“Gerardo Molina o la fidelidad a un propósito”: Discurso de Carlos Gaviria

El evento –en que se le otorgó a Molina el título de Sociólogo Honoris Causa– fue la oportunidad para que Gaviria resaltara las posiciones éticas y políticas del reconocido dirigente liberal. El Espectador reproduce este homenaje.

Gerardo Molina. /El Colombiano

En un homenaje realizado el 26 de mayo de 1981 en la Universidad de Antioquia, la misma que había expulsado a Gerardo Molina por organizar una huelga cuando estudiaba derecho, Carlos Gaviria resaltó la calidad humana e intelectual del que fuera tres veces representante a la Cámara, senador de la República, personero de Bogotá, rector de la Universidad Nacional, rector de la Universidad Libre y candidato a la presidencia de Colombia.

Entre otras cosas, Gaviria destacó la capacidad de Molina para comprender y trasmitir su idea de justicia, su antidogmatismo radical, su receptividad para escuchar las opiniones adversas y su firme ética, esta última a pesar del liberalismo que, según Gaviria, fue un movimiento que durante el siglo XX renunció a toda “vocación libertaria”.

Con las siguientes palabras, Carlos Gaviria participó en el homenaje que le rindió la Universidad de Antioquia a Gerardo Molina, el día que le otorgó el título de Sociólogo Honoris Causa:

“Grave es sin duda la responsabilidad que asume una institución universitaria cuando resuelve distinguir a un ciudadano confiriéndole un título honorífico en cualquier campo del saber. Y si ese campo es el de las ciencias sociales donde el conocimiento y la actitud, la razón teorética y la práctica se entreveran y recíprocamente se condicionan, mayor todavía es el compromiso. Porque no es dable aplaudir al intelectual prescindiendo del ideólogo, exaltar al investigador pretermitiendo al político, cuando la textura ética del hombre es tal que el intelectual y el ideólogo, el investigador y el político son uno solo como en el caso de Gerardo Molina.

Lo anterior no significa desde luego que la universidad se hace cargo de la cosmovisión del galardonado, pero sí que subraya como paradigmática la coherencia de su conducta con los propósitos que la han determinado porque estos convocan a la adhesión sin reticencia. El asunto a examinar entonces es este: ¿qué metas son esas que pretenden valer más allá de toda humana discrepancia y cuál la vivencia que les confiere esa incondicionalidad? No intentemos elaborarles un catálogo, hablemos más bien un poco de lo que es y ha hecho el agraciado que puede resultar más esclarecedor.

Me parece que el sentimiento originario que ha determinado el pensamiento y la acción de Gerardo Molina, su sed y su quehacer es la solidaridad con el género humano. El amor al hombre podría decirse quizá en un lenguaje más llano, pero de connotación más problemática. Su punto de partida es, pues, humanístico y a él hay que referir su vida y su obra para poderlas interpretar cabalmente. Consciente como el que más de que las verdades fundamentales sobre el hombre, las enseña la historia, ha hecho de ella el objeto básico de su trabajo intelectual permanente y fecundo.

Reflexionando sobre los fenómenos y escrutando los procesos históricos, se ha percatado de que las causas generadoras de la miseria en que se halla sumida una gran parte de la humanidad, son contingentes removibles y lo ha pregonado en alta voz, porque el conocimiento de la verdad no viene con el silencio. Allí, justamente, en el desvelamiento de la verdad y su revelación, consideradas como unidad ética inescindible, podemos encontrar un primer valor incuestionable para la universidad como que constituye su esencia y es inseparable de cualquier postura auténticamente humanística y, por añadidura, científica como la asumida por el doctor Molina.

Pero detectar simplemente la etiología del mal y renunciar a la formulación de la terapia que se piensa indicada es quedarse a mitad de camino por timidez o cobardía imperdonables y Molina no conoce esos vicios. Con la claridad conceptual y el rigor del maestro que lo es en alto grado, formula sus obsesiones al sistema rampante que ha institucionalizado la expoliación so pretexto de salvaguardar el patrimonio cultural de occidente, y señala como más deseables otras formas de organización social menos desalmadas, más amables, más humanas, más preocupadas por la justicia.

Y no constituye este acaso, uno de esos empeños justificativos de cualquier existencia inimpugnables por ninguna persona que lo sea, y menos por una comunidad cultural y humanística como es la universidad. Pero que nadie se llame a engaño, la batalla por la justicia tal como Molina la concibe no excluye ni pospone la lucha por la libertad sino antes bien, la implica. Si es ilegítimo mantener en la indigencia a las grandes masas humanas en nombre de una falsa libertad, no lo es menos reducirlas a la servidumbre en nombre de un fementido bienestar.

No es un inverecundo e imposible cambio de valores lo que Molina propone, sino la concurrencia de dos bienes esenciales al hombre, que no pueden darse separados. Porque si la libertad supone condiciones materiales que posibiliten su ejercicio, sin ella no hay bienestar posible a no ser que abdiquemos de nuestra condición humana.

