El tiempo no pasa por Einstein

Tres físicos españoles hablan sobre el genio que cambió para siempre nuestra visión del espacio, el tiempo y el universo.

Las ecuaciones de la teoría de la relatividad general de Einstein cambiaron la visión del espacio, el tiempo y el universo./ Science/Ngliyen

“Es de mal gusto prolongar artificialmente la vida. He hecho mi parte, es hora de irse. Lo haré con elegancia”. Con estas palabras Albert Einstein (Ulm, Alemania-1879, Nueva Jersey, EE UU-1955) rechazó una nueva cirugía en el hospital de Princeton tras la rotura de aneurisma de aorta abdominal que había sufrido el 16 de abril de 1955.

 Dos días después murió a la edad de 76 años. De acuerdo a sus deseos y en la intimidad, su cuerpo enseguida fue incinerado y las cenizas arrojadas al río Delaware. Solo su cerebro ha permanecido a lo largo de las décadas por la sustracción que hizo el patólogo del hospital durante la autopsia. Confiaba en que algún día la mente del genio de la física pudiera desvelar sus secretos.

Pero Einstein dejó su legado como hacen los científicos: publicando sus trabajos. Su Annus Mirabilis ("año de los milagros") fue 1905, cuando presentó cuatro artículos fundamentales. Uno sobre el efecto fotoeléctrico le valió el Premio Nobel de Física en 1921, otro trataba sobre el movimiento browiano de las partículas –esencial para entender el átomo– y un tercero planteó su famosa fórmula E=mc2, indicando que la energía de un cuerpo es igual a su masa por la velocidad de la luz al cuadrado.

El cuarto artículo versaba sobre la electródinámica de cuerpos en movimiento, donde ya establece que la velocidad de la luz es constante y presenta la ‘teoría de la relatividad especial’, cuyos cálculos se plantearon en ausencia de fuerzas gravitatorias.

Una década más tarde, en 1915, Einstein presentó ante la Academia Prusiana de las Ciencias la ‘teoría de la relatividad general’, en la que ya tiene en cuenta los efectos de la gravedad. Esta teoría, cuyo centenario celebramos este año, supuso toda una revolución para la ciencia, revelando que el espacio y el tiempo –que no transcurre igual en todas partes– están entrelazados y se pueden deformar. El avance ha deslumbrado desde entonces a los físicos.

 

José Edelstein, Universidad de Santiago de Compostela

 

Hace seis décadas dejó de respirar el físico más brillante de todos los tiempos. Albert Einstein irrumpió en el universo académico a los 26 años de un modo al que incluso le queda corto el adjetivo de sobrehumano. Publicó cuatro trabajos como único autor: sobre la naturaleza de la luz, de las moléculas, de la masa y del tiempo. Cada uno de ellos significó una revolución científica de tal calado que el único corolario razonable habría sido la concesión de cuatro premios Nobel. Solo lo recibió por su explicación del efecto fotoeléctrico a través de los fotones, hito fundacional de la física cuántica. Cuando parecía imposible superarse, exactamente hace cien años, Einstein presentó las ecuaciones de la teoría de la relatividad general.

“Querido Sommerfeld, no te molestes conmigo por responder tu amable e interesante carta recién hoy. Este último mes ha sido uno de los más estimulantes y agotadores de mi vida. Quizás también el más exitoso. No podía pensar en escribir”. Esto le escribía a uno de los pioneros de la teoría atómica, Arnold Sommerfeld, el 28 de noviembre de 1915. Tres días antes había presentado su teoría de la gravitación que echaba por tierra aquella que Isaac Newton construyera más de tres siglos antes, y en la que se basaba hasta ese entonces la comprensión del movimiento de los planetas y las estrellas.

La gravedad no es más que el efecto que produce la curvatura del espacio y del tiempo. Se desprendían consecuencias drásticas. La luz debía curvarse al pasar cerca de un cuerpo muy masivo, como una estrella. Aprovechando el eclipse total de Sol, del 29 de mayo de 1919, una expedición encabezada por el astrofísico británico Arthur Eddington comprobó que, en efecto, esto ocurría. Einstein se convirtió de inmediato en una suerte de deidad planetaria, con solo 40 años.

También se desprende de su teoría que el tiempo no transcurre al mismo ritmo en todos lados: su devenir es más lento cuanto mayor es la gravedad. Esto se pudo demostrar en vida de Einstein, aunque la confirmación definitiva llegó poco después de su muerte. Jamás habría imaginado que pocas décadas mas tarde cientos de millones de personas estarían comprobando a diario ese efecto al utilizar el GPS, cuyo funcionamiento tiene en cuenta la cadencia distinta de nuestros relojes y los que están en los satélites para triangular la posición.

En el complejo entramado del universo físico, Einstein siempre supo a qué tuerca había que darle la vuelta. Incluso cuando estuvo equivocado. Dos de sus ‘errores’ han sido la base de la mejor explicación disponible actualmente para la energía oscura –que constituye el 75% del contenido energético del Universo– y de una de las disciplinas más prometedoras del panorama actual: la computación cuántica. La importancia y belleza de la obra de Einstein no tienen parangón en la historia de la humanidad.

