Toneladas de esfuerzo para calmar el hambre

El banco de alimentos de Bogotá completará este año la entrega de 100 mil toneladas de verduras, frutas y productos de aseo que se salvaron de terminar en la basura y beneficiaron a 14 mil familias.

El Banco de Alimentos cuenta con 4.500 metros cuadrados de bodegas para almacenar la comida que llegará a ancianatos y restaurantes escolares. / Fotos: Luis Ángel - El Espectador

Decir que el primer banco de alimentos de Colombia se lo debemos a la afición de nuestras madres por las novelas mexicanas, no estaría lejos de la realidad.

A principios de los 90, cuando el país se llenó de antenas parabólicas y la televisión peruana y mexicana se apoderó de la atención femenina, aparecieron en el canal TV Azteca comerciales que promovían la gestión de la Asociación Mexicana de Bancos de Alimentos (AMBA).

Para ese momento la AMBA ya se había consolidado como una agremiación civil que motivaban a las grandes cadenas de supermercados a que donaran a los más necesitados los productos que, por distintas razones, retirarían de sus estanterías. Estrategia que ayudaba a calmar el hambre de cientos de pobres mientras se evitaba que toda esa comida terminara en el basurero.

La idea llegó a la Iglesia católica colombiana a través de mujeres que, motivadas por los comerciales, comenzaron a preguntarse cómo se podría replicar algo así en un país como el nuestro, en el que abunda la comida pero también los hambrientos. Según la FAO, Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, en Colombia cinco millones de personas padecen hambre y pueden comer sólo lo que les regalan.

En mayo de 1999 nació el Banco de Alimentos de Medellín y un año mas tarde se inauguró el de Cali. Esta historia la cuenta el padre Daniel Saldarriaga, quien en 2001, motivado por el cardenal Pedro Rubiano, viajó a conocer ambas experiencias exitosas y lideró la creación del Banco de Alimentos de Bogotá.

“El apoyo del grupo Éxito y el del empresario Arturo Calle fueron claves para conseguir las primeras bodegas donde se almacenaría la comida”, cuenta el sacerdote antes de comenzar a enumerar las 50 empresas privadas (entre hipermercados, lecherías y fabricantes de productos de aseo) que hoy le entregan donaciones.

Todas las mañanas, representantes de organizaciones comunitarias que se dedican al trabajo con personas en situación de discapacidad, niños o ancianos se acercan al banco para hacer mercado.

La mitad de los alimentos que provee el banco son donaciones, la otra la compra la misma organización para mantener los estantes bien surtidos. De todos los productos que eligen —entre lácteos, carnes, granos, verduras e implementos de aseo— los líderes comunitarios sólo pagan el 10% del precio real. Con ese dinero, conocido como “aporte solidario”, el banco de alimentos se equilibra.

“Vale la pena recordar que el 20% de la población que trabaja con nosotros no es católica, porque el hambre no tiene religión”, dice el sacerdote.

Durante doce años, más de 760 organizaciones comunitarias y 112 mil personas se han beneficiado de este proyecto. Cada día se entregan entre 45 y 50 toneladas de comida y el padre Daniel Saldarriaga espera que este año el banco complete las 100 toneladas de productos entregados dentro de este esfuerzo por superar la pobreza.

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