Las memorias del “Mago” Dávila

A sus 90 años, Guillermo Dávila sigue en el periodismo. Ahora, tiene su revista digital “El Jugador” y termina un libro sobre sus historias con García Márquez; pero su vida es la de un linotipista que vendió neveras o lavadoras, fue experto en hípica, relacionista público y mago sin consultorio.

Guillermo el “Mago” Dávila junto a una de las máquinas de linotipo en la actual sede de El Espectador. Óscar Pérez

Sin falta, cada primer domingo de mes, Guillermo Dávila Peñalosa se reúne con sus viejos amigos linotipistas. Lleva muchos años cumpliendo esta cita con su gremio. Aunque el oficio perdió protagonismo hace medio siglo, él y sus colegas mantienen viva la Asociación Nacional de Linotipistas (Andel), conservan una máquina que cuidan entre todos como tesoro colectivo y en cada encuentro se dedican a componer el país, compartir memorias, protegerse, hablar de sus familias y refrendar su pacto. Al fin de cuentas, ellos y sus maestros hace varias décadas fueron los operarios de este seductor invento.

En su caso, hizo parte del ADN familiar. Su padre, Julio Enrique, fue tipógrafo y linotipista, y él aprendió a leer y escribir desentrañando también los secretos de la máquina. Los espaciadores, la destreza de nueve dedos menos el meñique de la mano izquierda, o la premisa esencial: “El linotipista no lee, deletrea”. Su padre iba y venía de Bucaramanga a Cartagena y viceversa, cumpliendo funciones en los talleres o imprimiendo revistas, libros y cuadernos, hasta que él, mayor de trece hermanos, decidió acompañarlo. Por eso saltó de colegio en colegio entre las dos ciudades.

Primero en la escuela Antonio Nariño, de la ciudad heroica, donde encaró el repentismo caribeño con su talante cachaco; después en el colegio Simón Bolívar, de Bucaramanga, donde unos predicadores australianos le enseñaron a entender los evangelios, y siempre alternando en los talleres de impresión entre sellos de caucho o lingotes de plomo. Hasta que un día, en la imprenta del Seminario Mayor de Cartagena, que orientaba el francés Moisés Pinaud, recibió de él su alternativa como ayudante. Días después, un cliente de la revista Muros entró a reclamar por un error y Dávila recibió su primera lección de vida.

Pinaud llamó al aprendiz y le dijo a su cliente: “Este fue el hombre que levantó su original”. Todos se rieron y Dávila escuchó de Lope de La Vega el consejo: “Mantenga siempre al lado de su máquina un diccionario, cuando tenga dudas ortográficas, consúltelo”. Hoy, casi ochenta años después, lo sigue haciendo, y también mantiene a la mano uno de sinónimos. Era el verano de 1942, tenía 13 años, y en poco tiempo entró a hacer turnos en el Diario de la Costa. Siempre entre Cartagena y su natal Bucaramanga, esperando una plaza fija. Hasta que decidió irse a probar a Bogotá.

Llegó en 1946 y primero fue a tocar a las puertas del periódico El Liberal, donde el jefe de talleres ya lo conocía y le otorgó la opción. En esas entró al diario su director Alberto Galindo gritando: “¡Ojo, que allá hay un niño tirándose la máquina!”. De inmediato le presentaron al nuevo linotipista. En esa redacción de colosos del periodismo como Darío Bautista, Luis de Castro, Gonzalo Castellanos o el propio Galindo, empezó a compartir los gajes del oficio. Sobre todo, el 9 de abril de 1948, cuando mataron a Gaitán y El Liberal fue el único periódico de Bogotá que circuló al día siguiente.

Su turno concluyó a la una de la tarde, justo cuando se inició la debacle. Por eso lo vio todo: los saqueos a los almacenes, la gente esgrimiendo machetes o huyendo con gobelinos sobre los hombros. Los soldados disparando a diestra y siniestra, y hasta el reportero gráfico de su diario Armenio Rodríguez agonizando frente al atrio de la Catedral: con el vientre abierto, nadie lo pudo ayudar. Murió tirado en la acera, mientras él corrió a refugiarse y terminó debajo de una banca en el parque de Las Cruces. La edición se cerró a la madrugada y todos volvieron a sus casas esquivando borrachos y cadáveres.

Tres años más estuvo en Bogotá con turnos en el linotipo, y también vendiendo electrodomésticos de casa en casa, porque el dinero no le alcanzaba. Hasta que un día de 1951, el jefe de talleres de El Universal, de Cartagena, lo invitó a vincularse a esa casa que regentaba Domingo López Escauriaza. No lo dudó y fue una decisión clave. La redacción la manejaba un hombre introvertido, amigo de Gaitán y maestro de todos. Se llamaba Clemente Manuel Zabala y se mantenía todo el día con un lápiz rojo corrigiendo hasta los clasificados. En lo personal, su conducta era un manual de decencia y sabiduría.

Por esa redacción pasaba la intelectualidad caribeña, y entre los redactores había un joven de 24 años que hablaba siempre de literatura y decía estar terminando una novela. Se llamaba Gabriel García Márquez, y entre los dos hubo química por un asunto distinto al periodismo o las letras: a ambos les fascinaba la magia. Para esa época, ya Dávila realizaba trucos con naipes o dados, o hacía aparecer palomas en la redacción, guiado por sus cursos de taumaturgia. Gabo se sumaba al espectáculo narrando las historias del Mohán o la Llorona, o contando de endriagos o brujas.

