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Los últimos pasos del Che Guevara en Colombia, Perú y Bolivia

Hace diez años el escritor y sociólogo Alfredo Molano Bravo reconstruyó para El Espectador los pasos del revolucionario, en 1967, antes de su asesinato por orden de la CIA.

El 8 de octubre de 1967 fue capturado Ernesto Guevara por soldados bolivianos. Horas más tarde cumplieron la orden estadounidense de asesinarlo. / Archivo

PRIMERA PARTE

LA DISTANCIA AFECTIVA FRENTE A COLOMBIA

El 8 de octubre de 1967 fue el día en que cayó preso el Che Guevara en la quebrada del Yuro, en Bolivia. Veinticuatro horas después sería ejecutado en la escuelita de La Higuera por orden de la CIA y del alto mando del ejército boliviano. Desde ese día el Che se convirtió en un ícono global. Idolatrado, consagrado como un santo u odiado a muerte, nadie ha sido ajeno a la imagen iluminada que Korda consagró. El Che estuvo en Bogotá entre el 2 y el 10 de julio de 1952. Se alojó, según Eduardo Santa, en las Residencias Santander de la Universidad Nacional, y luego en el Hospital San Juan de Dios. En el mausoleo que guarda sus restos en Santa Clara se expone el libro de Santa, Arrieros y fundadores, con firma del autor. Bogotá dejó en el Che un sabor muy amargo. Viajaba, como se sabe —y lo narra muy bien la película Diarios de Motocicleta—, con su amigo y condiscípulo de la Facultad de Medicina, Alberto Granado, quien vive desde hace muchos años en Cuba.

La policía requisó a Guevara, le quitó una navaja y estuvo en un partido entre Millonarios y Real Madrid. El 6 de julio le escribió a Celia, su madre, con quien tuvo siempre una íntima relación: “Este país (Colombia) es el que tiene más suprimidas las garantías individuales de todos los que hemos recorrido, la policía patrulla las calles con fusil al hombro y exigen a cada rato el pasaporte, que no falta quien lo lea al revés, es un clima tenso que hace adivinar una revuelta dentro de poco tiempo. Los llanos están en franca revuelta y el ejército es impotente para reprimirla, los conservadores pelean entre ellos y no se ponen de acuerdo y el recuerdo del 9 de abril de 1948 pesa como plomo en todos los ánimos, resumiendo, un clima asfixiante, si los colombianos quieren aguantarlo allá ellos, nosotros nos rajamos cuanto antes".

Cierto es, como lo anota el Che, que el 9 de abril acababa de pasar y que la dictadura civil de Gómez-Urdaneta estaba en pleno vigor, pero qué poco ha cambiado desde entonces lo que los politólogos han dado en llamar la gobernabilidad, que en nuestro caso es equivalente a la represión. La opinión pública, pese a la censura de prensa vigente en esos días, sabía qué estaba pasando en los Llanos y sin duda se presentía algo grave. Y sucedió: Rojas Pinilla, apoyado en el establecimiento, con excepción del laureanismo, dio el golpe militar del 13 de junio. Más allá de las observaciones del Che, es perceptible una cierta distancia afectiva por Colombia, que me lleva a hacer una pregunta: ¿Contribuiría este sentimiento en la decisión que tomaría 15 años después cuando optó por Bolivia?

EL PASO POR LETICIA

El Che y Granado habían llegado a Bogotá desde Leticia, con una breve escala en la base de Tres Esquinas, Caquetá, puesto que viajaban en un avión Catalina de la Fuerza Aérea Colombiana, en el que tuvieron que pagar la mitad de los fondos que llevaban. En Leticia se alojaron en el cuartel de la policía y jugaron en un equipo local de fútbol. Leticia en aquellos días era un pueblito que vivía de la nómina oficial y de la pesca de grandes bagres que se enviaban a Bogotá.

No hace el Che ninguna referencia a la situación de las tres fronteras. Prácticamente pasa de largo, como había pasado por el río Amazonas, frente al puerto, sin haber podido controlar la balsa en la que bajaban desde San Pablo, un leprosorio peruano situado aguas arriba. La lepra y su etiología y tratamiento es uno de los motivos del viaje del Che por América del sur. En el Perú hace contacto con uno de los científicos más dedicados a ese espantoso mal, el Dr. Pesce, quien lo recomienda al hospital de San Pablo. Era un remoto lugar de exclusión de 600 leprosos, a quienes los jóvenes médicos se dedican en cuerpo y alma durante varias semanas.

En ese puerto, escribe el Che, atraviesa el río Amazonas a nado y de noche, mitad como aventurero que era, mitad para controlar el miedo que en la oscuridad le tenía al agua. Son dos rasgos permanentes de su carácter. De la balsa se les cayó al agua una gallina y el Che, paralizado por el miedo, fue incapaz de lanzarse a rescatarla. Se lo reprochó muchos días. Los enfermos y los médicos les cogieron un gran cariño a los dos viajeros, al punto de que les organizaron una despedida con un grupo de músicos leprosos. Muchos tocaban con los muñones. Sus rostros deformados, a la luz titilante de una lámpara de kerosén, los describe el Che como figuras sacadas de la pintura negra de Goya.

