La nación más allá del “rating”: Los gajes de un cronista

Óscar Bustos lleva más de 30 años reincidiendo en el oficio narrativo. Su obra “Colombia crónica” no solo es una antología de sus mejores textos, sino una forma de conocer al país que no sale en los medios.

Óscar Bustos, en la parte alta del suroriente de Bogotá, donde ha concebido su narrativa periodística. Cortesía

La vida de Óscar Bustos es una crónica. Creció en Bogotá escuchando a su padre contar duras historias de la zona esmeraldífera de Boyacá, donde murieron cinco de sus hermanos, o viéndolo promocionar los pantalones que hacía en su taller de sastre y que luego vendía en Une, Chipaque, Ubaque o Cáqueza. Entre tanto, su madre oficiaba como enfermera de largos turnos en el hospital de La Hortúa o La Samaritana, sin desatender la crianza de sus cinco hijos y empeñada en que todos se educaran.

Él asegura que entre los diez y veinte años vivió en ocho casas en Bogotá, la mayoría en el suroriente, donde se acostumbró a lidiar con la neblina de las madrugadas o a moverse en buses atestados de pasajeros que se descolgaban a toda velocidad hacia el centro. Fue una época de coraje y también de dolor. Alba Edith, la única mujer de los cinco hijos, falleció a sus trece años y su ausencia significó un golpe terrible. El consuelo fue de nuevo el estudio, y ahí fue donde Óscar Bustos encontró su norte.

Cuando concluyó su bachillerato, por una beca logró acceder a la Universidad Externado para formarse como periodista. Tenía talento y vocación, pero no el dinero para continuar la carrera cuando se acabó el auxilio. Entonces regresó a la barriada. Después de muchos años de rebusque, la familia había logrado hacerse a una casa en la parte alta del barrio San Vicente, en el mismo entorno de La Victoria o Juan Rey, y entre sus calles, haciéndole esguince a la pobreza y la violencia, impuso su voz.

Desde la opción del arte, con los amigos que le copiaron su entusiasmo, creó la Promotora Cultural Zuro Riente, que primero acuñó su impreso El Tizón, y luego se transformó en plataforma educativa popular en el mismo sitio donde antes se expendía el cocinol. La promotora se volvió referente zonal, a través de retenes culturales para recaudar dinero entre transeúntes y conductores. En lo personal, él sacó a relucir sus habilidades artísticas como cuentero, payaso, malabarista y saltimbanqui.

Como uno de sus hermanos heredó la sastrería, aportó el vestuario y él, formado en la poesía sin academia, ofició como juglar. Hasta que apareció el maestro que fortaleció su perspectiva: el periodista y escritor Isaías Peña. Divulgador de la cultura en la alborada de los años 80, su taller de escritores en la Universidad Central representaba el escenario al que muchos pretendían acceder. Él fue admitido y después integró el Centro de Estudios Literarios Alejo Carpentier.

Su vida cobró un rumbo literario, sin salir del rebusque económico. Pasó meses descubriendo los secretos de la narrativa, pero también oficiando como payaso o recreacionista. Unas veces con carteles colgando en el pecho ofreciendo el menú de restaurantes o promocionando zapatos, y otras animando fiestas infantiles con amplio repertorio de adivinanzas y trabalenguas. En esa magia callejera conoció a su esposa Ana Delina, quien al terminar la década lo hizo padre de su única hija: Yadira.

El tiquete laboral se lo dio el periodismo. Su amigo Clemente Domínguez lo presentó en Radio Santa Fe, donde ejercía como directora Aída Luz Herrera, quien captó sus dotes como cronista. Sin embargo, cuando apenas esgrimía su verbo cuentero, cambió el timonel del barco. Se fue Aída Luz Herrera y llegó Édgar Artunduaga, quien exigió que todos renunciaran. Pero el productor Álvaro Rico, quien nunca se metía en la redacción, le advirtió a Artunduaga que Bustos le podía servir, y así sucedió. 

