Por el derecho a la creatividad

Una de las creencias más comunes es la de asociar la creatividad con las artes y las manualidades. Nada más alejado de la realidad.

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Una de las creencias más comunes es la de asociar la creatividad con las artes y las manualidades. Nada más alejado de la realidad. La creatividad está presente en todas las acciones de la vida del ser humano: en la ciencia, el pensamiento y las relaciones sociales. Ni decir de su importancia en la cotidianidad, pues todos hemos presenciado lo simple e insubstancial que se vuelve la vida si quien la vive no se empeña en hacerlo de manera creativa.

La creatividad es como un músculo: “Se entrena o se atrofia”, expresó Elsa Punset en una charla que ofreció sobre el tema en el marco del proyecto “Aprendemos juntos” del BBVA. Así que vale la pena preguntarse: ¿ese “gimnasio del saber” que es la escuela estará cumpliendo con su deber de mantener y enriquecer el pensamiento creativo y la capacidad de asombro con que se nace por el solo hecho de pertenecer a esta especie?

Soy sincera: en gran parte del sistema educativo aún prima el ideal de que se está llevando bien el proceso de aprendizaje si los estudiantes permanecen en clase escuchando la versión que su profesor tiene sobre una materia, en silencio, mirándolo a los ojos para luego contestar exámenes de respuesta única en los que se les solicita que reviertan los mismos contenidos escuchados sobre una hoja de papel en blanco.

Este modelo anacrónico obliga a estar de espaldas a las necesidades y los genuinos modos de ser de los educandos y hace que la ilusión con que los padres ingresan a sus hijos al sistema se difumine a medida que pasan los años. El egreso del colegio debería ser el momento de la materialización de la promesa de convertir a los chicos en “más y mejores”, proporcionando a la sociedad seres más inteligentes, más curiosos, más libres, más despiertos, más solidarios y, claro, más creativos.

Aun así, un estudio sobre pensamiento divergente desarrollado por el escritor británico Ken Robinson demuestra lo contrario. En este experimento se enseñó un clip a un grupo de niños de primer grado y se les solicitó que indicaran cuántas cosas podrían hacer con él. La media de sus respuestas fue de doscientas posibilidades de uso. Pasados cinco años se reunió al mismo grupo y se les formuló idéntica pregunta. En esta ocasión la media fue la mitad: solo encontraron cien usos para el mismo objeto. Se intentó luego el mismo ejercicio con una clase de adultos y las utilidades halladas para el clip fueron apenas de quince, en promedio.

Las conclusiones de la experiencia hablan por sí mismas: a los cinco años de edad el 98 % de los niños son genios del pensamiento divergente. A los diez, luego de un lustro de escolaridad, solo la mitad de niños lo son. De grandes, cuando hemos pasado la mayor parte de tiempo adquiriendo pergaminos, paradójicamente, perdemos en altísimo porcentaje la capacidad creativa.

Ante lo preocupante de la situación debemos reflexionar sobre lo que pasa o deja de pasar en el sistema escolar, para ver minimizada la facultad de la creatividad a un escaso 7,5 %. Desde mi punto de vista, sumado al modelo clásico de la educación, líneas arriba referido, está la ausencia de ambientes de aprendizaje polifónicos, en los que circulen libres muchos discursos y no solamente el del profesor. Donde se promueva la discusión con argumentos. Donde impere el dialogismo y no exista temor a expresar las opiniones o a aventurar hipótesis que expliquen los fenómenos que componen lo que conocemos como conocimiento y, ante todo, a conocer e inventar diferentes maneras de resolver los problemas del saber y de la vida diaria.

Crear es generar más y mejores ideas poniendo a prueba la capacidad artística, imaginativa o intelectual del ser. Digo “poner a prueba” que es sinónimo de retar el ingenio y esto no se hace en silencio, sin ensuciar los uniformes, siguiendo instrucciones pasivamente, ni memorizando datos. Estoy segura, en mi condición de maestra, de que es posible educar para la creatividad y la libertad que de ella se deriva, dando oportunidad a que una suerte de entropía se tome el aula y que en ella tanto el orden como el caos tomen su lugar. Hay que correr “el riesgo” de tener clases bulliciosas y “desordenadas” para que la expresión de la individualidad evite la tentación de homogenizar a los chicos, por ejemplo, poniéndoles el mismo indicador a todos a la hora de evaluarlos. En caso de hacerlo pasará lo que Albert Einstein sentenció: “Si juzgas a un pez por su habilidad para trepar a un árbol vivirá toda su vida creyendo que es estúpido”.

Una ceremonia de grado no debería ser otra cosa que el saludo de bienvenida a ciudadanos poseedores de un conjunto de habilidades que les permita estar preparados para afrontar y salir bien librados ante todos los acontecimientos sorpresivos, caóticos e impredecibles de los que se compone la vida real, la que está por fuera de las aulas de clase. Definitivamente, pienso que esto se lograría de mejor manera si la escuela se esforzara por dejar tan bien instalada la capacidad creativa, que esta se incrementara durante toda la existencia del ser. Y que la concibiéramos todos como un derecho del ciudadano común y corriente —no solo de los artistas—, el cual podríamos ejercer en el día a día optando por un camino inusual para llegar al trabajo, diversificando la forma de ejecutar una tarea rutinaria, encontrando nuevas utilidades para un clip o inventándonos cada mañana una manera diferente de preparar los huevos que acompañan nuestra humana manía de desayunar.

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Luz Helena Rodríguez Núñez - Lingüista

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