De esa amistad, en una noche de guaros oyendo vallenato en las murallas, surgió el periódico Comprimido, del cual editaron cinco números, en tamaño de media carta. Sacaron el permiso en la Gobernación, y la última semana de septiembre de 1951 lo circularon en la ciudad. Después dividieron sus caminos, y Guillermo Dávila, a quien todos empezaron a llamar el Mago, retornó a Bogotá por otra extrema razón: se había casado con Lyda Forero, que además tenía cuñado linotipista. Dos años después nació su hijo mayor, Sergio, y el Mago retomó también su brega como vendedor de neveras o lavadoras.

Entonces ocurrió lo inesperado. En 1954 se inauguró el hipódromo de Techo, casi de inmediato surgió el juego del 5 y 6 y, por azar o ayuda divina, él llenó un formulario, acertó con cinco caballos ganadores y se ganó $2.200. Con ese dinero se dio un banquete en el restaurante Gran Vatel e invitó a su esposa y a todos sus amigos magos. En adelante, se transformó en experto. Aunque el único caballo que conocía era uno de madera con cabeza roja que le había regalado su papá en la niñez, aplicando su sapiencia autodidacta, pronto su teléfono se convirtió en referente de los apostadores.

Aunque siguió en sus turnos de linotipista, ahora en el diario La Paz, se hizo ayudante del redactor de hípica Enrique Reyes, a quien llamaban Cacerolo, y luego entró en contacto con Lucio Duzán, que manejaba la publicidad del hipódromo desde su agencia Colpa Ltda. Esa relación le permitió entrar en las grandes ligas de la hípica. Junto a Gonzalo Amor, Julio Nieto, Alberto Díaz Mateus o Mariano San Ildefonso, el Mago se hizo célebre por sus pronósticos en la revista La Meta, que llegó a circular 14.000 ejemplares, o en Graficarte, magazín comercial que promovía El Espectador.

Entonces conoció al director del diario, Guillermo Cano, y a su editor deportivo, Mike Forero, surgiendo entre ellos una amistad hípica que derivó en entrevistas semanales a los ganadores del 5 y 6, o en la edición de curiosos textos como “99 razones para que un caballo pueda ganar”. En esas vueltas, junto a otros gomosos, convenció a Cano de que invirtiera en la compra de una yegua que solo ganó una carrera. Y fue este periodista, según él, “privilegio para su vida”, quien lo rebautizó como “el Hemingway colombiano”. El Mago recuerda que no lo dejaba salir del diario sin acercarlo a su casa.

Por “orgullo de sus dirigentes”, a finales de los años 70 empezó a declinar el frenesí por la hípica, y también la del 5 y 6, “que llegó a hacer parte de la canasta familiar”. Después surgió el hipódromo de Los Andes, cerca a Chía, hasta que hacia 1987 se frenaron las carreras. Para el Mago concluía también una época dorada que le permitió hacerse periodista de prensa, radio y televisión, o promotor de publicaciones como Cruz y Suerte. A manera de síntesis, recuerda que no hubo en las pistas mejor caballo que Triguero, del cual conserva una herradura, ni mejor jinete que Víctor Ordóñez.

Por fortuna, cuando acabó la hípica, con Lucio Duzán había aprendido los secretos del relacionista público, y terminó siendo el hombre de las comunicaciones en Aerocóndor, Tampa y Aerotal, y también jefe de prensa de algunas dependencias públicas. Pero nunca renunció a su condición de mago sin consultorio y apareció otro reto de azar en su vida: el chance. Una actividad millonaria que le permitió conocer a sus monopolizadores: el Perro o la Gata. No se mezcló con ellos, pero les enseñó cómo promocionar su negocio. Lo suyo fue otro invento: la revista Loteros y Loterías.

Con el tiempo, consolidó su familia de cinco hijos: Sergio, Elsy, Ómar, María Lyda y Laura, que hoy lo hacen orgulloso abuelo de trece nietos y cuatro biznietos. Más una niña que conoció en la iglesia cristiana que orienta su hijo Ómar y le pidió que la adoptara como abuelo. Su lema sigue siendo el mismo: “La vida va más allá del tornillo sin fin del linotipo”. Por eso no se detiene ni renuncia a su condición de mago, pues insiste en que, “cuando se entiende la sencillez de un truco, se sabe que todo tiene solución sin complicarse”; consigna que ahora divulga, pero recibió de sus amigos.

Del recordado Indio Amazónico, a quien enseñó secretos de las relaciones públicas, o del mago Gustavo Lorgia, porque fue conocido de su padre, a quien recuerda de pueblo en pueblo haciendo trucos, el último de los cuales era anunciar que iba a comerse a un asistente. Como siempre, el voluntario era un espontáneo borrachito, a quien hacía quitar la camisa y le rociaba alcohol, mientras él exhibía los cuchillos. Cuando se disponía a dar el primer mordisco, el borrachito salía corriendo y él terminaba entre aplausos. Con esta clase de ejemplos aprendió que finalmente la vida es un truco.

El pasado 25 de junio cumplió noventa años. Los celebró en familia, con la única ausencia de su esposa Lyda, quien falleció en 2007, y de algunos nietos que ya no viven en Colombia, pero le enviaron mensajes por internet. La segunda parte del ágape fue con sus 32 amigos linotipistas, aunque algunos se demoraron hasta un cuarto de hora para subir las escaleras. Pero ninguno faltó a la cita. Él llegó acompañado de Gloria Wanumen, volvieron a resumir sus vidas, resolvieron crucigramas y después regresó a casa para seguir escribiendo, porque ahora es el editor, redactor y promotor de su propia revista digital: El Jugador.

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JORGE CARDONA ALZATE

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Las memorias del “Mago” Dávila

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