Seguir llamando burguesas a la libertad de conciencia, de expresión, de movimiento, de asociación, a la inviolabilidad de domicilio y correspondencia, al habeas corpus, es una injustificada galantería con un sistema que incluye esos derechos en su discurso ideológico, pero que a menudo no en su práctica política. Esos son bienes deseables bajo cualquier circunstancia pero posibles sólo bajo un régimen justo. Vivir en un suelo libre, con un pueblo libre es un ideal fáustico que Molina hace suyo de manera gozosa. Que la universidad deba exaltar la libertad es cosa tan evidente que me parece irrisorio justificar o siquiera explicar esa actitud. Quien diga lo contrario habla de una institución totalmente distinta a la que yo tengo en mente.

Los valores que alientan la vida y la obra de Molina, son universales e históricos. Quiero con esto decir que el litigio que suscitan no se cifra tanto en lo que se quiere sino en la forma como ha de lograrse según las circunstancias. ¿Cómo puede un pueblo determinado en un momento específico de su existencia conseguir la satisfacción de sus más caros anhelos? Para ensayar una adecuada respuesta a ese interrogante no es suficiente la claridad ideológica. Se requiere un hondo conocimiento de la realidad concreta que pretende transformarse, de su pasado remoto e inmediato, de su presente y de las posibilidades futuras que en ella laten.

Gerardo Molina sabe muy bien eso desde la perspectiva ideológica que ha asumido con particular responsabilidad. Se ha aplicado a estudiar y a interpretar la historia de su pueblo tomando como hilo conductor la incidencia que en ella han tenido las ideas liberales, los logros innegables, aunque precarios, y las tremendas frustraciones que en nombre de ellas han tenido lugar en el país.

Los aportes significativamente diferentes del liberalismo en las distintas épocas de la República a partir de 1849, su brillante itinerario de partido de masas, a partir de la lucha por los derechos civiles y las garantías sociales, y su lánguido ocaso signado por la renuncia a toda vocación libertaria. A este propósito, escribe Molina en su magnífico libro recientemente publicado, Breviario de Ideas Políticas: “El partido que hasta 1902 perdió la sangre en las guerras civiles en defensa de los principios y que luego libró batallas inolvidables contra la legislación liberticida, contra la pena de muerte y en favor de la justicia social, se volvió una entidad burocratizada, amiga del orden autoritario, del estado de sitio, de la ampliación de las funciones del Ejecutivo y de las fuerzas armadas”.

La rigidez de una organización económica con marcada concentración de la riqueza y del ingreso tenía que llevar a que por el liberalismo se tenga hoy por subversivas a las clases obreras, las clases medias, la juventud estudiosa y los intelectuales. Sus tesis están expuestas a la controversia y justamente para eso las ha formulado, pero aún quienes no las suscriben, tienen que convenir en que la manera como a esa formulación se ha llegado es rigurosa, lo que quiere decir tratándose de asuntos concernientes a la investigación histórica, no sólo técnicamente satisfactoria sino ante todo honesta. Quien quiera enterarse de cuáles son los ideales políticos de Molina, cuál la filosofía que los alienta, de qué vertiente o vertientes del pensamiento universal es tributario, que lea: “Proceso y Destino de la Libertad”, y “Breviario de Ideas Políticas”.

Y quien quiera saber su diagnóstico sobre el país, sobre las posibilidades futuras de una democracia real en Colombia, expresión ésta que sintetiza muy bien su ideario, que medite sobre los análisis hechos en “Las Ideas Liberales en Colombia”. En todos ellos hallará no solo claridad sino agudeza, largueza espiritual y respeto por la opinión adversa, porque esa es otra de las virtudes de Gerardo Molina, su antidogmatismo radical.

La suya es una mente en continuo trance de receptividad que anhela luz y no la desecha por consideraciones apriorísticas de encuadramiento maniqueo. Si bien evalúa al marxismo como un pensamiento apto imprescindible para el análisis histórico, no está dispuesto a suscribir a la ligera todos los estereotipos que la ortodoxia impone.

Nada tan extraño a su inteligencia y su temperamento como la aceptación de un sistema dogmático, concluso como no lo concibió jamás el mismo Marx. Oigamos sino lo que el propio Molina dice en su último libro publicado y del cual se ha hecho alusión atrás y del cual se han hecho precisiones sobre los distintos tipos de socialismo que hay que distinguir y hacernos claridad sobre el que él considera auténtico.

“Ante la pluralidad de socialismos que hay en los tiempos actuales, el auténtico, el verdadero por tener bases científicas es el de inspiración marxista. A falta de un basamento teórico los demás son erráticos y oportunistas, pues no se proponen lo que es la esencia del socialismo, la edificación de una nueva sociedad. Desde luego al hablar de marxismo tenemos en la mente un sistema abierto permeable a los cambios de pensamiento y a la vida, en ningún caso una construcción intelectual cerrada convertible por tanto en una serie de dogmas totalmente estériles”.

