La novena

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En Guanioque, la tradición decembrina más atávica ordena que los jóvenes deben concurrir a la novena de las cinco de la mañana que se celebra en la iglesia de los capuchinos.

El viento helado del páramo no es inconveniente para que desde las cuatro las almas despierten, se espabilen y salgan de sus casas envueltas en tres o cuatro capas de lana y algodón. Alguien golpea despacio una ventana, otro silba cautelosamente, más allá se oyen grititos apenas audibles. La muchachada empieza a aglomerarse en las esquinas y, a pesar de estar ya en la calle, se sigue hablando bajito.

Una marcha de bufandas y ruanas se pone en movimiento. La masa toda, como limadura de hierro, tiende hacia la mole de san Francisco, el imán.

En el camino, enganchados los brazos en hileras de quince o veinte, se comentaban las cosas soñadas en la noche, aún recientes y propicias para la neblina de fantasmas que se cortaba lentamente a cada paso. Se hacían planes para el resto del día. Eran vacaciones escolares de fin de año: se vivía la tierna juventud en un pueblo frío e improbable.

En el tumulto de la misa, nos tirábamos en el piso porque las bancas eran tomadas precozmente por los ancianos, los niños y los feligreses más devotos. En el suelo nos apretujábamos, murmurábamos, reíamos calladamente, olisqueábamos los cuerpos madrugados de las muchachas, cuyo olor se mezclaba con el olor de la parafina derretida de los velones. Terminábamos compactados, calientitos, con las cabezas apoyadas en otras cabezas, en otros hombros.

Bajo las ruanas, imperceptible hacia afuera, se daba una expedición frenética: las manos se encontraban con manos, con cuellos, con cuerpos… Ya no temblábamos por el frío sino por las urgencias de una suave excitación. La caricia nerviosa se tomaba por su cuenta la novena y cada quien vivía su propio ritual; y al tiempo, todos éramos miembros de una fraternidad secreta de calor y piel. De vez en cuando uno se sobresaltaba y se colgaba del cántico “ven a nuestras almas Jesús ven ven”, como por no dejarlo pasar; y las manos, en el submundo, proseguían su persistente labor de delicioso palpamiento.

Ahora que ya friso los sesenta años y mis hijas me despiertan con el escándalo silencioso que hacen para salir a la novena de cinco, aún suelo sufrir ternuras ahogadas y nostalgias eróticas cuando alcanzo a oír los villancicos de siempre en la torre de los capuchinos.

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