 kilómetros, además de ser capaz de despegar en espacio del tamaño de una cancha de fútbol.

Pero las aplicaciones de los drones son numerosas y dependen de la creatividad de los investigadores. James Maslanik, experto de la Universidad de Colorado, los ha estado utilizando desde el año 2000 para tomar mediciones en regiones polares. Según declaró a la revista Nature, “estamos volando estos aparatos a 100 pies de altura de la capa de hielo, donde el viento alcanza los 80 nudos y la temperatura ronda los -40 °C.

Por ahora el mayor obstáculo para su uso en el campo científico podría venir de regulaciones y leyes nacionales e internacionales. El uso por parte de militares de aeronaves no tripuladas para atacar personas ha creado un debate global que ha llevado a reclamar un mayor control por parte de las autoridades.

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