La inevitable tusa

Aplica para las siguientes situaciones: si la dejó, si lo dejó, si se dejaron o si se reemplazaron por la última versión.

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Para abordar esta sensible temática de la elaboración del duelo, definida en nuestras coordenadas como guayabo emocional o lipotusa, es importante aclarar que hasta los más aterrizados viajeros en vida han sufrido sus dolencias, por más que su coraza de orgullo les impida aceptarlo.

En términos turísticos, consiste en que nuestro compañero de viaje se nos bajó del bus, dejando nuestro itinerario en una confusión de rutas en lo comportamental, emocional, fisiológico y cognitivo. El dolor nos visita y entra como perro por su casa en nuestra cotidianidad.

Nuestro rendimiento laboral disminuye, nuestras verbalizaciones y pensamientos se nutren de ideas irracionales y pensamientos catastróficos, las condiciones meteorológicas en nuestras relaciones interpersonales amenazan tormenta y nuestro sistema de orientación geográfica se queda en recalculando, no sabemos qué ruta tomar y, por lo general, retornamos a destinos ya visitados que incrementan nuestro malestar emocional.

En algunos casos, la dieta alimentaria se ve afectada, por exceso o por carencia; el insomnio se hace presente justo en el lado vacío de la cama, la alegría se escabulle por debajo de la puerta y nos visitan la culpa, el arrepentimiento, la irritabilidad y la variabilidad comportamental.

El tsunami de emociones nos manda a la lona y la sensación de pérdida nos hace vulnerables, el existencialismo se hace presente con los senséi del amor, que, con cada intervención, pareciera que no hubiesen padecido estos síntomas. Su sobradez y suficiencia nos llevan a conductas de aislamiento y, en casos extremos, las rutas elegidas nos conducen a la pérdida de frenos con el licor y otras malas compañías.

Es justo en esas coordenadas desérticas y catastróficas donde el amor propio nos debe movilizar a horizontes del mejoramiento personal y limpiar el parabrisas para observar con objetividad. No fuimos los únicos culpables en esta escena de dolor, pero sí es pertinente corregir las fallas en el sistema de creencias, modificar los rituales que nos llevaron a la monotonía y pereza en la relación, y redireccionar nuestro radicalismo ideológico a terrenos del consenso y el respeto por la opinión de la otra persona.

Aprendida la lección, hay que levantarnos de la cama del dolor, bañarnos con la medicina de la resiliencia, perfumarnos con la mejor fragancia de la vida, estrenar el ropaje de comprensión y compasión hacia el otro y alistarnos para un viaje a la soledad, destino que nos permitirá crecer como personas, mejorando los repertorios comportamentales, aquilatando nuestras habilidades sociales y mejorando la capacidad visual, no solo de 20/20, sino una agudeza observacional que nos permita entender que no todo es belleza física, apariencias ni conveniencias.

Al cabo de un tiempo, la ruta al amor se desbloqueará, el código de acceso fue doloroso de aprender, ser mejor persona es la clave, no buscar personas ideales, porque incluso las más bellas necesitan transitar por terrenos del dolor para embellecer sus contenidos y hagan juego con sus formas (presencia-esencia).

Más allá de las fórmulas mitológicas, en la realidad Afrodita puede sufrir por Adonis o viceversa; Cupido puede jugar con las flechas de relaciones disfuncionales y desadaptativas, la soledad puede ocasionar estragos si se trata el dolor con pañitos de agua tibia, los temerarios consejos de la “amiga” que la invita a salir a beber la tusa, la macabra presentación de un reemplazo para el ausente o la aromática de valeriana de la abuela.

 

¿Qué hacer?

Buscar ayuda profesional de un buen psicólogo.

Escribir lo que piensa y siente.

Leer un buen libro.

Escuchar música (excepto de despecho), que lo alegre y movilice.

Hacer ejercicio en sus justas proporciones.

Realizar un viaje a un nuevo destino.

Perdonar y perdonarse, soltar el pasado y los recuerdos negativos.

Proteger la salud emocional y rodearse de personas alegres y optimistas.

Va superando la tusa si…

Si le hablan de la persona y no le duele.

Si puede hablar con naturalidad de lo sucedido y acepta que también fue responsable por acción u omisión.

Si se ríe a carcajadas de sus shows dramáticos de llanto desenfrenado.

Si en el espejo se observa como una persona apuesta e interesante.

Si se viste con prendas de colores.

Si los sabores de los alimentos recobran su exquisitez.

Si las invitaciones a salir recuperan el escalofrío propio de la juventud.

En el tiempo indicado una persona más acorde se cruzará en su camino y empezarán un viaje al destino apropiado.

Psicólogo *

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Martín Plutarco Guío

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La inevitable tusa

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