La libreta de Guillermo Cano

El extraviado legado del exdirector de El Espectador.

Guillermo Cano. / Archivo

Amén de inocuas, las campañas en abstracto contra la corrupción dan réditos sociales. Quien toma la bandera de la transparencia recibe palmadas en la espalda y, cada tanto, condecoraciones. Pero, si el ataque va en serio, si no se trata de dar un barniz de legitimidad al sistema, las cosas cambian. Nada incomoda más en un régimen político acostumbrado a marcar las cartas, que la honestidad. La conducta del bueno -en el buen sentido de la palabra, como lo pedía Antonio Machado-, denuncia la perfidia del resto. Los malos tienen nombre, domicilio conocido y, casi siempre, prestigio. Colombia sufre los trastornos de la violencia y el latrocinio no por una conjunción astral o por el capricho de la divinidad. Va camino a la bancarrota ética, si ya no lo está, porque en el pasado excluyó a las mayorías de los beneficios de la democracia, a pesar de las voces discordantes. A fin de cuentas, ya en 1958, el poeta Jorge Gaitán Durán enumeraba los deportes nacionales: el chisme, el chiste y el trago. No pretendo, por supuesto, reducir la compleja situación colombiana al enfrentamiento de dos bandos, como si de un western se tratara. Sólo digo: si en el momento adecuado las autoridades y la ciudadanía, en lugar de posponer los necesarios ajustes a la vida política, los lleva a cabo, talvez otras serían nuestras preocupaciones, a lo mejor no tan escabrosas. Si a mediados de los ochenta, por ejemplo, se hubiesen tomado medidas contra la voracidad del pillaje y la influencia de los dineros del narcotráfico en la vida pública, como, entre otros, lo pidieron Rodrigo Lara Bonilla y Guillermo Cano, la monstruosidad de un estado en manos de los ladinos y los culebreros, sería un mal sueño. Pero no. Preferimos, en menoscabo del sentido común, el oropel de la Posada Alemana, de la Hacienda Nápoles, y la marrullería de López y Turbay.

De 1982 a 1986, Guillermo Cano combatió a los dos hombres más poderosos de Colombia: Pablo Escobar y Jaime Michelsen. El primero, en respuesta a los dardos de Cano, lo mandó a matar, como antes hizo con Lara Bonilla y después haría con Galán. El segundo, a un paso estuvo de ahorcar financieramente a El Espectador. Las dos batallas las perdió Guillermo Cano y, con él, Colombia. Porque, mientras Escobar y Michelsen pugnaban con el descendiente de Fidel Cano, este lo hacía con los vicios que aquellos simbolizaban. Muchos herederos tienen el Cartel de Medellín y el Grupo Grancolombiano, no así el inmolado director de El Espectador. Pocos periodistas llevan hasta las últimas consecuencias el apostolado de informar con veracidad. El registro de esa desigual pelea está consignado en el volumen Guillermo Cano, el periodista y su libreta (2011), antología de los editoriales de El Espectador y de la Libreta de apuntes del periodo aludido. Escobar y Michelsen, en escenarios distintos, emplearon la contundencia del dinero para atacar a Cano. Él respondió con la fuerza de una prosa directa. Da repulsión la victoria de Escobar y Michelsen, como la de los hermanos Castaño, y la de Tirofijo y Fabio Vásquez. Ellos ganaron. Fuimos derrotados Lara, Cano, Abad Gómez, Garzón, usted y yo.
 

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