Un viaje en tren por la India

La diversidad de olores, sabores y colores, que tiene el país asiático, se suma a lo caótico que puede resultar un viaje sin dinero en sus trenes.

La India cuenta con 65.808 kilómetros de vías férreas. iStock

crónicas de viajeros

Dejando atrás un país que tiene en el olvido carrileras y todo un sistema férreo para recorrerlo, llegué a la India, un gigante que ha desarrollado un sistema de trenes con una extensión de 3.287.584 kilómetros cuadrados entre montañas, valles, llanuras y bosque tropical. Según las estadísticas de vías férreas de la India, ferrocarriles, ferrys y trenes de más de un siglo de antigüedad, se han encargado de transportar al año más de un billón de usuarios. 
 
El diseño de líneas y conexiones en el grande asiático había tenido su origen en la consolidación de relaciones comerciales con el imperio inglés. La excelente calidad del algodón y otros materiales en el campo textil comenzaron a hacer necesaria una ingeniería de vías para su transporte para facilitar su salida hacia las grandes fábricas en Manchester, Lancaster y Liverpool. 
 
Desconociendo el asombroso mundo de los trenes y los servicios que ofrece para conocer el territorio indio, decidí recorrer el sur del país tomando las líneas férreas, y mejor aún, con lo que complementa la experiencia de viajar en tren, compartir con más de trece millones de usuarios que utilizan este medio de transporte diariamente. Todo un variado sistema de máquinas, conexiones y un majestuoso paisaje que se hizo pintura en movimiento desde la ventana del vagón. 
 
Las estaciones
 
Eran las doce de la noche cuando llegué a la entrada; columnas en mármol y un gran ‘hall’ que sirve de sala de espera para quienes viajan en horas de la madrugada ofreciendo una experiencia que se escapa al tiempo cotidiano; tensión, congestión y caos se apoderan del espacio, dejando en la atmósfera  la sensación de estar entre miles.
 
Distribuidos en 10 plataformas, pasajes subterráneos, túneles y más de un millón y medio de personas que según la oficina económica y comercial de la Embajada de España, recorren la estación ‘Kempegowda’, los trenes con destino a Bangalore Junction City se amontonan uno por uno; cajas, costales y mercancía variada sobresale a la vista de la zona de embarque; pasajeros a la espera del tren dejan caer sus cuerpos en esteras de mimbre teniendo como almohada su equipaje, sabanas y pequeñas cobijas los cubren del frío de la madrugada.
 
Los miembros de la policía pasan desapercibidos entre las diversas actividades particulares que se dan en terminal. Su actividad está limitada a caminar a lado a lado de ella ofreciendo ayuda a extranjeros. En la estación también se pueden ver habitantes de la calle acompañados de animales de corral y perros en busca de una banca o escalón para pasar la noche, convirtiéndose en sombras, cuando sus siluetas son iluminadas por las luces del tren.
 
La venta de comida rápida y de pasabocas es uno de los principales atractivos en trayectos que pueden durar más de 50 horas. Venta de chai (té con leche), ensaladas, frutas, sofritos y el particular olor a mezcla de especias en los pasillos del tren dan una pequeña muestra de la gastronomía india. 
 
El constante tránsito de vendedores ofertando promociones, combos y acompañantes para las comidas deleitan con el atractivo de sus colores y el aroma especial que despierta un sabor en la boca.
 
El tren local
 
Hora pico, después de las 4 de la tarde, en el poblado de Mysore ubicado a unas pocas horas de una de las principales ciudades del sur del país a donde debería arribar lo antes posible para retomar la rutina laboral, debo esperar en una pequeña cabina de venta y reserva de tiquetes con filas que pareciesen no acabar y la curiosidad palpitante de abordar el tren local para un trayecto que durará tres horas. 
 
Tras haber oído relatos de otros viajeros y visto algunos vídeos en las redes virtuales, la oportunidad de viajar en la famosa “2nd Sitting Class” se resumió en un trayecto aproximado de dos horas y media de pie junto a los baños, rodeada y acorralada por indios e indias esperando llegar a su destino final. 
 
Existen cuatro tipos de vagones en los trenes de la India, las diferencias usualmente radican en la oferta de servicios que tiene el vagón y la comodidad: aire acondicionado, comidas, servicio de baño entre otros, son algunas de las opciones ofertadas para usar durante el recorrido. 
 
Una estación a reventar; toda una escena en donde la gente sobrepasa los límites del espacio; esteras tendidas, hombres y mujeres sentados a lado y lado de las vías esperando la oportunidad para abordar; por un momento llegué a pensar que hasta dentro del equipaje podría haber gente esperando el tren. 
 
