Santafecito es literatura

Crítica al libro sobre el reciente campeonato nacional del glorioso Independiente Santa Fe.

Como santafereño que soy , leí con avidez el libro “Volveremos, volveremos. Crónica de camerino de la séptima estrella del Santa Fe”, escrito por mi colega Daniel Samper Ospina y recién publicado por el sello Aguilar. Me produjo sentimientos encontrados, acentuados cuando oí en Caracol Radio al autor hablando con Gustavo Gómez del afán con que lo terminó.

Plausible que una editorial se interese por ahondar en el fenómeno del fútbol, pero censurable que lo haga con una obra tan descuidada en detalles… Se quería citar a Borges: “la derrota tiene una dignidad de la que carece la ruidosa victoria”. Y quedó al contrario: “la derrota no tiene…”. Hay problemas de puntuación, redundancias, queísmos, errores de sintáxis. Hasta el nombre de la esposa de Gustavo Gómez está mal escrito: aparece como Ligia y se llama Ligeia, como la enigmática protagonista de un relato de Poe.

“Venceremos…” parece un libro sufrido, de último minuto, tal vez por aquello de que “los santafereños hicimos de la angustia un estilo de vida”.
A los errores de edición se suman los de contenido, los cuales voy a enumerar en el orden que aparecen en el texto, al tiempo que destaco los aciertos desde la silla de hincha que asumí un lejano día de 1975 cuando a los siete años de edad vi a mi papá celebrar la sexta estrella.

Como al menos la mitad del libro está escrito en clave de humor, me apoyo en Milan Kundera para reprochar que la nuez de cada párrafo sea un chiste; unos aceptables, otros obvios o forzados; por acumulación se vuelven lugar común. “El humor, pues, no es la risa, la burla, la sátira, sino un aspecto particular de lo cómico que convierte en ambiguo todo lo que toca”. El consejo del “telón rasgado” del escritor checo es más pertinente cuando el libro presenta a Daniel Samper Pizano, padre del autor. Reproduce un texto de él ya publicado por la revista Soho, como buena parte del libro, sobre la historia de Monaguillo, el león hecho símbolo y mascota de nuestro equipo desde el 13 de mayo de 1975. La técnica narrativa de Samper papá es vivaz, fluida, construida con humor depurado. Es fiel a los preceptos periodísticos planteados en su ensayo “El escritor anfibio”, reproducido por la revista El Malpensante en 2003, sobre por qué los periodistas debemos escribir valiéndonos de las herramientas de la literatura. “Alfarería literaria con barro periodístico”. Además de investigar para acercarnos a la verdad y contar mejor, pulir, reflexionar, explorar lo artístico.

Se siente el cambio cuando Daniel hijo pasa a contar la historia del Monaguillo con el que vivió en su casa cuando era niño. Apuntes como que al león se le creció la melena y se le ensancharon las garras, “súbitamente adquirió un aire al excanciller Bermúdez”, le restan solidez. El tono de heredero de gran cronista sobrevive entre líneas: “encerrado en una jaula se hacía viejo sin ningún asomo de gloria, como el Santa Fe que me tocó en adelante: un lánguido equipo al que la grandeza parecía haberlo abandonado. Era una sombra sin voz, un ente indefenso y cobarde”. Hasta ahí bien, pero insiste: “ya servía para canciller”. Samper Ospina cuenta que en los años 90 “tuve que acudir a argumentos literarios para darle sentido a la derrota y descubrir la dimensión poética del Santa Fe”. Justamente eso le faltó al libro, se quedó en lo que describe como “épica inútil”.

A esta altura resultan más impactantes las fotos que ilustran el libro, especialmente las tomadas por Camilo Rozo en el estadio y en las barriadas albirrojas. Hay buenas imágenes de archivo, aunque mal identificadas como una de Alfonso Cañón y “vecinos del barrio Samper Mendoza”. Uno de los vecinos es el gran Hernando Piñeros, hombre clave del equipo campeón en el 75 y con quien juego de vez en cuando billar a tres bandas.

Uno se mete de lleno en el libro gracias a la estructura, no por capítulos sino apoyada en el minuto a minuto, como en un partido. Hay pasajes en los que Daniel se anota buenas jugadas narrativas: “el fútbol opera el milagro de despojarnos de etiquetas a través de la emoción primaria que es un gol a favor”, “solo el fútbol puede darnos el alegre engaño de haber creído que fuimos felices”.
Destaca el perfil de nuestro inolvidable goleador de los 80 Hugo Ernesto Gottardi, dos veces botín de oro del fútbol colombiano. Revela que cuando iba a ser llamado a la selección argentina una lesión en un partido de trámite en Cúcuta le cortó el sueño. Explora la condición humana desde el fútbol: “si no fuera porque la vida es tan frágil, y el destino tan infame, que lo que puede separar a un hombre de la gloria definitiva, de la gloria absoluta, es una patada mal puesta”.

Me identifiqué con sus sensaciones de hincha rojo; el 7-3 sobre Millonarios del 23 de febrero de 1992, sufrir a lo santafereño, las burlas sociales de los lunes, los martes… la espera de 37 años para “vivir en carne propia una vuelta olímpica”, la marca de perdedores. No con la posibilidad de pensar en volverse hincha azul. Reírse de sí mismo y de los demás es un talento de Daniel que se torna predecible. ¿Cómo no reírse viendo la foto de nuestro insigne arquero Mina Camacho con un infantil Danielito, barrigón, de melena rubia cual Monaguillo? ¡Alguna vez tuvo pelo como yo!

