Desde el ojo de Santiago Hárker

Lo que recorriera a lomo de mula Agustín Codazzi por nueve años con su comisión corográfica en 1850 para hacer los mapas del país, lo caminó Hárker casi dos siglos después.

Santiago Hárker es un hombre solitario, sin hijos, esposa ni mascota. Dedicado solamente a lo que decidió fuera su derrotero de vida: la fotografía. / Andrés Torres - El Espectador

Anduvo el país mirándolo ‘de reojo’, como el título de su libro, ¿fue fácil acceder a esos territorios aun siendo lugares de conflicto armado?
Soy muy precavido. Así que antes de llegar a un pueblo o zona rural de conflicto, hablo con la gente local, cosa que me parece clave. Ellos son los que, lejos de los rumores, saben con total certeza a dónde se puede ir y a dónde no. Trabajé muchos años en la Alta Guajira.

Esa zona es un territorio habitual en su discurso fotográfico. De hecho, realizó un trabajo profundo sobre los wayuu, ¿por qué el interés en la Alta Guajira?
Es un lugar donde quisiera vivir. Desde 1993 que llegué allí me interesé por sus luchas, costumbres y la calidez de su gente. A pesar de que entraron los paramilitares hace unos siete años y de que mis amigos se fueron por esa causa, trato de ir cada año. Me hace falta esa tierra.

¿Cómo llegó a ser fotógrafo después de estudiar y ejercer la ingeniería mecánica?

De niño me encantaban los aviones. Mi hermano tenía un telescopio y nos fascinaba mirar las huellas y estelas que dejaban en el cielo y por eso, sumado a que nos tocaba ir constantemente al aeropuerto a recibir familiares, empecé a generar una relación con los aviones, pero más allá de eso descubrí, muchos años después, que mi pasión era viajar. Y la fotografía me permitía eso.

¿Cómo ha cambiado o evolucionado su fotografía de 30 años hacia acá?

La vida misma es como un mundo de espejos. En cada cosa que haces hay expresado algo de tus necesidades, de tus anhelos. Y eso se veía reflejado en lo que plasmaba hace 30 años, que era un poco más desdibujado. En ese tiempo tal vez no tenía claro qué me interesaba. Hoy puedo hacer una fotografía con la convicción de lograr exactamente lo que quiero expresar.

Aunque su formación es empírica en fotografía, ¿cree que la academia es necesaria para un fotógrafo?

Es importante hasta cierto punto. Pero el exceso de academia es casi peor que la falta de ella. El fotógrafo construye y crea su propio estilo partir de la experimentación propia.

¿Para usted qué es más importante, la técnica o el contenido de la fotografía?

La técnica es una herramienta de la que te vales para lograr el contenido que requieres. Por lo tanto, el contenido resulta, para mí, la prioridad. Aunque le doy mucha importancia a lo estético.

¿Por qué se interesó en el trabajo de Codazzi? ¿Cómo se le ocurrió recorrer ese mismo camino 200 años después y hacer comparaciones sociales, geográficas y culturales?

He sido fanático de los caminos de herradura y hace unos cinco años me sugirieron revisar las láminas de la Comisión Coreográfica. Conocí el itinerario y recorrido exactos de ellos y con un ilustrador diseñé esos mismo lugares en la actualidad para saber exactamente por cuáles pueblos habían pasado. En esas descubrí que varios de esos caminos ya los había recorrido mi lente. Eso fue ya un camino abonado.

¿Cuánto duró en ese proceso?

Unos cuatro años. Aunque para lograr ciertas comparaciones que me resultaron atractivas empleé fotos que ya había tomado muchos años antes.

¿Se puede vivir de manera independiente, como lo hace, de la fotografía?

Así lo decidí y así lo asumo. Tal vez si me hubiera dedicado a la ingeniería, tendría mucho más dinero, pero menos satisfacción y una cosa no la cambio por la otra.

¿Y este libro cómo lo financió?

Una parte salió de mi bolsillo, de un fondo que destino para los proyectos futuros, y también la compañía Terpel realizó la compra de mil ejemplares y Villegas realizó la edición del proyecto.

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