Pedalear por el río Amazonas

Aburrido de su vida como asesor del Credit Suisse, Hervé Neukomm renunció al traje y los zapatos de cuero para recorrer el mundo en bicicleta. Pedaleó en el río Amazonas, desde el nacimiento hasta su desembocadura en el Atlántico, y encontró su paraíso en Leticia.

Vevey es una hermosa ciudad al sur de Suiza. La llaman la perla de la Riviera Suiza porque sus casas, al estilo de la Belle Époque, se extienden por una suave colina a orillas del lago de Ginebra. Es famosa porque allí nació la multinacional Nestlé y porque el actor y cómico Charles Chaplin compró una linda mansión, en la que vivió desde el forzado exilio hasta su muerte. Allí nació y creció Hervé Neukomm, un hombre que después de trabajar varios años en el banco Credit Suisse renunció a un estilo de vida que muchos envidiarían para irse por el mundo montando bicicleta. Su locura terminaría en la selva amazónica, donde encontró el lugar ideal para vivir como guía de turistas.

Allí lo conocimos, con machete al cinto, guiando por la jungla al campeón mundial de clavados Orlando Duque y a su amigo Ever Pava, para que cumplieran su sueño de lanzarse desde árboles de más de 35 metros sobre el río Amazonas. Fue este exbanquero suizo de 35 años, que se quedó a vivir en Leticia por amor, el que se encargó de la seguridad, el transporte, el alojamiento y la alimentación de las 16 personas que seguían al deportista para dejar la hazaña plasmada en un documental financiado por Red Bull, su patrocinador.

Hervé fue quien buscó, tres meses antes, los posibles sitios para saltar. Cuando los encontró en el río Yavarí, un afluente del Amazonas que sirve de frontera natural entre Brasil y Perú, dio aviso al equipo para que se movilizara hasta Leticia. Los árboles debían cumplir varias características: tener 35 metros de altura, tener ramas fuertes entre los 25 y 27 metros, estar al borde del río y, finalmente, que el agua tuviera una profundidad de entre 5 y 6 metros. Fue él quien limpió y verificó hasta último momento que el río tuviera las condiciones de seguridad necesarias para que Duque pudiera saltar.

* De Suiza a Leticia

En su juventud, Hervé llevaba una vida que encajaba en los cánones de su círculo social. Ayudaba a grandes y medianos empresarios a invertir su dinero para generar más rentabilidad. Vivía bien, cómodo, como hacen los habitantes de uno de los países más ricos del mundo. Pero no era suficiente para él. No era feliz. Descubrió que detestaba estar encerrado en una oficina y que ya no quería vestir traje y zapatos de cuero. Quería más espacio, respirar otro aire.

Pensó que unas vacaciones le ayudarían a calmar su sed de aventura, así que tomó sus ahorros y se fue un año de travesía desde la India hasta Australia. Al poco tiempo de su regreso confirmó lo que venía sintiendo: no quería trabajar para que otros hicieran dinero. Descubrió que la gente que tiene dinero quiere más dinero y que en esa búsqueda frenética no encuentra la felicidad. Así que decidió que viviría de otra manera.

Trabajó cuatro años en una agencia de viajes y allí planeó la que creyó sería su más loca aventura. Irse en bicicleta desde Suiza hasta el Tíbet. Arrancó en 2004, recorrió miles de kilómetros, aprendió árabe y trabajó en los más variados oficios para sobrevivir. En África, mientras pasaba con esfuerzo y por cuarta vez un desierto, Hervé pensó que sería ideal pedalear con un techo encima y con mucha agua alrededor. Así dejó a un lado el Tíbet y fijó su siguiente escala en el Amazonas, el río más grande del mundo.

No sabe si se debió a una alucinación por el calor demoledor del desierto, o tal vez fue todo lo contrario, un momento de lucidez, lo cierto es que se bajó de la bicicleta apenas pudo y empezó a trabajar para venir a Suramérica. Encontró trabajo como guía de safari en Namibia. “Me pagaban muy bien porque hablaba francés”, dice con sorna.
Así logró completar lo suficiente para un tiquete de avión a Río de Janeiro y para pedalear desde allí hasta el Amazonas. Recorrió más de 40.000 kilómetros por Uruguay, Argentina, Chile, Bolivia, Perú y Ecuador. Una vez allí, pensó que la mejor manera de recorrer el río era reconstruyendo la ruta que siguió Francisco de Orellana desde el río Napo hasta la desembocadura en Macapá.

Buscó un carpintero y construyó un bicibote. Fue algo así como meter una bicicleta dentro de una lancha, para que fueran sus piernas el único motor que la moviera. Utilizó cedro por ser una madera muy liviana, le puso techo de palma y se echó a pedalear. Esa sí sería su mayor locura, admite; pero en seguida agrega convencido que esa es la prueba de que todo en la vida es posible, hasta sus locuras. Sólo hay que perseverar.
El relato de sus casi cuatro años de aventura pedaleando por el Amazonas da para escribir varios libros aunque, por ahora, está haciendo un documental. La historia, él mismo la resume en una frase: comprobó que se puede vivir en armonía con la naturaleza. En el bote llevaba su casa. Tenía cama, hamaca, un panel solar que le proporcionaba energía, una cocina a gas. Pedaleaba en el día y dormía en la noche. Comía lo que pescaba.

Admite que casi se muere varias veces, pero contrario a lo que se pudiera pensar, no fue por los animales de la selva sino por otros seres humanos. Tres veces lo asaltaron piratas con armas de fuego en Brasil; varias veces lo abordaron, machete en mano, bajo la acusación de que era traficante de órganos, narco o cortacabezas. Otros, en cambio le temían, creían que era un yacuruna o el hombre delfín, una leyenda indígena que le achaca a este personaje mítico capacidades mágicas. “Si viajas solo es porque eres peligroso”, le decían.

También tuvo que soportar tormentas de las que pensó que no saldría vivo, en tres oportunidades se quedó sin dinero y tuvo que parar varios meses en Iquitos y Leticia para trabajar y conseguir plata, se cortó un tendón del pie con un machete, y pasó horas infinitas de dolor por mordeduras de escorpión o de la letal hormiga bala. Pero al final, lo logró. Llegó a Macapá, donde desemboca el Amazonas, en junio de 2013.
“Esto no es un performance. Es amor a la naturaleza. Para mucha gente la selva es un ambiente hostil, pero para mí es un paraíso”, dice convencido. Y para comprobarlo cuenta cómo prefería no dormir cerca de caseríos por el ruido, los ladrones, las ratas y las cucarachas. “En el monte es mejor, limpio, tranquilo”.

No hay duda de que Hervé se entiende mejor con los animales que con algunos seres humanos. Narra, sin sonrojarse, que varias veces manadas de delfines le salvaron la vida. “Me guiaban para encontrar refugio en las tormentas”. Se ríe, dice que tal vez estuvo loco en esos días, pero se inclina por creer que logró una empatía especial con estos mamíferos, como lo han hecho milenariamente los indígenas.

También logró conexión con una tarántula —la llamó Pamela— que se quedó a vivir en el techo de su bote y le ayudó a limpiarlo de bichos. “Si respetas a los animales, ellos te respetan también. La ciudad es más peligrosa que la selva, allá mueres por un asalto o un accidente de auto”.

Es feliz, no hay duda. Hoy habla de la vida en la ciudad como un mundo de asfalto donde la gente se enoja, se deprime y pone mala cara. En cambio, él ha encontrado que la gente más humilde vive mejor. “Aquí la gente siempre sonríe”. Y él también.

En www.hervépuravida.com encontrará videos, textos y fotos de la travesía.


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