Falla en frases como “albergo una foto en la que él me alza a la afueras de El Campín”. Acierta con “los futbolistas de esa época, a quienes les sobraba en dignidad lo que les faltaba en dinero”. Lo mejor del libro es el relato “Encontrando a Mina”, también materia prima de Soho, aunque quedé con ganas de más historias de fracaso para valorar más la anhelada victoria. También me gustó el recuerdo del campeonato de la Copa Colombia, vivido por Samper Ospina a ras de gramilla en 2009. Me hizo sentir realmente cercano al “circo romano del fútbol”.

Frustrante encontrar una sola cita de Héctor Javier Céspedes, el gran goleador que murió días después de ver la séptima estrella en nuestro escudo. Y no encontrar profundidad en “el zarpazo del América” para quedarse con el mejor Santa Fe de los 80, sino frases desabridas como “la mafia sorbía desde dentro al equipo de nuestros amores”. Interrogantes sin respuesta: “los capos que entraron a saco en las acciones del Santa Fe ni siquiera eran famosos, no siquiera eran patrones del mal: eran los empleados del patrón y les hacían mandados a sus jefes”. ¿Cuáles?

Apenas nombra a los nefastos César Villegas, Phanor Arizabaleta, Eduardo Méndez. Un mea culpa superficial que pudo ser contundente pensando en los hinchas de Millos, más si a continuación les tira el sablazo: “El fútbol de aquella época hedía a mafia. Millos conseguía varios títulos, algunos de ellos pagados de contado; el América se hacía invencible con impagables jugadores de talla mundial; el Nacional se constituyó en el resorte fundamental de la Selección Colombia; mataron a un árbitro; suspendieron un campeonato… El fútbol, en fin, era una pestilencia. Y del Santa Fe de aquella época no se podía decir que fuera un equipo pobre pero honrado: solo era un equipo pobre”. Lo que ya sabíamos, nada nuevo que ameritara un libro.

Interesante esta idea que se quedó sin desarrollar a partir de años y años de derrotas y mediocridad: “Los de Millos y Santa Fe somos mucho más parecidos de lo que quisiéramos ser… el frente y el reverso de una misma tristeza desinflada”. Como se quedó a medias la historia de Léider Preciado. Oportuno recordar la afrenta de la hinchada millonaria el día que le cantaron la muerte de su hermano y él los silenció con un gol. Pero faltó la voz extrovertida de Léider… Imperdonable también no evocar al equipo del 48, ganador de la primera copa del fútbol colombiano, inspirador del magistral “Loor a los valientes campeones” de Eduardo Zalamea Borda. Acertado recordar a jugadores tan malos como el argentino Rifourcat, aunque yo hubiera añadido a Hugo Paulino Sánchez y al hijo del también nefasto ‘Chiqui’ García, tan nefasto para los santafereños como el ‘Bolillo’ Gómez.

Me sumo al agradecimiento a los actuales dueños del equipo, porque han sabido administrarlo y supieron rescatar la dignidad del campeón, basados en jugadores de las divisiones inferiores tocados por la varita mágica del genio argentino Omar Pérez, escogido para la portada perfecta celebrando un gol con el puño en alto mientras sus gnomos lo idolatran. Gracias también al técnico Wilson Gutiérrez, exjugador modelo 95, un N.N. que ya hizo historia así en el campeonato actual se nos haya derrumbado el castillo. Gran detalle citar a todos los empleados de Santa Fe, desde el presidente hasta el utilero, la recepcionista, los vigilantes y los conductores.

Se cierra el libro dando crédito a César Pastrana y a Juan Andrés Carreño por haberle permitido al autor una verdadera inmersión en el equipo, la eficaz y detallada crónica central ya publicada en Soho: tres partidos, doce días de concentración en el hotel Dann Carlton, subida al bus; entrada al camerino, a las cenas, a las oraciones, a los juegos de cartas, a la piscina de hielo; acceso incluso a los chats de los jugadores. No puedo camuflar la envidia de que el periodista escogido no fuera yo ni el lamento porque el oportunismo editorial haya malogrado una obra que el mismo Daniel hubiera podido inscribir en la buena literatura sobre fútbol, la de grandes cronistas deportivos como el argentino Osvaldo Ardizzone en El Gráfico y reivindicada en la actualidad por amigos mutuos como el mexicano Juan Villoro; narrativa nunca grandilocuente sino anfibia, esa forma única de ver el mundo extinta en la mayoría de páginas deportivas.

¿Demasiada atención a un libro que a muchos les puede parecer banal? No creo. Es un tema trascendental entre santafereños, una cuestión de sinceridad entre colegas que estoy seguro será bien recibida por la inteligencia y el buen humor de Daniel Samper Ospina, en recuerdo de los memorables partidos de fútbol 5 que jugamos contra el respetadísimo equipo de Soho, entonces liderado por su palomero director enfrentado a un pata brava como yo.

En el fondo, esto puede ser un desquite por los goles que nos metió. Por mal que me vaya no volveré a ver mi nombre en uno de los principales medios promotores de la crónica de largo aliento en Latinoamérica, donde me pagaron por meterme en un mercado de las pulgas durante un día y conseguí por $10 mil!!! un tomo de “El desierto prodigioso”, la primera novela hispanoamericana, nuestro Quijote concebido en el desierto boyacense de La Candelaria, edición limitada del Instituto Caro y Cuervo.
Gracias, Daniel, por darme juego y darme tema. Nos vemos en la tribuna… o en la cancha sintética.

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