Guevara llevó la palabra ese día. Es un discurso ya político: “...la división de América en nacionalidades inciertas e ilusorias es completamente ficticia. Constituimos una sola raza mestiza desde México a Magallanes”. ¿No es la misma tesis que está en la obra del joven Germán Arciniegas, El continente de los siete colores, que domina las ideas políticas de Haya de la Torre o inspira textos literarios como los de Asturias, y que muestra bien clara la honda impronta que dejó en el Che la Revolución de Córdoba, Argentina, en los años veinte? Más aún, ¿no reposa sobre esas ideas simples de un joven de 24 años la estrategia de los “dos, tres, muchos Vietnam”, que defendió con su muerte?

Granado y Guevara habían llegado al río Amazonas, siguiendo el curso de uno de sus más grandes afluentes, el Ucayali, que el Che encontró muy parecido al alto Paraná. Habían pasado por la ciudad de Pucallpa, donde conoció “un pescado de forma bastante rara, llamado por los naturales bufeo”, naturales que más abajo identificaría como Yaguas. Visitaron una de sus comunidades.

La impresión del Che sobre los indígenas del Amazonas quedó escrita en su diario de viaje, que convertiría más tarde en un artículo que publicó la revista Siete y que tituló “Un vistazo a las márgenes del gigante de los ríos”. Es un artículo muy expresivo en la obra de Ernesto Guevara. Frases cortas, descriptivas, sentidas. De entrada se queja de los mosquitos, más peligrosos para él que las anacondas, los tigres, los caimanes, y claro, por ahí desemboca —médico era— en el paludismo.

Pasa luego al Anchylostoma , un temible parásito. Escribe sobre los ruidos y los silencios de la selva, del fantasma de ser devorado por la manigua convirtiendo al caminante en un ser “sin pensamiento propio”, y llega por fin al caserío. Describe los ranchos de hoja de palma construidos sobre estacas. “Me asomé a la puerta de una choza y un olor repugnante de unos extraños y cuerpos sudorosos me repelió enseguida”. Los naturales —escribe— obedecen mansamente las órdenes de la naturaleza: pescan, cazan, cultivan la yuca y la coca. Comieron mico —casi una profecía— y los visitantes les obsequiaron una gaseosa. Un verdadero encuentro entre culturas.

El Che abunda en elogios a la sabiduría indígena que le permite vivir en la selva y, sobre todo, observa su economía con sorpresa: “Nadie trabaja si no es para comer”. En otras palabras, no hay creación de riqueza, ni, por tanto, forma alguna de acumulación ni de desigualdad entre los indígenas. Una idea que siempre revoloteará sobre su cabeza y que es el germen de otra más grande y desarrollada que defenderá contra economistas marxistas como Mandel y Betelheim, y que parece ser el núcleo de su famosa tesis de que en el socialismo los estímulos al trabajo no deben ser materiales sino morales.

Al finalizar el artículo, uno queda sorprendido de que el Che, tan perspicaz, no hubiera hecho mención ni de lejos a la Fiebre del Caucho, siendo como fue el río Ucayali, el imperio criminal del célebre Fitzcarraldo. Ni una sílaba, a pesar de que el Che había leído —lo cita en el artículo— a José E. Rivera, del que hace referencia en los “sombríos tonos” con que pinta la selva.

EL HAMBRE Y EL ASMA

Granado y Guevara recorrieron también la hoya del Huallaga, otro afluente del Amazonas, desde el Cerro de Pasco hasta Tingo María. Fue un trecho muy duro para el Che, porque el asma lo atacó sin misericordia. Uno siente en Junín, a 4.000 metros, la respiración jadeante y se imagina a los soldados que llevaron Bolívar y Sucre a luchar en esas alturas. También al Che sentado en un rincón de Huancayo, sin respiración, “adrenaliándose” cuatro veces diarias para poder pasar la jornada.

Más al sur, en el centro mismo del imperio Inca —Cusco, Machu Picchu, Andahuaylas—, la queja del Che es el hambre. Hambre indígena, acumulada y amasada por la explotación. Se lamenta con rabia de la obra de España, pese a la construcción de iglesias, catedrales y conventos. Escribe un artículo, también para la revista Siete, sobre Machu Picchu. Absorto por el paisaje y por la fuerza humana que construyó ese enigmático monumento, admira, sobre todo, que sea un punto del mundo donde no haya letreros de Coca-Cola. Quizás intuía ya que ese paraje   sagrado, no hollado por los españoles, sería conquistado y arruinado cincuenta y tantos años después por esa detestable economía del turismo.

