Hallan diario de uno de los oficiales más cercanos a Hitler

Expertos dicen que su contenido podría contradecir la información que se conoce sobre sucesos de la Segunda Guerra Mundial.

Alfred Rosenberg
Alfred Rosenberg

Cuatrocientas páginas que pueden cambiar la historia. Una historia oscura y siniestra que todo el mundo cree y dice conocer: lo sucedido durante el holocausto Nazi. Los hechos se conocen, por supuesto. Han sido ampliamente estudiados. Y se cree tener una estructura clara de los acontecimientos, de los sufrimientos. Pero aparecen 400 páginas, de un diario cualquiera, y esa certeza de saberlo todo de repente desaparece. La letra es la de Alfred Rosenberg, un dirigente Nazi, que procuró acercarse a Hitler lo mayor posible. Conocía – o eso es lo que dicen – la política desde adentro.

Los recuerdos van desde la primavera de 1936 hasta el invierno de 1944. Y todavía no se tiene claro cómo podrían modificar, exactamente, los estudios sobre la época. Se dice, no obstante, que podría arrojar datos importantes sobre la política de Hitler, ofrecer un nuevo punto de vista sobre las reuniones de Rosenberg con el Fürher y con otros líderes Nazis, como Heinrich Himmler y Hermann Goering, según el diario El País. Se dice también que podría tratar detalles sobre la ocupación alemana de la URSS, sobre los planes para el asesinato masivo de judíos y sobre las tensiones entre los altos mandos alemanes: contar lo sucedido cuando Rudolf Hess viajó al Reino Unido en 1941, o dar pistas sobre saqueo de arte en Europa. La información podría comprobarse y completarse; o contradecirse, con 400 páginas, escritas en letra cursiva y arrancadas – algunas – de libros de contabilidad.

Alfred Rosenberg fue uno de los primeros ideólogos del Nazismo. Dirigió el departamento de Asuntos Exteriores y fue editor del periódico del partido. Fue el único que hizo el intento serio de sistematizar, en su libro Mythus del XX Jahrhunderts (El mito del siglo XX), la confusa filosofía oficial que había detrás del movimiento Nazi. Pero muchos concuerdan, incluso el mismo Hitler, que no era un buen libro, que era un “mamotreto”, un “escupitajo filosófico” escrito a partir de una mala lectura de Nietzche.

Rosenberg pudo haberse quedado ahí, en la ideología y en la literatura – en la pseudoliteratura, como dijeron algunos. Pero era demasiado ambicioso para eso. Era demasiado ambicioso para todo, era pedante y arrogante: él quería poder. Y eso, no sólo lo hizo ganarse la burla y el desprecio de muchos de sus compañeros de partido sino que, también, lo llevó a morir en Núremberg, colgado de una cuerda, después de haber dicho que no, que no quería decir nada para la posteridad. Porque fue su deseo de poder el que lo llevó a acercarse al Führer y a participar en todos los crímenes que se cometieron bajo su mando. Fue famoso el “Imperio Rosemberg”, un grupo de trabajo cuyo objetivo era saquear las colecciones de arte, bibliotecas y archivos judíos de toda Europa.

Su diario se perdió, después de haber servido de prueba en los juicios de Núremberg. Allí, Rosemberg fue condenado a muerte, en 1946, junto con otros oficiales Nazis. El cuaderno lo encontraron, más tarde, en Estados Unidos y acusaron Robert Kempner, uno de los fiscales de Nuremberg, de su desaparición. Él había volado a EE.UU. en los años 30, para escapar del Nazismo, y no volvió hasta que se acabaron los juicios. Dicen que escondió el material en su casa. Cuando murió, en 1993, el gobierno llegó a un acuerdo con sus hijos, que prometieron devolverlo después de muchas disputas legales. Sin embargo, al diario que entregaron, le faltaban miles de páginas.

El Museo del Holocausto, en Washington, llegó a recuperar hasta 150.000, pero aún seguían faltando. A comienzos de este año, ese mismo museo, junto con un agente de Investigación y Seguridad Nacional, intentó localizar las páginas perdidas. La nueva búsqueda los llevó a Buffalo, al Estado de Nueva York, a la casa del académico Herbert Richardson, dónde se había hospeado, por un tiempo, el exsecretario de Kempner. Richardson no quiso decir nada sobre el tema. No quiso hablar sobre las 400 páginas que cambiarían la historia. Todo queda, entonces, en manos de los expertos.

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