'La mayoría de colombianos no cree en el socialismo'

Luis Fernando Medina Sierra, Doctor en Economía de la Universidad de Standford, realiza una radiografía de esta apuesta política en medio de la globalización los sucesos que transforman al mundo.

Luis Fernando Medina es un reconocido investigador colombiano, que ha trabajado como profesor en diversos claustros educativos del país y el mundo. En la actualidad es profesor investigador del Instituto Carlos March de Ciencias Sociales. El año pasado su libro, ‘El Fénix Rojo, las oportunidades del socialismo’, fue galardonado con el premio ‘Catarata de Ensayo’. 
 
En entrevista con El Espectador, habló del por qué la simbología del ‘socialismo real’ ha sido adoptada por el mercado, del escenario de la izquierda internacional y por qué en Colombia nunca ha existido un gobierno socialista.   
 
En las últimas décadas hemos visto la popularización de la imagen del 'Che' que se comercializa en todo tipo de productos ¿Por qué, luego de retar al capitalismo, la simbología del socialismo y el comunismo se ha convertido en una mercancía más? 
 
Este es un fenómeno que cogió por sorpresa a quienes ya éramos adultos cuando acabó la Guerra Fría. Creo que se puede ver desde distintos puntos de vista y tal vez no haya una única explicación. Lo primero que hay que decir es que obviamente existe un mercado para este tipo de símbolos de modo que para algunos empresarios es rentable satisfacer esa demanda, máxime ahora que ya no se corre ningún riesgo político por hacerlo. Pero esto nos lleva a preguntarnos por qué existe esa demanda y por qué existe en forma políticamente aséptica. La respuesta a la segunda pregunta es clara: el colapso del movimiento comunista internacional. El movimiento político que estaba detrás de estos símbolos ya no existe. Entonces, ¿qué significan ahora? En realidad es difícil saberlo porque, como todos los símbolos, son constantemente reapropiados por la gente de manera distinta cada vez. 
 
Háblenos de otros símbolos que puedan ser sujeto de dicha apropiación...
 
El crucifijo puede significar muchas cosas según el contexto porque el cristianismo tiene muchas facetas. La imagen de Gandhi es otro ejemplo. Se la difunde en Occidente como la de un apóstol de la no-violencia y de la justicia mientras que en la India están más claras algunas de sus facetas más problemáticas y discutibles. Allí, al lado de la versión oficial que le rinde tributo a sus esfuerzos por la independencia, existe también la crítica a su tradicionalismo y a lo que algunos perciben como su excesiva disposición a transigir ante los ingleses en momentos cruciales. 
 
Señale un ejemplo de cómo una imagen política ha sido diversamente apropiada…
 
En nuestro medio la imagen de Bolívar ha pasado por todo tipo de reediciones. Lo que aprendían los colombianos hace un par de generaciones era que Bolívar era el padre del conservatismo. Fue solo hasta los setentas, con el M-19, que se empieza a crear la imagen de un Bolívar rebelde, contestatario; a las Farc les toma su tiempo apropiarse también de Bolívar, en parte porque dentro de los círculos comunistas, Marx había dejado un precedente problemático por su desdén hacia él. 
 
Volvamos un poco a la imagen del Che...
 
En el caso que nos ocupa hay procesos similares que, al igual que los otros procesos, incluyen enormes dosis de memoria selectiva, de quedarse con algunos aspectos de la historia y no con otros. El Che de las camisetas es hoy un rebelde individualista que nada tiene que ver con el Che histórico para quien la virtud fundamental era el sacrificio en favor del esfuerzo colectivo. De hecho, de esa visión venían tanto su carisma como también sus errores en la gestión económica. Muchos de quienes echan mano del símbolo del Che no están para nada interesados en una reflexión crítica sobre la Revolución Cubana, una reflexión que vaya más allá de las simplificaciones extremas de ambos lados. En esa medida, no es un símbolo político. Una camiseta del Che es como una caricatura de Gandhi en un restaurante vegetariano, un destilado individual, y ahistórico. 
 
¿Y qué sucede con la imagen de la hoz y el martillo?
 
Lo de la hoz y el martillo tiene otros ángulos interesantes precisamente porque ahora mismo en Ucrania se está debatiendo una ley que busca prohibirla. Yo creo que en todos esos episodios se olvida que la hoz y el martillo fueron un símbolo de alcance descomunal y global que, por eso mismo, significa cosas muy distintas en cada región del mundo. Aunque no estoy de acuerdo, entiendo por qué, digamos, un estoniano puede sentirse tentado a prohibirla ante las atrocidades de Stalin en Estonia. Pero resulta que ese mismo símbolo tenía un significado diferente, un significado de lucha, de disidencia, de abnegación, en, por ejemplo, España, Italia, Chile, Sudáfrica o la India. Me parece que tratar de legislar el significado de la hoz y el martillo es ridículo, como legislar el significado del crucifijo. 
 
¿Cuál es el escenario de la izquierda a nivel internacional?
 