Todo el viaje del Che está marcado por el hambre y el asma. Es posible descubrir bajo estos dos padecimientos, el primero una opción voluntaria y el segundo una cruz, la esencia de su alma. El asma, decía Estanislao Zuleta, es el llanto por la madre. Y no hay duda de que las cartas del Che a su mamá las escribe en los momentos más dramáticos de su enfermedad. Pero el Che, desde el diario de su primer viaje hasta el de Bolivia, no deja de hacer explícito su estoicismo, al utilizar su enfermedad para hacer, lo escribió en alguna parte, su voluntad como una obra de arte.

¿Y qué decir del hambre? Más allá de ser producto buscado de una aventura de veinte años, lo que parece notable es que el Che aceptaba —y buscaba— el hambre para sentir el dolor de un pueblo que definió desde entonces como suyo. O quizás mejor, optó por el hambre para hacer parte de su propio pueblo. “Nuestra hambre era una cosa extraña que no teníamos en ningún lado y en todo el cuerpo”.

Al Perú llegaron de Chile haciéndole un extraño quite a Bolivia en el primer viaje. En el segundo, dos años después, mirará un desfile de obreros que “hacen cantar el máuser” y luego, en una carta a su amiga Tita Infante, escribirá: “Bolivia es un país que ha dado un ejemplo realmente importante a América”.

El Che pasó por Bolivia, Perú de nuevo, Ecuador, y al final, participó en la defensa del gobierno de Arbenz en Guatemala. Pero nunca más pensó en volver a Colombia, ni siquiera por la curiosidad de saber qué había pasado en la revuelta que sospechó en el 52.

 

SEGUNDA PARTE

LAS ÚLTIMAS HORAS DEL CHE EN BOLIVIA

De cómo la KGB, la CIA y el ejército boliviano cercaron al Che Guevara con un operativo de más de 1.500 hombres, días antes de que se entregara en La Higuera. Alfredo Molano recorrió los últimos lugares por los que pasó el guerrillero y habló con algunos de los campesinos que vivieron aquel histórico momento.

En la mitad del camino entre Santa Cruz y La Higuera queda Samaipata. Se llega recorriendo primero una carretera pavimentada y luego desviando por el cañón del río Piraí. Samaipata fue uno de los pocos pueblos que se tomó el Che con la guerrilla boliviana en mayo del 67. Redujeron la fuerza oficial, se llevaron víveres que ya comenzaban a necesitar con urgencia, pero no pudieron conseguir las medicinas para calmar el asma del Che, que se agravaba desde su llegada a la zona en noviembre del 66.

La guerrilla llegó a esta región relativamente fértil, donde se dan frutales y hoy se cultivan bosques de pinos, buscando a Joaquín, que comandaba la retaguardia, con quien dos meses antes había perdido contacto y con el que nunca más se volvería a encontrar. En cierta medida, el Che estaba atado a esta búsqueda. Su movilidad era ágil pero limitada. Se habían separado para que el grupo de Joaquín sacara de la zona de operaciones a Debray y a Bustos.

Samaipata es un pueblo aún pequeño. Nos detuvimos en una tienda bien surtida donde almorzamos. Pregunté al dueño del establecimiento si ese poblado se lo había tomado el Che. Me respondió con rudeza que él no sabía nada de eso, que nunca le había interesado el asunto. Concluí después, leyendo el diario de Inti Peredo, que sin duda esa fue una de las tiendas que los guerrilleros habían asaltado.

Es un territorio muy seco. Hace parte de lo que llaman “los valles cruceños”. Son largos, encajonados entre cordilleras áridas. El río Grande corre hacia el nororiente entrelazándolos. Por trechos son fértiles y permiten el cultivo de cereales, pero en general lo que se ve desde la carretera es un lomerío pelado que entre nosotros suele llamase charrascal: pencas, cactus, cardones, un arbusto de flores amarillas, que no recuerdo cómo se llama, pero que abunda en La Guajira. Debe haber sin duda conejos y culebras. Es el desolador panorama que acogió al Che en Bolivia.

No debe ser muy diferente la zona de Ñancahuazú, según el diario del Che, en la que algunos de sus hombres tuvieron que abrir trocha a machete y alguna vez cazaron una danta. A partir de abril del 67, cuando la guerrilla fue detectada, el Che estaba preso de dos fuerzas: el ejército lo empujaba hacia el norte más despejado y seco, pero el Che no podía abandonar la búsqueda de Joaquín . Estas dos fuerzas lo obligaban a  moverse circularmente.

No obstante, hasta septiembre, este fue un período de éxitos militares nítidos. Inti registra más de 50 soldados muertos sin contar con los presos que después liberaron. Fueron días de hambre y falta de apoyo urbano. Podría decirse que fue una emboscada montada en forma calculada por el Partido Comunista boliviano, dirigido por Monje, con quien el Che había roto desde el 31 de diciembre del 66. Al Che este rompimiento no le debió extrañar; era el remate de una disputa con las nomenclaturas de los partidos comunistas, que comenzó cuando los soviéticos decidieron retirar las cabezas nucleares de Cuba, sin acuerdo previo con el gobierno de la isla en el que el Che era la segunda figura.

