Algunas usuales estos días son “fascista” o “mamerto”

No los etiquetemos

No es posible tener un verdadero diálogo constructivo si etiquetamos a la otra parte en categorías que esa otra parte no acepta como representativas de su verdadera posición.

¿Para qué debatir? Para llegar a un punto mejor del que partimos. Getty Images

En un debate con Axel Kaiser, Fernando Atria se queja de que su opositor hace una caricatura de sus posturas y da el siguiente consejo sobre cómo valorar el trabajo de un contradictor, que encuentro muy válido: “Fíjense cómo [el otro] describe las teorías que rechaza […] el que describe correctamente la teoría contra la cual argumenta la hace de un modo que en principio el otro, el criticado, podría decir ‘sí, eso es lo que yo creo’, y eso permite el diálogo”.

¿Por qué debatir? Porque claramente no tenemos la verdad revelada y con seguridad nuestra posición puede ser mejorada. ¿Para qué debatir? Para llegar a un punto mejor del que partimos. ¿Debatir para convencer? Quizá, pero mejor debatir para aprender.

Sin embargo, nos hemos acostumbrado al debate como si fuera una competición deportiva; lo que importa es ganar y tener hinchas que hagan mucho ruido. En ese ambiente, resulta particularmente útil encasillar a nuestro contrincante en una categoría desprestigiada que lo haga ver mal, con independencia de sus opiniones o de que esa etiqueta represente de verdad lo que cree o quiere expresar, incluso, lo que quiere someter a real debate.

Algunas etiquetas usuales estos días son “fascista”, “mamerto”, “neoliberal”, “castrochavista”. La estrategia consiste en tomar un término desprestigiado, o crear uno nuevo, y cargarlo de emociones negativas, para aplicárselo (gritando) al contrincante de manera que no haya forma de que se pueda deshacer de él. Pensemos, por ejemplo, en “misógino” o “feminazi”. Una vez una opinión o, peor, una persona es “graduada” con esa etiqueta, todas sus opiniones dejan de ser válidas y se vuelven ofensivas.

¿Y a quién le conviene esto? Justamente a quienes quieren convertir la opinión en hinchada, a quienes no les interesa que sus opiniones sean debatidas, sino que sean respaldadas emocionalmente; a quienes quieren hacer de alguien con una opinión contraria un enemigo común, no alguien que valga la pena escuchar.

Que necesitamos escucharnos y hablar con calma y respeto unos con otros, aunque estemos en desacuerdo, es algo que reconocemos y proclamamos cuando estamos serenos. Y para que podamos hacerlo, mi recomendación es que tratemos de validar la opinión ajena al conversar pública o privadamente. “Si te entendí bien, ¿lo que tú propones es subir los impuestos a los más ricos para financiar la educación pública?”, en lugar de “tú lo que eres es una comunista”; o “si te entendí bien, ¿lo que tú propones es bajar los impuestos a las empresas como una forma de combatir el desempleo?”, en lugar de “tú lo que eres es una fascista”.

Imagine que va al médico y este llama a un colega para dilucidar qué tratamiento es el mejor en su caso y en lugar de oírlos argumentar con razones médicas los escucha decirse: “Usted es un barbero que todo lo quiere operar”, “al menos no soy un alquimista como usted buscando la piedra filosofal”. ¿Le sirve ese debate? ¿Le servirá al país un debate cargado de términos desobligantes que nada aclaran?

Es cierto que a veces se busca desenmascarar las verdaderas intenciones de un contrincante malintencionado; todos sabemos que a veces (muchas) los lobos se visten de ovejas, que muchas veces en la historia los movimientos políticos que mostraron el mayor respeto por la institucionalidad, una vez en el poder se enquistaron y cometieron todo tipo de arbitrariedades y atrocidades, que a veces se cambiaron el nombre para parecer lo que no eran. Pero mi tesis es que una mejor forma de desenmascararlos es haciéndoles reconocer su verdadera opinión y mostrando el error de su argumentación. En lugar de “fascista”, mejor: “Cuando se aplicó esa política que usted propone los resultados fueron estos; ¿por qué sería diferente si se aplica hoy?”. O, en lugar de “comunista”, mejor: “No conozco ningún estudio que muestre que la aplicación de lo que propone haya funcionado en ningún país en el que se haya implantado; ¿puede mostrarnos alguno?”.

En Tolerancia y responsabilidad intelectual, Karl Popper plantea tres principios de una discusión racional: el de falibilidad: “Quizá yo estoy equivocado y quizá tú tienes razón, pero es fácil que ambos estemos equivocados”; el de discusión racional: “Deseamos intentar sopesar, de forma tan impersonal como sea posible, las razones a favor y en contra de una teoría”; y el de aproximación a la verdad: “En una discusión que evite los ataques personales, casi siempre podemos acercarnos a la verdad […] incluso cuando no alcancemos un acuerdo” (Popper, En busca de un mundo mejor).

Los eslóganes, los trinos, las etiquetas, las arengas y los gritos no nos van a llevar a donde todos queremos ir; una discusión racional, es posible que sí.

Profesor de Inalde Business School *

 

 

893537

2019-12-01T09:26:00-05:00

article

2019-12-01T09:35:10-05:00

mmorenot_250622

none

Ciro Gómez Ardila *

Actualidad

No los etiquetemos

18

5151

5169