‘No venimos programados para amar o para matar’

El escritor y profesor de psicología de Harvard Steven Pinker explicó durante el Hay Festival en Cartagena algunas ideas de la biología que incomodan a los moralistas.

Steven Pinker, profesor de psicología de Harvard estuvo en el Hay Festival hablando sobre moral, género y violencia. /pinker.wjh.harvard.edu

Entre las celebridades invitadas a participar en el Hay Festival, ese festejo literario donde se dan cita la frivolidad y la más fina intelectualidad, brilló la figura de quien la revista Time destacara como uno de los cien intelectuales más influyentes del mundo: el escritor y profesor de psicología de Harvard Steven Pinker. La conversación, ágil y enérgica, gravitó alrededor de asuntos tan espinosos como la naturaleza humana, la existencia de un instinto moral, las diferencias de género y los motores de la violencia.

Intentaré narrar de manera aproximada la entrevista que tuvo lugar ese sábado 31 de enero en el teatro Heredia de la hermosa ciudad de Cartagena de Indias.

El denominado modelo social estándar descansa sobre una hipótesis reconfortante, políticamente correcta: venimos al mundo como recipientes vacíos, pizarras en blanco sobre las cuales cada cultura escribe a su antojo sus idiosincrasias y singularidades.

“¿Cómo una hipótesis tan improbable, para la cual no existe la menor evidencia empírica, y en flagrante contradicción con la existencia de cientos de universales del comportamiento humano, puede seguir incólume a pesar de ser inconsistente con nuestros conocimientos actuales en genética, psicología, lingüística y neurología?”.

Explica Pinker: “La tábula rasa se percibe como la única alternativa moralmente aceptable. Si nacemos iguales, si cero más cero es igual a cero, cabe entonces la esperanza de poder combatir la inequidad. De otro lado, se da por sentado que cualquier teoría apoyada en la existencia de una naturaleza humana se prestaría para legitimar la desigualdad”.

Ese temor es infundado, señala Pinker, pues “la lucha por la igualdad de derechos no es incompatible con el hecho de que algunos podamos nacer más tímidos o más indómitos, más generosos o más avaros, como en efecto sugieren las evidencias”. La teoría de la tábula rasa permite creer en la posibilidad de perfeccionar al humano: si somos infinitamente maleables, la educación adecuada lograría convertirnos de la noche a la mañana en seres equitativos, altruistas, dóciles y justos. La idea es seductora, añade Pinker, pues “permite soñar con una sociedad armónica e igualitaria. Mientras que si nacemos egoístas, perversos, vengativos... no existiría entonces ninguna esperanza”.

Esa apreciación, señala Pinker, es harto equivocada: “Algunos rasgos indeseables de nuestro carácter podrían estar programados en nuestras redes neuronales. Sin embargo, así como nacemos egoístas o propensos a abrigar impulsos irreprimibles de sadismo o venganza, también venimos dotados de un instinto moral, de una capacidad para el autocontrol, para sentir empatía y para querer buscar soluciones racionales a nuestros padecimientos y conflictos”.

Lejos de ser una discusión decimonónica, el debate “cultura versus natura” está más vivo ahora que nunca. No se trata de una dicotomía entre si nacemos programados como robots o somos productos exclusivos de la cultura. El desafío consiste en comprender cómo nuestros genes interactúan con el medio en el cual se expresan, proceso llamado epigénesis. “No venimos programados para amar, para matar o para odiar”, señala Pinker. “Nuestros genes moldean nuestros cerebros, los cuales luego se nutren de la información circundante propia de cada entorno cultural”. El proceso da origen a esa rica constelación de preferencias, propensiones y conductas, variables de individuo a individuo, cambiantes a medida que nos desplazamos en el tiempo o nos mudamos de sociedad.

La presencia ubicua del lenguaje y del humor o las extraordinarias similitudes en las expresiones faciales de todos los humanos en todas las sociedades a la hora de manifestar alegría, dolor, rabia, indignación, es algo fácil de constatar. Otros muchos universales humanos (la lista incluye más de doscientos) han sido documentados por el antropólogo Donald Brown y su equipo de investigadores. “La evidencia en contra de la hipótesis de la tábula rasa es abrumadora y, sin embargo, esos estudios son sistemáticamente ignorados, o considerados irrelevantes en el mundo académico contemporáneo”, añade el entrevistador.