Los soviéticos habían logrado instalar los misiles, no tanto para defender la revolución cubana, como para negociar los cohetes que Estados Unidos había emplazado en Turquía. El alegato del Che con los soviéticos no paró con los convenios económicos que firmaron los dos estados. Por el contrario, se agravó. El Che consideraba lesivo e injusto para la  revolución cubana el carácter mercantil de los convenios.

El Che predijo que esas relaciones netamente económicas eran el fundamento de una casta burocrática que terminaría conduciendo a la URSS al capitalismo. Sin duda, esa controversia fue la cuna de la tesis de que los partidos comunistas obstaculizaban el desarrollo revolucionario, y que por tanto, un grupo armado de insurrectos podría crear las condiciones para la toma del poder.

El Che rompió con Monje no sólo porque desconfiaba del dirigente comunista boliviano, sino porque tenía fe plena en la función de El Foco como “chispa que incendia la pradera”. El rompimiento no era sólo con Monje, ni siquiera con los partidos comunistas oficiales, sino, en el fondo, con la política soviética, que desde Stalin, veía en toda organización revolucionaria un instrumento para fortalecer la URSS en desmedro de los procesos que se desarrollaban en otros países.

Desde el punto de vista político, el partido podía sobrar, pero desde el punto de vista logístico era indispensable. La independencia fue cobrada como abandono, y el abandono, en las condiciones en que estaba el Che, equivalía a reforzar el cerco que el ejército de Barrientos estrechaba desde que la CIA había localizado al comandante en Bolivia. Así, pues, el Che tenía tras de sí los dos servicios de inteligencia más poderosos del planeta: la KGB, con Monje, y la CIA, con Félix Rodríguez, el agente que terminó asesinándolo.

Golpeando a los Boinas Verdes, gran parte de ellos mercenarios, pero al fin, huyendo de los sucesivos cercos, el Che llegó con 17 hombres a la región de Vallegrande. A mediados de abril, los obreros de la mina Siglo XX declararon una huelga para rechazar una serie de medidas laborales tomadas por el gobierno de Barrientos en contra de las conquistas del movimiento obrero.

Los huelguistas dedicaron un día de su salario para apoyar económicamente al Ejército de Liberación de Bolivia, como desde entonces se conoció a la guerrilla del Che, lo que puso de manifiesto la influencia política que esta organización comenzaba ya a tener en el país. La respuesta de Barrientos fue tomarse a sangre y fuego las minas controladas por los obreros: 87 mineros quedaron muertos. El Che apuntó en su diario: “Si tuviera 100 hombres más ahora, otro gallo nos cantaría”.

El vía crucis del Che comienza con la muerte de Marcos, la primera baja del grupo de cubanos que lo acompañaba, quien había sido viceministro de azúcar y compañero del Che en el Congo. A los cercos del ejército y el Partido se suma el cerco del paraje, desértico, agobiante, espinoso. Los charrascales son una especie de corona de espinas que amenaza todo el cuerpo. Caminar con 20 kilos a la espalda, un fusil Garand y con la cantimplora vacía, es un acto más que heroico. Es difícil entender cómo un comandante tan experimentado en la guerra de guerrillas escogió una región como ésta.

Uno se explica que Bolivia, por su tradición de lucha minera, por su vecindad con Argentina, haya sido escogida, pero sigue siendo un misterio por qué eligió una región semidesértica, poco poblada y con un campesinado conservador como el que existe entre Sucre, Santacruz y Cochabamba. La guerrilla del Che fue astutamente empujada desde su campamento central en la hoya del Ñancahuazú hacia el norte, donde la vegetación es aún más baja y espinosa. Argentina y la zona minera quedaban por tanto cada vez más lejos.

El plan original fue aplazado. En agosto el Che anotó en su diario: “Estamos en una situación difícil; Pacho se recupera, pero yo soy una piltrafa humana”. Pocos días antes, desesperado, había apuñaleado la yegüita que montaba. Fue en ese instante de ansiedad mística que escribió una notable frase: “Este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, el escalón más grande de la especie humana; pero también nos permite graduarnos de hombres”. El humanismo más allá de la revolución.

A fines de septiembre el Che ya sabía que el grupo de Joaquín había sido exterminado en el Vado del Yeso y que contaba tan sólo con 17 hombres. Cargaba varios enfermos, varios desmoralizados y todos sedientos y andrajosos. Cuando llegaron a La Higuera —un pequeño y perdido caserío—, “habían desaparecido los hombres y sólo alguna que otra mujer había”. El ejército rodeaba al Che. Cerca del pueblo caen Coco, Miguel y Julio. El Che anotó: “Día de angustias que, en algún momento, pareció ser el último nuestro”. En los siguientes diez días daría vueltas en redondo de la zona tratando de romper el cerco.