Viajar en la clase más económica en un tren indio significa un espacio de cinco centímetros para apoyar los pies, dejar a la suerte el equilibrio y confiarse del que está al lado; su balance en sí depende de la capacidad de mantener una distancia prudente entre la nariz de la otra persona con su nariz. Usualmente aquellos que no realizaron una reserva previa o no ven necesario hacerlo debido a la corta distancia a recorrer prefieren abordar estos vagones.
 
Para quien no está acostumbrado a congregaciones masivas de personas, y más aún, en un espacio cerrado, se recomienda abstenerse; es sorprendente y única la manera en la que los indios llegan a distribuir el espacio para hacer que no solo se puedan acomodar el doble de la capacidad normal del compartimiento sino que también acomoden kilos de vegetales y frutas con animales de corral en el mismo. 
 
Los vagones y el olor de la carne…
 
El microcosmos que contiene cada uno de los vagones presenta de primera mano una gama diversa de olores, miradas, sabores y sensaciones que se ven extasiadas con la dinámica extravagante de un viaje en tren.
 
En esta ocasión jóvenes de lado a lado reproduciendo música del estado de Tamil Nadu –conocida por el fuerte compás de la percusión acompañada de sonidos electrónicos – en pequeños celulares – que curiosamente tienen como fondo de pantalla fotografías del Che Guevara – compartían su diario cubriéndose la nariz con un pañuelo ante el desagradable olor a orina y materia fecal que provenían  de los baños que estaban a menos de un medio metro; la temperatura y el fétido olor se iban haciendo más fuertes a medida que el “Chamundi Express” realizaba sus paradas y cada vez más personas proveniente de pequeñas villas se hacían a un espacio dentro de él. 
 
El hecho de provenir de otro país y hablar en otra lengua no daba oportunidad a pasar desapercibido; miradas desde todos los ángulos parecían crear todo una atmósfera de curiosidad sobre mi origen y la razón del porqué abordar un tren en el que las maletas volaban de lado a lado, gente subida en los que se suponían, eran los espacios para acomodar el equipaje, mujeres con niños en brazos de píe sin ningún apoyo o equilibrio, ancianos sentados entre el tumulto y algunos otros en los bordes con más de medio cuerpo por fuera del tren y entre otros, asumiendo que, por ser extranjera tendría la posibilidad de abordar otra clase de vagón. 
 
Sin hacerse esperar, preguntas como: ¿From which country? y ¿your name?, dieron campo para una conversación que a pesar de verse obstruida por la poca fluidez del inglés, se vio soportada por todo un lenguaje corporal que creo una atmósfera agradable para un recorrido de casi tres horas; miradas, sonrisas e invitaciones acompañadas de un sorbo de agua o una galleta que se fueron alargando hasta la parada final.
 
El tren de las nubes
 
El viaje comenzó en la mañana. Un aire frío y neblina espesa adornaban las copas de las montañas de Nilgiri, a unos pocos kilómetros del poblado de Coonor. 
 
Con un tiquete de 10 rupias, sentada en la sala de espera de una pequeña estación con una particular arquitectura inglesa que evocaría un paisaje en medio de los Alpes, el famoso Udhagamandalam – un ferrocarril con más de 100 años de antigüedad – construido durante la colonia inglesa a mediados del siglo XIX, recorre las azules y frías montañas del estado de Tamil Nadu. 
 
Tras haber recorrido algunos cultivos de té y una fábrica empotrada en las montañas más frías de la zona, esperaba uno de los trenes más atractivos para los visitantes en la India.
 
La Unesco no se equivoca al declarar a Coonor un patrimonio de la humanidad; una maquina a vapor que no es arrastrada sino que es empujada por sus mismos vagones, sobrepasando más de 10 túneles y 20 viaductos, dejando estupefacto – ante lo mágica que puede ser la naturaleza – a cualquiera que mire a través del cristal. 
 
Con un decorado victoriano de mediados del siglo XIX a la entrada de una pequeña estación entre bosques en penumbra, el increíble tren de juguete llegó a las 9:30 de la mañana. Angostas puertas de cristal con un marco amarillo y azul se abren manualmente y acogen a casi 20 pasajeros por vagón; la pintura en movimiento comienza. 
 
Angostas bancas y un diseño que se destaca por la delicadeza y detalle en sus acabados con tonos pastel, da a pensar que no solo se está viviendo una experiencia de otra época sino que se llega a percibir un aire etéreo, un halo de luz que solo se hace especial con el contraste de la naturaleza, casi como si esos delgados carriles entre arboles de eucalipto y candelabros, generó una catarsis visual ante los bellos matices de azul provenientes de las montañas y los verdes árboles y prados a su alrededor.
 
Sin duda alguna, un recorrido para aquel que se encuentre en búsqueda de paisajes que rayan con la realidad haciéndola más mágica por ello, no hay razón para perdérsela por las dificultades para recorrerla. 
 

 

 

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