Eso sí, Artunduaga le puso una condición: que oficiara como su mensajero, haciéndole consignaciones bancarias o acompañando a su esposa a hacer mercado. Lo hizo porque él también puso su precio, que le permitiera sacar al aire sus historias barriales. Así nació el espacio que en aquel tiempo consagró a Radio Santa Fe: El Batallón de Amigos. Tres años en los que Bustos se dedicó a la crónica radial, con alucinantes historias de inmigrantes, ladrones, dueños de inquilinatos, brujos o culebreros. 

Ese catálogo de historias llamó la atención de la agencia Colprensa, y en 1992 se sumó a este semillero de periodistas. Fueron tres años con su cotización en ascenso, sobre todo después de que la revista Número publicara en una de sus primeras entregas su crónica Radiografía del Divino Niño, hoy incluida en diversos textos de antología sobre la narrativa periodística. Una pieza magistral sobre el templo del Divino Niño en el barrio 20 de Julio y su peculiar entorno devocional con olor a chocolate.

Entonces llegó la televisión. Primero en la productora de Ramón Jimeno, después en Caracol con Daisy Cañón y finalmente en Séptimo Día con Manuel Teodoro. Ante cada reto, su negativa absoluta a cualquier asomo de amarillismo. Una libertad de criterio que le causó diferencias, pero que siempre sorteó cambiándose de orilla. Pasó por el programa de Pirry en RCN, por Panorama con Julio Sánchez, por Hora Cero, TV Hoy, el Noticiero Nacional y El Viajero del noticiero CM&.

Más de una década a punta de crónicas, en contravía del mandato noticioso. Hasta que un día de 2011, su amiga Gloria Inés Peláez le sugirió que, a pesar de su empirismo, debía estrenarse como profesor. La Universidad Central lo acogió y fueron ocho años compartiendo sus secretos de cronista, con paso por El Rosario y la Sergio Arboleda. Pero la cátedra por horas ya no era suficiente, y tocando puertas se abrió la del Canal Capital, donde querían un cronista. Y desde que llegó impuso su tono.

Primero condujo el Primer Café y coordinó dos noticieros, pero el canal le tenía reservado el privilegio del  documental. Asumió la conducción del programa Hagamos Memoria y fueron tres años y medio con más de cien productos, algunos con visualizaciones de más de 400.000 usuarios en YouTube. La historia del secuestro y asesinato de Gloria Lara, la letra menuda del magnicidio de Jaime Garzón, los pormenores del crimen de Luis Carlos Galán... Muchas historias sin suficiente desarrollo.

Hasta que la política lo obligó a volver a empezar. Llegó un nuevo gobierno a Bogotá, hubo barrida en el Canal Capital y Bustos retornó a la calle. Entonces decidió que era el momento de recopilar su obra. Esa es la razón de su libro, que no podía llevar otro título: Colombia crónica. Doscientas diecinueve páginas con sus mejores trabajos como narrador. Sus crónicas de guerra y viajes, sus relatos urbanos de chamanes, faquires, buhoneros o abuelos bailarines.

El escritor Milcíades Arévalo, director de la revista Puesto de Combate, define a Bustos como “un incansable tallador de palabras”. Él ratifica que en el país hay historias a la vuelta de todas las esquinas, o salen al encuentro escritor en los buses, el Transmilenio, los barrios o el centro. Es su resistente apuesta para que la crónica no pierda espacio en los medios masivos, y no se deje arrinconar por el frenesí de las noticias o la pugna por los escándalos judiciales y políticos. 

Su libro Colombia crónica recorre el país de los últimos tiempos. Los pueblos tomados, las comunidades agredidas, las emboscadas y los secuestros, pero también la brega de los recicladores que hacen milagros en los extramuros, los atardeceres góticos en Chapinero junto a los artistas y, por supuesto, su mundo aparte del suroriente de Bogotá, de donde nunca ha querido irse, y en el que permanece atisbando las voces de los jóvenes que tratan de abrirse paso, como él lo hizo hace varias décadas. 

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