Es difícil establecer un balance único porque las dinámicas regionales y locales varían mucho. En este mismo mes, por ejemplo, Europa acaba de dar dos noticias de signo opuesto para la izquierda: la derrota de los laboristas en el Reino Unido y los buenos resultados de la izquierda en las elecciones locales en España. Ahora, en general, da la impresión de que la izquierda se encuentra mejor ahora que hace, digamos, diez años. Pero esto puede ser simplemente porque era ya tan catastrófica la situación de aquel entonces que no podía sino mejorar. Los avances de la izquierda en América Latina parecen haberse consolidado. Puede que vengan retrocesos, como es normal que ocurra en cualquier sistema democrático, pero da la impresión de que ya muchos partidos de izquierda en la región, gracias a su experiencia de gobierno, se han constituido en alternativas de poder con las cuales hay que contar de un ciclo electoral al siguiente. La excepción es tal vez Venezuela donde el clima de polarización y las dificultades del gobierno de Nicolás Maduro, algunas de ellas producto de errores propios, hacen pensar que si llega a caer el gobierno el resultado sea un viraje muy brusco hacia la derecha. 
 
¿Qué está pasando en Europa con la izquierda?
 
En el sur de Europa la izquierda ha avanzado bastante, con nuevas fuerzas en España y Grecia e incluso Portugal. Pero, como suele suceder en Europa, la suerte de la izquierda continental está ligada a la izquierda alemana y lamentablemente la izquierda alemana se halla sumida en el marasmo. Creo que otra sería la suerte de Europa en su actual crisis económica si la izquierda alemana hubiera sido más asertiva en defensa del modelo social de mercado. Pero, para subrayar una vez más los riesgos de generalizar a través de regiones, en la India se ha visto una trayectoria inversa: los dos grandes partidos comunistas han sufrido reveses muy importantes en los últimos años y es bien probable que el actual gobierno de Modi, sea la primera mayoría estable de derecha. 
 
Las editoriales que reproducían las obras de Marx -como 'El Progreso'- desaparecieron y aun así sus libros siguen vendiendo con fuerza y siendo eje de debate en los claustros universitarios. ¿Por qué cree que la figura de Marx sigue despertando tanto interés?
 
Marx es uno de los pensadores más importantes y originales del siglo XIX. En eso no hay discusión. Por lo tanto, independientemente de lo que uno piense, sus obras deben ser objeto de estudio en cualquier universidad. Todo ciudadano interesado en temas sociales y políticos, que presuma de tener cierta cultura básica, debe tener alguna familiaridad con la obra de Marx. Está en el lugar donde están clásicos como Adam Smith o Rousseau. 
 
¿Qué efectos tuvo la caída de la URSS en la lectura de Marx?
 
El colapso de la Unión Soviética ha permitido que surja un clima intelectual mucho más saludable para leer a Marx. En los tiempos de la Guerra Fría, entre marxistas existía una competencia malsana por ver quién era más marxista, quién era el "verdadero" marxista. Posiblemente en ese momento se podía justificar esa competencia por razones políticas. Pero intelectualmente sus efectos son muy negativos porque a un autor, sobre todo a un autor tan interesante y provocador como Marx, hay que leerlo no pensando en cómo ser más fiel a sus ideas sino pensando en qué es lo que tiene que aportar a nuestro tiempo, qué cosas dice que sean dignas de atención y cuáles son erróneas u obsoletas. Nadie hace un certamen entre sociólogos a ver quién es el "verdadero" weberiano; se lee a Max Weber como fuente de inspiración pero con absoluta libertad de discrepar. Así debería ser con Marx y afortunadamente ahora ese tipo de enfoque es posible.
 
¿Cuáles fueron los aportes de la obra de Marx?
 
Sería larguísimo enumerar las muchas contribuciones de Marx -o sus errores-. Pero quisiera resaltar una. Fue en su tiempo, uno de los pensadores que vio con más claridad que el desarrollo del capitalismo estaba destinado a transformar la sociedad desde los cimientos hasta la cúspide. Es decir, él entendió que el capitalismo no solamente iba a cambiar las condiciones materiales de vida sino que también cambiaría nuestras formaciones políticas, nuestra forma de interactuar con otros, nuestra cultura y hasta nuestra forma de entendernos a nosotros mismos. Ese atisbo es fundamental sobre todo en estos tiempos en los que lo que estamos viendo es, precisamente, la penetración del capitalismo en aspectos cada vez más recónditos de la vida social. Por eso es normal que los jóvenes sigan entusiasmándose con la lectura de Marx. Por ejemplo, uno de los ensayos más lúcidos que se pueden leer hoy sobre la globalización, sobre sus costos y beneficios, es precisamente el "Manifiesto Comunista". Allí hay párrafos que parecen escritos ayer y datan de 1848.
 
Usted señala que es posible imaginar un resurgimiento del socialismo en el siglo XXI. ¿Pero esta conclusión no iría en contravía con los fenómenos socio políticos como la pérdida de soberanía del Estado, la preferencia por las economías mixtas y nuevos poderes que retan al Estado?
 