 

Alberto Casas, Instituto de Física Teórica (UAM-CSIC)

Albert Einstein ya era un físico mundialmente famoso en 1915, con un historial de éxitos científicos al nivel de los más grandes de la historia. Pero su máxima contribución a la ciencia, la teoría de la relatividad general (RG), llegó aquel año después de 8 años de intenso trabajo.

Esta teoría supone una perspectiva radicalmente nueva y revolucionaria sobre conceptos que habían parecido inamovibles durante siglos, como el espacio y el tiempo, la masa y la gravedad. Según la RG, el espacio-tiempo –como un todo– no es algo inerte, inmutable y ‘plano’, sino que se asemeja más a un trozo de goma, que puede estirarse, contraerse, curvarse y retorcerse. La forma en que lo hace está determinada por lo que hay en él, es decir, materia y energía. Por otro lado, la geometría resultante del espacio-tiempo es la que modifica las trayectorias de los objetos, produciendo la ‘ilusión’ de una fuerza gravitatoria. Todo esto son conceptos revolucionarios.

La relatividad general es uno de los dos pilares sobre los que se basa toda la física moderna (el otro es la mecánica cuántica) y supone la teoría más precisa que tenemos para describir la gravitación. Sus predicciones han sido puestas a prueba en numerosísimas ocasiones, siempre exitosamente, y a menudo con un grado de precisión fantástico. Entre ellas se puede mencionar el hecho de que el tiempo transcurre a diferente velocidad según la intensidad del campo gravitatorio; lo que fue utilizado, 80 años después de su formulación, para desarrollar el sistema GPS de geolocalización.

Además, la teoría de la relatividad general es la base de la cosmología moderna, que conduce a predicciones extraordinarias. Un ejemplo es el hecho de que el universo tuviera su origen en un Big Bang, un hito intelectual de la ciencia moderna.

Es una teoría viva, no solo porque funciona a las mil maravillas, sino porque no ha sido estudiada en toda su profundidad. Muy posiblemente necesite modificaciones para resultar compatible con la mecánica cuántica, que también es un área de trabajo prioritaria en física teórica. En resumen, la teoría de la relatividad general es una cumbre del pensamiento humano, de una belleza y precisión sobrecogedoras, y cuyas implicaciones aún no han sido exploradas completamente.

Carlos Barceló, Instituto de Astrofísica de Andalucía (CSIC)

 

Hace cien años un físico estaba a punto de revolucionar definitivamente nuestra forma de entender el universo. Era Albert Einstein, que ya en 1915 destacaba por sus importantísimas contribuciones a la física. Habían pasado 10 años desde que propusiera su archifamoso principio de relatividad y la constancia de la velocidad de la luz. La teoría de la luz encajaba perfectamente con esta relatividad especial pero no así la gravedad de Newton. Pero justo hace un siglos, años de titánica lucha por encajar la gravedad con la relatividad llegaban a su fin: Einstein, las ecuaciones que describían la nueva gravitación, la relatividad general.

"La detección de las ondas gravitatorias constituye uno de los retos científicos actuales más importantes"

No es difícil argumentar que la relatividad general es la obra cumbre de Einstein y una de las obras cumbre de la ciencia del siglo XX. De hecho, es la que ha hecho posible que podamos reflexionar de forma científica sobre el universo como un gran teatro autocontenido donde todo sucede.

La teoría de la relatividad general que hoy utilizamos es la misma propuesta hace 100 años. Sin embargo, lo que en sus inicios era exclusivamente ‘una teoría’, de difícil manejo y escasa utilidad práctica, conforma en la actualidad una gran red de desarrollos teóricos y aplicaciones prácticas. La semilla original ha dado lugar a un frondoso árbol que da sombra a multitud de desarrollos científicos. Algunos tan cotidianos como los GPS de nuestros móviles, los que sin los cálculos precisos de la relatividad general no podrían funcionar.

Pero la revolución relativista más profunda todavía está por abrir. La comunidad científica está embarcada en la búsqueda de las ondas gravitatorias predichas por la RG. Según esta teoría, ampliamente comprobada, el espacio-tiempo puede ondularse cual estanque cuando cae una piedra. Esencialmente, cualquier fenómeno gravitatorio energético produce ondas gravitacionales que después se difunden por todo el universo. La detección directa de dichas ondas todavía no se ha conseguido y constituye uno de los retos científicos más importantes de nuestro tiempo.

La inversión y el desarrollo tecnológico implicado en esta aventura presenta unas dimensiones enormes, comparable al del Gran Colisionador de Hadrones del CERN. Los gigantes interferómetros en tierra LIGO, VIRGO, GEO600 ya funcionando y el proyectado interferómetro espacial e-LISA (con su versión de prueba LISA pathfinder que volará en el 2015 y que cuenta con una importante participación española) son los abanderados de esta búsqueda. La detección de estas esquivas ondas abrirá un nuevo dial al universo iluminando sus zonas más oscuras.

 

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