Caminaban sólo de noche o en la madrugada, sin agua y casi sin alimentos. La carretera que lleva a La Higuera pasa a pocos metros de donde cayeron Coco, Miguel y Julio. Es un camino como cualquier trocha en la Alta Guajira. Ni un árbol donde guarecerse, ni una peña desde donde disparar, ni siquiera una sombra para guarecerse del sol. Hay un pequeño monumento. Nos bajamos. La desolación nos conmovió.

La Higuera se ve a lo lejos. La muerte de esos tres combatientes marca el principio del fin del Ejército de Liberación de Bolivia. A la izquierda, unos dos kilómetros más abajo, está la Quebrada del Yuro, donde el Che cayó preso el 8 de octubre a eso de las 5 de la tarde. Es una pequeña hoya donde sopla el viento y se oye un silencio de muerte.

Como Cristo, también el Che tuvo su Judas: Camba, un guerrillero que había desertado pocos días antes. Es difícil dejar de imaginar el momento en que el Che, el vencedor sobre Bautista en Santa Clara, se da cuenta de que su carabina M1 había quedado inutilizada por una bala enemiga, que había perdido el cargador de su pistola y que había sido herido en la pantorrilla izquierda. Sin posibilidad de seguir combatiendo, ni de huir y ni siquiera de suicidarse, opta por entregarse con dos de sus compañeros, ambos enfermos.

Los soldaditos bolivianos, como los llamaba, lo conducen amarrado a la escuela de La Higuera. No saben quién es. Los hombres del pueblo han regresado y las mujeres miran al cautivo por las hendijas. Es un ser extraño y ajeno para todos, salvo para los oficiales que comandan desde Washington, La Paz y Vallegrande el gran operativo militar de más de 1.500 soldados.

Llegamos a La Higuera quizás a la misma hora, cuarenta años después. La luz caía. Algunos techos nuevos de algunas casas nos hacen pensar que el tiempo ha pasado, pero no todo ha cambiado, porque el pueblo aún tiene tapias de adobe, veraneras rojas de troncos rugosos y sauces centenarios. Los habitantes originarios han abierto pensiones, comederos improvisados y tiendas con íconos del Che. La Casa del Telegrafista, adonde llegó la orden de ejecutar a los presos, es hoy un hotel de un francés.

En la plaza hay tres estatuas del comandante: una puesta hace 20 años —que el gobierno boliviano mandaba tumbar cada año y cada año los fieles del Che volvían a parar—; un busto inaugurado hace 10 años y una enorme estatua en bronce acabada de levantar, en la que el legendario guerrillero aparece de cuerpo entero con boina y tabaco. Cientos de personas recorrían ese día la calle de entrada. La mayoría eran jóvenes, algunos de boina con estrella y barba; otros, obreros, cocaleros, trabajadores —la base social de Evo— y, por fin, otros como yo, ya canosos. Una peregrinación silenciosa. Una especie de espiritualidad política flotaba solemne en la pequeña plaza frente a la escuelita donde el Che pasó sus últimas horas.

Entré a la escuela. Estrecha, oscura. El gobierno la ha restaurado tres veces y en la pared, detrás de la silla donde el Che permaneció amarrado y donde fue fusilado, ya no se ven los tiros disparados nerviosamente que no quedaron en su cuerpo. El Che murió el 9 de octubre hacia la una de la tarde.

“Ya no puedo ir más allá,

tropiezo de pronto en una

piedra dura y negra

y no puedo ir más allá...

¿Por qué me dejáis abandonado,

ángeles amigos...?

¡No me abandonéis!

Haced algún ruido,

¡moved las alas!

Un ruido de alas...

siquiera un ruido de alas.

¿Dónde estáis, ángeles amigos?”.

(Fragmento de “Noche Cerrada”, de León

Felipe, transcrito por el Che en El Cuaderno

Verde que llevaba en su morral).

Por la puerta de la escuela, a contraluz, miré las montañas resecas que rodean al pueblo, como buscando allí la última mirada del hombre que inspiró una generación entera, la nuestra. Al dejar La Higuera y regresar a Vallegrande, a donde trasladaron al Che ya muerto, nos encontramos en Pucara, al anochecer, con una marcha de muchachos y muchachas argentinos que, banderas al viento y con cantos “de guerra y de victoria” —como decía el mensaje del Che a la Tricontinental, meses antes de su asesinato—, caminaban hacia lo que —se sentía— era considerado por ellos el Calvario.

Vallegrande es el pueblo más habitado de la región. La iglesia tiene una torre alta y esbelta. En la Plaza de Armas, sobre las aceras, había cientos de tenderetes con manillas, collares, zarcillos, libros, folletos, afiches, escuditos, boinas y hasta pipas, todo relacionado con el ícono que hizo famosa la foto de Korda.