“Sí, es insólito”, comenta Pinker. “Cualquier intento por comprender al humano desde la perspectiva biológica suscita indignación y rechazo, como si se tratara de una ideología reaccionaria. Es curioso, pues una teoría científica de la naturaleza humana podría convertirse en algo edificante. Es precisamente el hecho de compartir un sustrato común lo que nos permite trascender más allá de los intereses particulares”.

El tema de conversación se enfoca luego en asuntos éticos y morales. Hablar del declinar de la violencia, como lo hace el autor de Los mejores ángeles de nuestra naturaleza, presupone la noción de progreso moral, objeta el interlocutor. ¿Cómo, entonces, referirnos a un concepto que no encuentra lugar alguno en el discurso contemporáneo, un anacronismo, un fósil remanente de la época victoriana? La respuesta de Pinker es modesta y brillante a la vez: “No es difícil ponernos de acuerdo en que el dolor y el sufrimiento son universalmente indeseables; o aceptar que la esclavitud es fundamentalmente inmoral; o coincidir en que no debemos sacrificar vidas inocentes para aplacar la ira de los dioses, y que por ello es malvado arrojar vírgenes a los volcanes. Una vez llegamos a un compromiso razonable (restringido, y quizá bastante limitado) de aquellas acciones que calificaremos como morales o inmorales, la cuestión se convierte entonces en un problema empírico: cuantificarlas en número, y al hacerlo podremos averiguar si la humanidad, en términos generales, ha progresado. Eso es precisamente lo que hago en mi libro: muestro cartas, gráficos, estadísticas que, en mi opinión, muestran un declinar manifiesto de la violencia, un evidente progreso moral”.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, indica Pinker, es prueba fehaciente de que sí es posible llegar a un acuerdo en asuntos éticos. Una carta semejante no podría, por ejemplo, exigir que todos por igual aceptáramos a Jesucristo como nuestro salvador. El compromiso sería inadmisible para el mundo no cristiano. Sin embargo, es posible convenir en que la tortura sea proscrita, que el derecho a la vida deba ser universal, que es deseable erradicar el hambre y el sufrimiento o que poder leer y escribir resulte más conveniente que permanecer iletrado.

“Esos principios —continúa Pinker— no se restringen a la esfera de los humanos, pues se extienden a cualquier criatura susceptible de padecer sufrimiento y dolor, como argumenta el filósofo Peter Singer”. Es difícil estar en desacuerdo con esa lógica, y agrega: “La concepción moral de Singer está embebida dentro de una noción más ambiciosa y general, bajo la cual se hace posible hablar de progreso. Mucho de mi pensamiento ha sido influenciado por esas ideas”.

La conversación gira ahora en dirección inesperada, para centrarse en el espinoso asunto de las diferencias de género. El interlocutor pregunta si él cree que en efecto puedan existir diferencias biológicas que expliquen la disparidad entre el número de profesores y profesoras de matemáticas, física e ingeniería en prácticamente todas las universidades del mundo. O si, por el contrario, se inclinaría a pensar que ese desbalance puede explicarse como resultado de factores enteramente culturales. Pinker comienza por distinguir entre la justa lucha por la igualdad de derechos de género y la posición extrema del feminismo radical, que insiste en negar cualquier diferencia más allá de las más obvias y triviales. “Quienes se comprometen con esta posición se ven forzados a rechazar cualquier evidencia científica que sugiera o implique la existencia de diferencias entre los cerebros masculinos y femeninos, pues de otra forma se verían obligados a renunciar a la lucha por la igualdad de derechos. La postura es contraproducente, lamentable”, advierte.

Después de algunas preguntas de carácter personal, menos interesantes en mi opinión, aunque nunca impertinentes, el conversatorio concluyó con anotaciones, comentarios y con un enérgico y merecido aplauso del público.

¡Fue una tarde magnífica, sin duda!

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