Esta pregunta apunta al corazón mismo de la encrucijada del socialismo en nuestro tiempo. Históricamente al socialismo se le ha visto como sinónimo de intervencionismo de Estado. Sin duda, en una visión socialista moderna debería haber un papel importante para el Estado. Pero eso no es condición ni necesaria ni suficiente para el socialismo. Cada vez están más claros los límites del fundamentalismo de mercado de manera que hoy en día inclusive vertientes políticas de centro o de centro-derecha reconocen la necesidad de cierta intervención estatal. Pero para mí lo que define al socialismo no es dicha intervención estatal sino, como dije en el libro, la búsqueda de espacios de realización colectiva en los que los individuos puedan encontrarse relativamente libres de las presiones tanto del mercado como del Estado. Ambas presiones son necesarias y hasta saludables, pero no tienen por qué ser absolutas. En esa medida, hay muchos puntos en una agenda socialista que son perfectamente compatibles con el libre mercado. Por ejemplo, el punto del que más me ocupo en el libro, la renta básica universal, es una propuesta que armoniza el principio de propiedad colectiva de la riqueza, en la medida en que convierte a todos los ciudadanos en "accionistas" del capital agregado de la economía, sin necesidad de que esa propiedad colectiva se traduzca en propiedad estatal. 
 
Hablemos un poco más de esa relación entre socialismo y mercado…
 
Existe una venerable tradición, un poco olvidada, de lo que se denominó en su momento el "socialismo de mercado". De hecho, en prácticamente todas las economías de planificación central del siglo XX, los economistas del régimen se daban cuenta, de que los logros de la planificación central se estancaban al cabo de un par de décadas y por eso se la pasaban formulando propuestas para introducir mecanismos de mercado. En vista de esa experiencia, es hora de que el socialismo le pierda el miedo a los mercados. Por supuesto que los mercados hay que regularlos, hay que evitar excesivas concentraciones de la riqueza, hay que tener mecanismos de redistribución, hay que fortalecer mecanismos de decisión colectiva (estatales, comunitarios, cooperativos, por ejemplo) que le sirvan de contrapeso al mercado. Pero no se trata de hacer desaparecer al mercado que, después de todo, es un buen mecanismo de asignación de recursos y, por qué no decirlo, de creación de oportunidades de libertad y de auto realización, cosas que los socialistas valoran.
 
¿Por qué cree que en Colombia nunca ha existido un gobierno encabezado por la izquierda?  
 
Creo que quienes nos llamamos socialistas, independientemente de la vertiente a la que pertenezcamos, debemos reconocer una dura verdad, casi en todas partes del mundo somos minoría. El reto del socialismo es ir ganando espacios, mostrando alternativas y resultados para salir de ese status minoritario. Ser minoría no es ni una deshonra, ni una razón para irse a la casa. Una minoría tiene todo el derecho de tratar de crecer. Colombia no ha sido la excepción.
 
¿Qué tanto creen los colombianos en las fuerzas políticas no tradicionales?
 
La mayoría de los colombianos no cree en el socialismo. En ese sentido, no es raro que la izquierda no haya gobernado. Pero hay factores adicionales, típicos de Colombia, que hay que considerar. Históricamente está el papel del bipartidismo aunque éste ya se acabó. Pero durante más de cien años los dos grandes partidos fueron muy exitosos a la hora de bloquear la irrupción de nuevas fuerzas. Creo que esto tiene que ver con el hecho de que fueron partidos que surgieron en una etapa muy temprana de la formación del país y eso les dio muchísimo arraigo, capacidad para imbricarse incluso en las rendijas más pequeñas de la sociedad civil. A eso, por supuesto, hay que sumarle los niveles de represión y violencia del país que, aunque han variado a lo largo del tiempo, siempre han sido bastante notables. Por otro lado, no hay que olvidar que aunque la izquierda no ha gobernado en Colombia, sí que ha sido capaz de influir en la agenda política. Por ejemplo, el gobierno de López Pumarejo recogió muchísimas ideas de la izquierda de aquel momento. Muchas de las políticas económicas del Frente Nacional hoy en día nos parecerían radicales. De lo anterior deduzco que, ya que el bipartidismo está prácticamente muerto, y el conflicto armado está en vías de encontrar una salida política, la izquierda va a tener buenas perspectivas de crecimiento en el país.
 
¿El socialismo se quedó corto ante las diversas reivindicaciones que han llegado en las últimas décadas a la agenda política, como los temas ambientales o los derechos  sexuales, entre otros?
 
Al contrario. Pienso que una de las limitaciones de estos nuevos movimientos es que no han logrado articularse en torno a una agenda de superación del capitalismo. En cada uno de esos temas, cuando uno escarba un poquito se da cuenta de que, en el fondo, la razón por la cual son tan difíciles de resolver es precisamente por la estructura socioeconómica vigente. Por ejemplo, para atacar en serio el tema ambiental es necesario cambiar la organización de la economía global de una manera muy profunda. Las desigualdades de género, para pasar a otro tema, son también amplificadas por la lógica del mercado y las estructuras de poder existentes dentro de las altas esferas del mundo corporativo. No es gratuito que, casi siempre, los activistas en temas ambientales o de derechos sexuales, terminen en el sector izquierdo del espectro ideológico. Lo que ha faltado es aprovechar esas convergencias en torno a una agenda genuinamente socialista.
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