El testimonio de un campesino que conoció al Che: "Yo lo vi con mis propios ojos. Yo pasaba y lo veía con su uniforme. Pero nunca hablé con él, ni una palabra. No se podía hablar con él porque había una presión inmensa de los militares. Si yo hablaba con un guerrillero, era porque yo era comunista. No había cómo hablar con ellos.Nadie sabía el ideal del comandante, ni por qué había venido a Bolivia ni por qué luchaba. Ahora ya se sabe. Pero ahora ya es tarde. Nadie hablaba con él por miedo al ejército. A los guerrilleros los vimos pasar vivos cuando los cogieron, por aquí, por este mismo camino y los llevaron a la escuelita, la misma escuelita donde yo me eduqué. Y luego, de este mismo pueblo los sacaron muertos. Las ideas del Che eran buenas para los pobres, pero la gente pobre no lo apoyó porque tenía miedo. La misma gente lo abandonó, lo dejó solo. Los pobres ni lo apoyaron, ni estuvieron en desacuerdo con él. Más bien lo que hacíamos era cerrar las puertas y salir corriendo. Cuando el Che llegó a La Higuera, aquí no había personas, todos se fueron a buscar el monte, porque los malos rumores eran que el Che con su gente, entraban, comían lo que querían y no pagaban. Había temor. Decían que violaban mujeres y que no respetaban matrimonios. Pero todo era mentira. El café que él se tomaba, lo pagaba".

El 8 de octubre, proclamado por Cuba día del Guerrillero Heroico, Evo Morales presidió un gran mitin, al lado de la pista de aterrizaje donde fueron encontrados los restos del Che. Banderas, himnos, voladores, música, aplausos y polvo. Representantes de toda la América del Che. Salvo Colombia, todos estuvieron allí. Evo se reconoció como guevarista y afirmó: América Latina, la patria del Che, es el refugio del hombre.

Daniel Viglietti cantó A desalambrar. Confieso, fue muy emocionante. Un aro de arco iris rodeó el sol. No pocos se preguntaron si, esta vez, la historia se encarnaría en una fuerza más alta, más profunda, divina. No podíamos dejar de estar en el Hospital Señor de Malta, donde el 9 de octubre hace cuatro décadas, los generales bolivianos y el agente de la CIA Félix Rodríguez exhibieron el cadáver del Che.

La lavandería del centro hospitalario es un galpón abierto por un costado. El lavadero de cemento hizo las veces de regazo de un cuerpo hermoso y desgonzado. La gente llega allí a llorar y no poca a rezar. Es inmensamente conmovedor el lugar. Un muchacho joven me dijo al preguntarle qué sentía: “El Che vive. Cuando yo siento el dolor de otro en mi pecho, ahí está el Che. Sigo creyendo en la Utopía”.

 

TERCERA PARTE

EL CHE EN MISIONES

La tierra de los orígenes de Ernesto Guevara, sus primeros traumas, el pánico al agua, el asma. Sus primeros años, las ruinas de la casa de sus padres, a orillas del Paraná.

Habiendo estado en La Higuera, en el sur de Bolivia, quisimos conocer el territorio de Misiones, en el nororiente de Argentina, donde el Che vivió los primeros años de su infancia. Entre los dos puntos hay unos 2.500 kilómetros, más de la distancia entre Riohacha y Pasto. El paso de frontera entre Bolivia y Argentina lo hicimos por Yacuiba, un pueblo sucio, desordenado, maloliente, igual a su par, Salvador Mazza, en Argentina.

Al occidente, en la cordillera, está la zona donde Jorge Massetti intentó enraizar una guerrilla en el año 63, pero fue liquidada por el ejército un año más tarde. Massetti fue el primer periodista en entrevistar al Che en la Sierra Maestra. Recibió entrenamiento militar en Cuba y Argelia. Un personaje equívoco: héroe para la izquierda armada y jefe violento y paranoico que fusiló a varios de sus compañeros para la izquierda civil. Visto desde hoy, con rasgos similares a Fabio Vásquez Castaño, fundador del Eln en Colombia.

El paisaje entre La Higuera y Salta es similar: matorrales espinosos precariamente trabajados, algunas ganaderías, algunos cultivos de maíz y soya y muchas quemas. Salta, llamada "la linda del noroeste" -y en realidad lo es- fue también una ciudad ensangrentada en los años 70, cuando la dictadura militar persiguió a muerte a los restos del Ejército Revolucionario del Pueblo -Erp-. Hoy vuelve a ser una ciudad que duerme la siesta entre las dos y las cinco de la tarde.

Tan pronto se sale de Salta, la tierra parece nivelada por topógrafos: es perfectamente plana. Las únicas lomas que hay son de basura, que hiede a kilómetros de distancia. Es una pampa larga donde se ve ganado rebañando, pocas casas aisladas, campos de trigo y uno que otro campamento gitano. Más adelante, tractores, arados, establos, silos. Las haciendas ya no se llaman "estancias" sino "agropecuarias" y muchas son grandes ingenios azucareros en trance de convertirse en fábricas de etanol.

