Parte III: El universo, un bosque infinito

Para entender la historia del universo habría que estudiar cada una de sus numerosas galaxias. Entre tanto, la ciencia busca medir, a través de la experiencia, nuestro espacio de existencia.

La nebulosa del Cangrejo, restos de la muerte de una estrella en la explosión de una supernova observados por el telescopio espacial Hubble.

El término Big Bang fue inventado por el astrónomo Fred Hoyle en 1949 durante una emisión de radio de la BBC en la cual defendía una teoría que paradójicamente contradecía la teoría de Lemaître. Desde entonces el término Big Bang se ha convertido en sinónimo del instante de creación del universo, pero en esa época aún era una teoría controversial. Una de las observaciones críticas para confirmar el Big Bang era la medición de la geometría del universo y, siguiendo como ejemplo las observaciones de Edwin Hubble, los astrónomos se lanzaron a medir más y más galaxias para usarlas como referencia. De la misma manera en que no se puede entender Colombia sin salir de Bogotá, no se puede entender el universo sin observar las galaxias que están más allá de nuestro vecindario, pero medir galaxias lejanas exige un esfuerzo tremendo. Fue solamente con la conjugación de los avances tecnológicos en fotografía, óptica, computación y construcción de satélites y telescopios que logramos expandir la frontera de nuestras observaciones durante todo el siglo XX. Celebramos el descubrimiento de cada galaxia lejana porque es un triunfo del esfuerzo y la tenacidad de miles de astrónomos, físicos, ingenieros, técnicos, cocineros, conductores y muchas personas más que hacen posibles las observaciones astronómicas.

Contar la historia del universo usando las galaxias es como contar la historia de un bosque a partir de sus árboles. En un bosque hay árboles jóvenes de tallos delgados y ramas frescas, hay árboles que están cubiertos de otras plantas que han nacido en sus ramas, hay árboles que han muerto hace mucho tiempo y sus troncos yacen en el suelo del bosque cubiertos por musgos, hay árboles viejos con grandes troncos llenos de marcas de muchas estaciones y hay árboles que apenas son plantitas que sobresalen del suelo. De la misma manera, las galaxias en el firmamento son objetos con su propia historia. Algunas galaxias son jóvenes y sus estrellas azules brillan intensamente. Otras galaxias son enormes, pero sus estrellas son muy antiguas y brillan con un color rojizo. Algunas galaxias se están estrellando con otras en colisiones cataclísmicas. Hay que observar muchas galaxias para contar la historia del universo, así como hay que observar muchos árboles para contar la historia de un bosque.

Contando galaxias desde los tiempos de Hubble hemos aprendido que la Vía Láctea hace parte de un grupo local de galaxias del que también hacen parte la galaxia de Andrómeda, la galaxia del Triángulo, las nubes de Magallanes y otras 30 galaxias. El grupo local es parte de una aglomeración de unos 200 grupos de galaxias que llamamos el supercúmulo de Virgo. El supercúmulo de Virgo es apenas una pequeña parte de uno de los millones de filamentos de materia que componen la Gran Estructura, una red que se extiende como una telaraña por todo el universo visible. Todo esto lo hemos descubierto con telescopios tan grandes como edificios en los lugares más altos y secos del planeta y con algunos telescopios en órbita como el telescopio espacial Hubble. Sin embargo, nuestra tecnología es limitada y no podemos observar todas las galaxias, y es por eso que también hemos recurrido a supercomputadores en los cuales podemos simular un universo con todas la leyes de la física que conocemos para comprobar si el trocito de espacio que podemos ver encaja en el rompecabezas del universo como lo imaginamos.

Desde la puerta de su casa hasta el confín del universo, seguimos midiendo nuestro lugar en el mundo. Desde que por allá en 1802 llegó a nuestros tierras Alexander von Humboldt, un alemán al que le cabía el universo en la cabeza, hemos medido los ríos, valles, montañas, animales y habitantes de nuestro país. Ese país entre el océano Atlántico y el Pacífico, ese país en la esquina de un continente al que llamamos América del Sur, el que está en la superficie del tercer planeta que gira alrededor de una estrella que llamamos Sol, justo en uno de los brazos de una galaxia con forma de espiral que llamamos Vía Láctea, en medio de un grupo de galaxias que hace parte del enjambre que llamamos supercúmulo de Virgo, en un filamento de la Gran Estructura, en medio del universo visible.

Nuestra comprensión de nuestro lugar en el universo se basa en ideas, ideas que se comparan con la observación de la naturaleza y nos permiten rechazar las ideas incorrectas. Nuevas observaciones nos llevan a crear nuevas ideas que a su vez deben ser confirmadas con más observaciones. La ciencia no parte de las leyes básicas de la naturaleza sino que las descubre a través de la observación y la experiencia. Los libros de física y astronomía contienen la experiencia de muchas generaciones que eligieron observar la naturaleza y probar sus propias ideas sobre el mundo. No dejamos de hacer lo que hace un bebé cuando descubre la ley de la gravedad arrojando objetos al suelo una y otra vez: descubrimos el mundo a través de la experiencia.

 

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