Esta postura audaz e independiente ha añadido a sus antagonistas naturales, los defensores del sistema, otros pertenecientes a las toldas de avanzada, que habrían tenido que ser siempre sus aliados, si su rigidez mental y su vocación dogmática no les hubiera empañado la visión de la realidad inmediata en que se mueven. Es que la permanencia de Molina en la universidad, por más de 50 años no ha sido en vano. En ella ha moldeado su inteligencia, haciéndola dúctil, abierta, sensible al cambio, al diálogo, a la confrontación permanente de lo que ayer parecía verdad inconfusa, con lo que hoy se atreve a desafiarla.

Y en ella ha formado a varias generaciones, en esa filosofía civilizadora de comprensión y tolerancia que toma en cuenta el punto de vista del contradictor, si bien no le hace concesiones cuando lo considera equivocado. Es la postura racional que distingue y evalúa, pero no anatematiza, típica del intelectual aun cuando incursiona en la política.

El gran intelectual, ha escrito certeramente André Malraux, es el hombre del matiz, de la gradación, de la calidad, de la verdad en sí, de la complejidad. Es, por definición, por esencia, antimaniqueo. Tales características convienen de modo tan riguroso al hombre del que nos hemos venido ocupando, que casi podían constituir su semblanza.

Que no se entienda por lo que acabo de decir, que la universidad ha sido el ámbito exclusivo de Molina. Ha sido, sí, su sede más visible, pero de ella han irradiado su pensamiento y su acción, que en él han constituido una unidad dialéctica, a la plaza pública, al parlamento, al sindicato, escenarios todos en los que ha actuado con igual brillo y eficacia y en los que no sólo ha proyectado la claridad de su posición ideológica, sino también ha dejado la impronta de un estilo nuevo en la vida política colombiana por la sobriedad y la mesura con que ha sabido expresar sus puntos de vista purificantes para los usufructuarios del status quo.

Porque en un país donde aún los discrepantes tienen marcada vocación por la ortodoxia y la oficialidad, Gerardo Molina, ha enseñado cómo se puede ser ortodoxo sin estridencia y a la vez, sin vacilaciones, porque la fuerza de las ideas radica en su capacidad para ser confrontadas con los hechos y a la vez con su coherencia interna, y no con el histrionismo que acompaña su exposición, ni en el aparato burocrático que la respalde.

He señalado ya algunas de las cualidades más sobresalientes que caracterizan la personalidad del homenajeado pero no puedo omitir una última porque la considero la culminación armoniosa de las anteriores, ejemplar para la juventud colombiana y contrastante en exceso con la ética prevaleciente en el país, aunque ciertamente de modo inconfesado.

Me refiero a la fidelidad a un propósito, a la lealtad a una idea que a través de toda su meritoria existencia ha guardado Gerardo Molina. Frente a tantos desfallecimientos reveladores de ideales pobremente arraigados, frente a tantas vocaciones promisorias abdicantes, ante el primer halago mezquino que les ofrece el sistema, frente a tantos revolucionarios de ayer, que hoy personifican el orden imperante con el fanatismo propio de los conversos, resulta alentador y gratificante poner a consideración la vida del profesor Molina que nada ha sabido de claudicaciones ni desmayos, que no ha solicitado ni concedido treguas en la lucha por el ideal indeclinable de lograr una sociedad más humana, donde la libertad y la justicia sean algo más que voces sueltas.

Resulta por demás grato y estimulante que un universidad oficial, precisamente la de Antioquia que lo tuvo como su alumno pero no tuvo el honor de conferirle un grado regular, rescate como hijo suyo a uno de los hombres más admirables que ha producido el país. Es este un bello acto cuyo auténtico significado nadie puede escamotear, ni siquiera la presencia oficial puede restarle a esta ceremonia el carácter hermosamente subversivo que ella tiene.

Porque si la subversión en su más puro significado es un trastorno de los valores vigentes, no hay duda de que ese trastorno ocurre cuando se exaltan la verdad, la libertad y la justicia a manera de reto para un Estado mentiroso, que observa los ritos de la democracia para encubrir el ejercicio de una dictadura civil que proclama las libertades en el papel pero las niega brutalmente en el práctica, y que sigue hablando de justicia cuando sabe que su pueblo está constituido en su abrumadora mayoría por una inmensa masa de desposeídos.

Doctor Molina, con su inteligencia pero sin sus calidades morales, usted habría podido escalar las más altas calidades del poder, pero por fortuna para los hombres de bien, para quienes creemos que el pueblo colombiano es el único dueño de su destino, usted ha dedicado toda su vida a servir a esa causa sin exigir la más mínima contraprestación. No le ha importado en qué dirección soplen los vientos del éxito transitorio porque sabe que el triunfo final debe ser del pueblo y en la lucha por esa causa ha empeñado su valiosa existencia.

Un gran poeta inglés, Andrew Marvell, compañero de luchas de Milton y de Cromwell, escribió estos versos en honor del segundo, que yo encuentro apropiados para usted. “Buena es su conducta y acertado su juicio, siempre en su época ha empujado hacia adelante, y sin saber hacia dónde puede apuntar la voluntad del cielo ciñe sin embargo su espada y está dispuesto al combate”.

 

 

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