Al sur, Tucumán es centro de una activa economía agropecuaria: soya, trigo, ganado. En los suburbios se oyen chacareras festivas y alegres. No es extraño oír a la Mercedes Sosa que llevamos pegada en el alma. De Tucumán se sale por una avenida llamada Juan B. Justo -fundador del Partido Socialista Argentino- hacia Santiago de los Esteros, patria chica de Mario Roberto Santucho, comandante y fundador del Erp y el Partido Socialista de los Trabajadores. Al borde de la carretera hay extraños monumentos con banderas rojas.

En Santiago de los Esteros entramos poco a poco en El Chaco, un gigantesco humedal, cabecera del río Paraná. Luego viene una pampa infinita, árida, escasamente poblada. Uno vuelve a sentirse como en la Alta Guajira: tunas, trupillos y una densa vegetación espinosa, que suele ser tumbada con tractor para hacer carbón de palo en hornos de barro. De trecho en trecho hay "rancherías" de indígenas chacos, wichies y toes. Los gauchos -criollos de origen español- liquidaron a bala y cuchillo a la población nativa, con el mismo espíritu que dominó la conquista del oeste norteamericano, o en nuestros Llanos Orientales, el exterminio de guahíbos y sálivas con el mismo objetivo: criar ganado.

La Pampa de gauchos valientes y nobles, al estilo de Martín Fierro, es una leyenda. El buldózer, la motosierra y la cosechadora sepultaron el pasado. Doce horas de bus con televisión a todo volumen y se entra en un pueblo grande como puede ser hoy Yopal, Casanare: Presidente Roque Sáez Peña, un algodonal como fue El Copey. Al lado de la vía hay pequeños aeropuertos para avionetas de fumigación y moteles donde pilotos, agrónomos y comerciantes llevan a sus novias y secretarias.

Seis horas más al oriente se atraviesa, por la ciudad de Resistencia, el río Paraná, para llegar a la ciudad Siete Corrientes. Dos ciudades gemelas que creímos equivalentes a Leticia, Iquitos o Pucallpa en el Amazonas, pero nada de eso. El puente sobre el río acabó con la actividad fluvial. Hoy se balancean sólo algunos yates y barcazas que bajan hacia Buenos Aires con carbón vegetal. En la Plaza de Armas o de San Martín encontramos un piquete de ex combatientes de la Guerra de las Malvinas a quienes, según ellos, no se les ha querido reconocer derecho al subsidio.

Son hombres ya maduros que conocieron los hielos del sur, el hambre y el fuego inglés. Muchos de sus compañeros huían a los campamentos del enemigo para no morir congelados. Mientras tanto los "terroristas" eran perseguidos y desaparecidos. El argumento de siempre: guerra para velar genocidios. Uno de los ex combatientes nos definió a un "terrorista" típico: pelo largo, barba, bluyín y zapatillas; las mujeres usaban pelo corto. Los mismos criterios para militares y paramilitares

Corrientes no era el fin de nuestro viaje, ni tampoco Posadas, 200 kilómetros más allá. Nuestro objetivo era Misiones, en particular San Ignacio, Caraguatay, y por supuesto la gran catarata de Iguazú. Los saltos de Iguazú agotan los adjetivos. Ninguna fotografía o página escrita logra captar la sensación que produce un gran río, lento, ancho y manso, botándose furioso y encrespado por un abismo. Una nube de lluvia fina impide ver el foso donde cae, mientras los vencejos -pájaros como golondrinas- juegan en el aire persiguiéndose, escondiéndose en sus nidos para salir disparados de nuevo a gambetearse.

No muy lejos de las cataratas está Carataguay, que no alcanza a ser pueblo. Es un punto con una tienda y un paradero de buses, enmarcado por un paisaje verde y húmedo que recuerda a nuestro Darién. El Che no nació aquí, pero aprendió a caminar en esta región cuando todavía era "selva impenetrable". Hoy las extensas plantaciones de pino, araucaria y eucalipto crecen con ferocidad difícil de igualar. Hay también plantaciones de té y de yerba mate.

El padre del Che, Ernesto Guevara Lynch, recién casado con Celia de la Serna, llegó en lancha a construir una casa a pocos metros del río Paraná y a cultivar oro verde. El hombre -mitad aventurero sin fortuna, mitad caballero romántico- se contagió de la "fiebre de la yerba" que atrajo a la región a muchos negociantes, trujamanes y pícaros. Para la época, Misiones representó el mismo sueño de fortuna rápida que para muchos señoritos bogotanos fue el Ariari en los años 60.

