Los animales también enloquecen

Laurel Braitman, autora del libro ‘Locura animal’, explora una idea que desde Darwin ha tratado de abrirse camino: humanos y animales compartimos los mismos trastornos mentales.

Científicos han demostrado que los animales sufren una amplia variedad de trastornos mentales. / 123rf

“Todo animal con una mente —escribe Laurel Braitman, Ph.D en historia y antropología del Instituto Tecnológico de Massachusetts en el libro Animal madness (Locura animal)— tiene la capacidad de perder el control de vez en cuando. A veces el gatillo es el abuso o maltrato, pero no siempre”.

La evidencia sobre gorilas deprimidos y ansiosos, caballos compulsivos, ratas, burros y loros obsesivos, perros con demencia, delfines que se automutilan, es abrumadora. Es más que suficiente para aceptar de una vez y por todas que nuestra idea sobre el mundo mental de los animales ha sido pobre e incompleta hasta ahora. Peor aún. Nuestro antropocentrismo ha hecho que nos olvidemos de la existencia de las mentes animales.

La investigación que publica Braitman comienza con el relato de su perro Oliver, un boyero de Berna que sufría ataques de pánico y ansiedad cada vez que ella se iba de la casa. “Cuando se trata de trastornos mentales o comportamentales, humanos y animales son más similares de lo que mucho de nosotros pueden pensar”, apunta Braitman.

En su investigación, que examina diversos aspectos de las patologías mentales en animales aportados por ciencias veterinarias, psicología, zoología, neurociencias, entre otras, Braitman se remonta hasta Descartes, quien aseguraba que los animales no tenían pensamiento y eran máquinas sin la complejidad emocional de los humanos. Una noción que más tarde comenzó a derrumbarse con los primeros estudios sobre emociones animales que planteó Charles Darwin, y más recientemente por investigadores como Jane Goodall y Rachel Carson o Jaak Panksepp.

“Un número de estudios recientes han ido mucho más allá de nuestros parientes más cercanos para argumentar las posibles capacidades emocionales de las abejas, pulpos, pollos e incluso moscas de la fruta. Los resultados de estos estudios están cambiando los debates sobre las mentes de los animales de “¿Tienen emociones?” a “¿Qué tipo de emociones que tienen y por qué?”, resalta en su libro Braitman.

En el fondo, el estudio de la mente animal y sus trastornos es un camino para controvertir el antropocentrismo que domina nuestra mirada sobre el mundo y ha impedido reconocer el estatus de otras especies. De hecho, en 2012, decenas de científicos de todas las áreas firmaron la Declaración de Conciencia de Cambridge, un documento que reconoce la complejidad de las mentes animales.

Un aspecto interesante del trabajo de Braitman es el intento no sólo por demarcar similitudes y diferencias, sino su confianza en que el estudio de los trastornos mentales en animales amplíe la comprensión de nuestras propias enfermedades.

“Uno de los aspectos más alentadores de la enfermedad mental de los animales es que, contra todo pronóstico, muchas criaturas prosperan, o por lo menos exhiben el tipo de comportamiento que se parece mucho a la capacidad de recuperación”, escribe la autora.

Temas relacionados

 

últimas noticias