Reivindicar la tierra como material de construcción

Aunque la mayoría de nuestros patrimonios están construidos con este material, la norma de la construcción no contempla todas sus técnicas. Expertos hablan sobre la necesidad de retomarla por sus beneficios ambientales y económicos.

El centro histórico de Barichara, en Santander, tiene un gran porcentaje de construcciones hechas con tierra.iStock

Antes de que llegaran los españoles a América, la mayoría de construcciones eran hechas con tierra. En la Colonia se introdujeron algunos cambios, como la utilización del ladrillo, pero se continuó con otras técnicas de esta materia prima, como la tapia pisada y el bahareque. De hecho, hoy podemos apreciar muchas de ellas en nuestros 45 centros históricos.

Sin embargo, la modernidad llegó y a finales del siglo XIX el cemento arribó a América. En poco tiempo se convirtió en el material predilecto de las siguientes generaciones y logró una mayor consolidación cuando se realizaron los primeros estudios para lograr que las edificaciones fueran sismorresistentes. El cambio cultural fue inminente; el concreto era más moderno y se consideraba un sinónimo de desarrollo.

El contraste de esa percepción fue el desprestigio de la tierra, material que se relacionaba con el atraso y la pobreza. A eso hay que sumar que, con las grandes migraciones del campo a la ciudad, en la década de los cincuenta surgió la necesidad de construir casas en masa que además fueran económicas. El único material que ofrecía esos beneficios era el cemento: “La gente llegaba a crear muy rústicamente su casa con ladrillos y cemento, que era lo más barato y accesible. Así fue como creció todo el sur de Bogotá, por ejemplo”.

La explicación es de Santiago Rivero, ingeniero civil e investigador de construcción en tierra, quien agrega que, como consecuencia de eso, muchas de las técnicas de este material no fueron contempladas en la norma que hoy nos rige: “Cuando miras las NRS10, la reglamentación de sismorresistencia que tiene el país, ves que se tienen en cuenta el concreto, las estructuras metálicas, mampostería confinada y madera. Los demás, como la tierra, deben ser aprobados por la Comisión Asesora Permanente de Construcciones Sismorresistentes. Pero eso es un trámite largo y costoso”.

¿Cuáles son las consecuencias? La principal es que la tierra no es un componente que cualquier persona pueda utilizar, es decir, se limita el uso de un material ancestral que nos identifica culturalmente. La segunda tiene que ver con la restauración de patrimonios. “Los reforzamientos estructurales de los bienes patrimonios sólo se puede realizar con materiales autorizados, como el concreto o las estructuras metálicas. Eso es muy grave porque no respeta sus valores patrimoniales, pero sobre todo aumenta el costo de las intervenciones”, explica Rivero.

Este ingeniero civil es integrante de un estudio financiado por el Ministerio de Cultura y el Instituto Nacional de Patrimonio, desarrollado pro la Asociación de Ingeniería Sísmica y ejecutado en el laboratorio de Infraestructura de la Universidad de los Andes, que está explorando alternativas de reforzamiento para edificaciones patrimoniales de adobe y tapia pisada, técnicas de la tierra que no están contempladas en el reglamento.

Su objetivo, cuenta Alberto Escovar, director de Patrimonio del Ministerio de Cultura y quien también participa en el proyecto, es encontrar otras alternativas para hacer reforzamientos estructurales. Según el director de patrimonio, la investigación ha tenido resultados sorprendentes “porque hemos utilizado plástico o madera, materiales que no son tan invasivos y que han podido demostrar que resisten sismos simulados y que funcionan muy bien con la tierra”. Y, de alguna manera, también ha permitido conocer científicamente el desempeño estructural de la tierra como material. Esos resultados serán presentados a la comisión para que los tenga en cuenta dentro del reglamento.

Pero el trasfondo de esta exclusión es que la tierra se percibe como una materia “sucia, débil, pobre y fea”, señala Darío Angulo, arquitecto y gerente de TierraTech, empresa que se encarga de producir bloques de tierra comprimidos, una técnica que ya fue avalada por la comisión. Angulo desmiente estos adjetivos y asegura que ahora sus mayores compradores son los dueños de proyectos de estratos altos.

Asimismo explica que desde hace dos décadas se ha gestado un movimiento de profesionales que buscan reivindicar esta materia prima por sus múltiples beneficios: “Su huella de carbono es mínima. Un metro cúbico de ladrillo cocido emite 2,5 toneladas de gas carbónico para su producción, mientras que un metro cúbico de tierra comprimida estabilizada con cemento emite sólo 100 kilos. Además, las construcciones con tierra son muy económicas, pues las unidades de producción están en los lugares donde se realizará la obra, así que no se necesita el transporte. Y, como si fuera poco, el material da una sensación de confort. En clima caliente es fresco y en clima frío es cálido”.

Con estas ventajas, de acuerdo con los tres expertos, la tierra podría ser más adelante una solución ideal para las personas de escasos recursos que viven en zonas rurales apartadas. “Es una respuesta muy válida, porque trasladar los materiales industriales es muy costoso. En cambio, la tierra está ahí. El discurso no es demeritar el concreto y el cemento, sino valorar la tierra y entender que los materiales funcionan de acuerdo al contexto”, añade Rivero.

Colombia tiene experiencia en el tema. Este año el proyecto Arborada, ubicado en Cota, tuvo una mención especial en el Terra Award 2016, el primer concurso mundial de tierra moderna. En un grupo de 400 proyectos, quedó entre los 40 mejores. Eso demuestra, según Angulo, que “el problema no es la calidad, porque sabemos hacerlo; tampoco de tierra porque es abundante; menos de cantidad, porque se pueden hacer casas a gran escala. El asunto es de visibilizar, llegar al público, a los arquitectos, y exponerles la importancia de recuperar este material cargado de historia”.