Guevara Lynch construyó una casa de madera sobre pilotes de ladrillo, que aún se conserva. No muy cómoda, pero suficiente para una pareja enamorada y excéntrica. Tumbó monte y sembró yerba mate, pero el hombre carecía de paciencia y conocimiento para tener éxito con una planta tan veleidosa. Se proponía "civilizar" a la gente. No sólo a los peones sino a los patronos, acostumbrados a pagar a sus trabajadores con vales, que nunca se convertían en pesos. Fracasó también: los patronos se convirtieron en enemigos. Celia quedó embarazada y el niño nació de afán en Rosario, de paso a Buenos Aires.

El Che gateó y aprendió a caminar en Carataguay, forrado literalmente en un mameluco que lo cubría de pies a cabeza para evitar la picadura de los mosquitos. Allí, el Che vio a su mamá ahogándose en el Paraná. Se salvó gracias a que los peones de la plantación la rescataron sin resuello. El mismo resuello de ahogado que el asma le produciría a su hijo. El Che le tenía pavor al agua como todo asmático, hasta el punto que en un año largo en Bolivia, se bañó un par de veces.

Hoy la plantación es una Reserva Provincial atendida por una mujer joven que conoce la biografía del Che. Los vecinos la llaman burlonamente "la mujer del Comandante". Nos mostró la ubicación de los pilotes en ladrillo de la antigua quinta. Sólo queda una pared a medio caer. La casa tenía una bella vista sobre el río Paraná. Al lado de la ruina hay todavía una vieja higuera, que es la misma planta que en nuestros Llanos Orientales llaman matapalos: abrazadora y mortal para el árbol que la hospeda.

Es paradójico -comenta nuestra guía-, el Che nace y muere en una higuera. Revolotean mariposas Morpho de grandes alas azul cobalto. La mujer cree que son el espíritu del Che porque vuelan entre la casa y el río. La plantación y la quinta fueron devoradas por la selva, a diferencia de la casa en que vivió el trágico escritor Horacio Quiroga, en la Misión de San Ignacio, a un par de horas de Carataguay. De éstas sólo quedan restos de lo que fue el más importante intento de colonización civilizada de los jesuitas en el nuevo mundo: las reducciones guaraníes.

Las Misiones del Paraguay fueron fundadas hacia 1630 con autorización del rey Felipe IV para detener la expansión de Portugal al sur del Paraná y tratar de poner en cintura a los encomenderos, que se mostraban ya como un poder criollo peligroso para la corona. Quizás por esas razones la obra fue encomendada a los jesuitas, una orden de espíritu militar. En 1750, las Misiones comenzaron a desaparecer a raíz de la expulsión de la Compañía de Jesús de todo el Imperio Español.

La historia de las Misiones es fascinante. Cubrían una amplia zona entre el oriente de Bolivia, el sur de Brasil y el norte de Argentina y Uruguay. Los jesuitas construyeron más de medio centenar de reducciones que llegaron a ser pobladas por 120.000 indígenas. Fue un modelo de colonización diferente a todos los conocidos y casi insólito: los jesuitas usaron la música para atraer a los indígenas y luego apelaron a la artesanía, la agricultura y la ganadería para "civilizarlos". Cultivaban yerba mate, trigo, hortalizas y ganado; en los talleres, los guaraníes construían arpas, violines, arados y hasta cañones.

La música llegó a ser tan importante que coros indígenas se presentaban en teatros de Asunción y Buenos Aires Llegó a ser la región económica más fuerte del Río de la Plata. El trabajo era obligatorio y los productos se distribuían según las necesidades de cada familia indígena. Algo parecido al postulado de Marx: "De cada quien según su capacidad, a cada cual según su necesidad". Había dos tipos de propiedad: una llamada "de Dios", cuya producción estaba destinada a sostener a la comunidad religiosa y las escuelas de artes y oficios; y otra, la propiedad "de los hombres", que servía para alimentar a los indígenas.

Las ruinas que hoy pueden verse dan cuenta de una obra formidable que habría podido abrir un camino más humano y digno para al dominio español en América. Que esta utopía misionera impregnó la ideología del Che es innegable: la igualdad social, la justicia económica, la autonomía política, la lucha contra la brutalidad de los imperios, la apelación a las armas. ¿No son estas las banderas que el Che levanta en Guatemala en 1954, en Cuba en el 59 y el 62, en el Congo en el 65 y en Bolivia en el 67? No es difícil imaginar los interrogantes que a Celia debió plantearle la historia de las Reducciones y el afecto que pudo estimular por ellas en su hijo.

Al dejar Misiones, el bus paró en Ñancahuazú, el mismo nombre del río en cuya hoya el Che estableció el principal campamento en Bolivia a fines de 1966, desde donde salió de nuevo, "adarga al brazo", a defender su sueño con "tableteo de ametralladoras y nuevos cantos de guerra y de victoria", como escribió en su mensaje a la Reunión Tricontinental de Organizaciones Guerrilleras en Cuba, un año antes de ser asesinado en La Higuera.

* Estos textos fueron publicados originalmente en El Espectador impreso en octubre de 2007.

 

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