La nueva aldea global

El 12 de junio empieza el mundial de Brasil y un escritor explica por qué el balompié paraliza al planeta durante un mes.

Cuando fue creado, en sus primicias, el fútbol fue practicado con piedras. Surgió por la necesidad de dotar de manos a los pies, para así poder caminar con mayor fortaleza. Manos que, aunque fueran pies, permitieran lanzar, atajar, comenzar, acelerar o finalizar una jugada. Que no sólo sirvieran para caminar o montar árboles. Así, los pies, al ser manos, iniciaron una relación más estrecha con el cerebro. Entraron al torrente del pensamiento. Todo estaba situado en la frontera del homo sapiens.

Desde el comienzo el fútbol fue diversión y competencia rupestre. Después, fue táctica y estrategia. Más tarde subsistencia. Luego, fue arte. Después, fue comercio y práctica laboral. Ya es una realidad que sin exponer ideas logra atrapar a una porción inmensa de la sociedad. Y la pone a caminar según sus vaivenes y resultados.

También en él, lógico, se manifiestan los modos de vida. El fútbol no es sólo comportamiento físico. Es, en gran medida, ya, una postura frente a la vida. Dicen que es el nuevo opio del pueblo. Mediante él se demuestra la pasividad o la agresividad, lo innovador o lo conservador. Y la gente logra establecer con él un mecanismo identificador. Un equipo, así, se convierte en una patria, en un alma, en otro yo, en el colectivo que proporciona las victorias que la vida escatima. O las derrotas, que multiplican, para dolor de los fanáticos y perjuicio de la sociedad, las desgracias del quehacer cotidiano.

Y en muchas sociedades el fútbol tiende a reemplazar todo. De nada valen los postulados políticos, o las creencias religiosas, las relaciones de familia, o, incluso, los desbarajustes de la economía y las injusticias sociales. Pan y circo, no; pan y balón. Lo que interesa es el jugador, es el partido, es el equipo. Nada hay más importante. El fútbol es fe, es sociología, es modus vivendi. En una palabra: es ideología. El fútbol manda y lo trastorna todo. Es la pasión de las pasiones. La violencia expuesta o represada. A nivel individual quizá sólo lo supera el amor. Es el quinto poder. O el cuarto.

Ahora bien, el fútbol empezó siendo juego. Algo normal: lo lúdico en lo humano, el ya trajinado homo ludens. Como sabemos, ha derivado en negocio, comercio, esperanza, fanatismo, problema de orden público. Su equipo gana por ellos. Y cuando a su equipo se le daña o perjudica, la gente se exalta, se siente lesionada y desata su agresividad. Y aparecen las trifulcas, los heridos, los muertos. Y a veces no se requiere de pérdida o de decisiones perjudiciales, también la violencia se desata cuando surge una victoria largamente esperada.

Recuérdese el caso del triunfo 5 a 0 de Colombia ante Argentina en Buenos Aires en 1994. La gente festejó matando a 80 personas. El único país del mundo donde un triunfo es una convocatoria al reinado de la muerte. Es el apogeo del espíritu alterado, del cuerpo alienado, el regreso a la barbarie bajo el pretexto de la victoria. ¿Qué lógica tiene esto? Por algo Descartes escribió que el sentido común es el menos común de los sentidos.

La bestia duerme en el corazón del hombre y a veces el motivo más ilógico desata toda la furia instintiva que se lleva en el alma. La ya conocida paleopsiquis. El novelista italiano Gesualdo Bufalino explica ciertas actitudes de la gente al señalar que “la adicción a sufrir induce a vivir las dichas como un exceso contra natura”. Por ello, lo que debe producir felicidad conduce, por una paradoja terrible, a la tragedia. Sigue así la condición humana siendo enigma y desafío.

Como se ha podido comprobar, lo que al público le interesa no es el juego sino la victoria. Pues en ella percibe en forma discutible su afirmación como persona y su realización como pueblo. Y el fútbol, visto así, se constituye, como se ha dicho, en un sustituto de la guerra.

Lo cual puede inducirnos a pensar que, al desfogar una porción de su agresividad en el juego, el fútbol ha propiciado una guerra (El Salvador-Honduras), pero ha ayudado a evitar muchas otras. O a paliar otras situaciones como la que se dio en el campeonato mundial de 1978, el cual sirvió para darle un barniz de tolerancia a la dictadura argentina y para ocultar transitoriamente los crímenes y desapariciones que se daban diariamente en el país austral.

Pero aunque en el fútbol “la única realidad son los 90 minutos”, al decir del Piscis Restrepo, lo cierto es que de él deriva un monstruo de mil cabezas que hunde sus apéndices en toda la realidad del tejido social. Y se ha tornado en una mercancía que mueve miles de millones de dólares en el mundo globalizado. Y de deporte, entonces, ha pasado a ser economía, psicología, computación, antropología, política (El Pibe con Samper, Maradona con Fidel y Chávez, Pelé de ministro de Deporte), matemática, arte, en fin, hasta reflexión filosófica y literatura poética y narrativa.

No es difícil leer los textos y creaciones que grandes autores han escrito respecto al fútbol. Allí están los nombres de Umberto Eco, Álvaro Cepeda Samudio, Vinicius de Moraes, Albert Camus, Juan Nuño, García Usta, Daniel Samper Pizano, Juan Villoro, Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Jorge Barraza, Jorge Valdano, Guillermo Samperio, Francisco Umbral, entre otros.

Unos lo apoyan o lo exaltan como exponente de la cultura posmoderna; otros, como Eco, llaman al deporte, y con él al fútbol, “el sustituto más fácil de la discusión política”, o lo viviseccionan en forma espléndida como el filósofo venezolano Juan Nuño, quien asegura que “un partido de fútbol es más angustioso y dramático que otro juego cualquiera porque, en él, el tiempo corre paralelo al tiempo de la existencia humana. La pasión que genera el fútbol hunde sus raíces en la oculta presencia de la muerte”.

Ahora, con los avances tecnológicos, un partido que se realiza en China o en Berlín es visto o escuchado simultáneamente en cualquier corregimiento de San Jerónimo de los Charcos, de Tame o de Puerto Libertador-Bijao. La aldea global de McLuhan se convirtió en la “cancha global”. Y lo que ocurra durante el juego afecta no sólo a los jugadores sino a esos pobladores distantes. Para bien o para mal. Pues al uniformarnos nos reparten por parejo las bondades y las maldades. Es fácil ver en cualquier pueblo de Colombia a jóvenes luciendo las camisetas del Barça, del Real Madrid o de River Plate, para no incluir las enseñas de los equipos locales.

Como se nota, el fútbol, como el narcotráfico, invadió todo el cuerpo de la sociedad. El espectáculo, dominado por los medios masivos de comunicación social, desplazó al deporte. Mucho de lo que hoy se hace en la estructura social, tiene relación con el fútbol. Dirigentes y grupos económicos han captado su capacidad de penetración y venta, y apuestan fuerte en su divulgación.

Por un lado divierten y por el otro ganan, y convierten al fútbol en uno de los valores de la nación. Tanto que ya los emblemas patrios no son bandera, escudo e himno. Hoy es la selección nacional. Y en las regiones, los equipos respectivos. La sangre de los héroes y la validez de los ancestros se han convertido en una pelota de fútbol. Después de todo, es el eterno retorno, y el mundo sigue siendo redondo. Y el fútbol se lo continúa comiendo.

 

* Catedrático de la Universidad de Córdoba. Coordinador del El Túnel, de Montería. Su novela más reciente es Fuga de caballos. Email: [email protected]