Uniendo fuerzas

La salida del primer ministro iraquí Nuri al Maliki podría ser el empujón necesario para que Irak encuentre cómo hacer un frente unido contra los militantes del Estado Islámico.

Nuri al Maliki, primer ministro de Irak, quien esta semana aceptó entregar pacíficamente el poder a un miembro de su propio partido. / AFP

Luego de ocho años en el poder, Nuri al Maliki dejará el cargo de primer ministro de Irak, y lo hará pacíficamente, un hecho notable en un país entregado a la guerra, la división entre su población y a figuras políticas que han polarizado no sólo el ejercicio del gobierno, sino la vida entera.

La salida del líder chií se da luego de perder el apoyo de Estados Unidos, país que comenzó a tener problemas con el primer ministro hace por lo menos tres años, y de Irán, el poder regional que lo acogió en sus épocas de exiliado del régimen de Saddam Hussein y que esta semana le dio la bienvenida a quien será su reemplazo al frente de Irak: Haidar al Abadi, también chií y también miembro del partido político de Maliki.

La soledad de Maliki no es un asunto gratuito, si se tiene en cuenta que por lo menos desde 2011 se ha dedicado a perseguir activamente a sus opositores y a la comunidad suní mediante una política de arrestos arbitrarios a jóvenes de este sector de la población y el aislamiento político de figuras suníes en la administración central de Bagdad.

El resultado de las acciones de Maliki no podría haber sido otro diferente: el año pasado, cuando solicitó ayuda urgente de Estados Unidos para armar su ejército y defender el país de la creciente amenaza del Estado Islámico, EI, (grupo islamista que hoy controla una buena parte de Irak y Siria), recibió poco más que migajas. Además, una parte de la población suní se unió al EI en contra de las tropas del gobierno central y de los kurdos, quienes gozan de una cierta independencia en su región.

Sin Maliki en la ecuación, la tarea de Abadi resulta algo menos compleja, pero no por eso más sencilla. La aparente contradicción se explica así: el nuevo primer ministro debe formar un gobierno de unidad en un plazo de menos de 30 días (asunto de por sí difícil dada la actual desconfianza entre suníes, kurdos y chiíes) y ahí sí combatir a una insurgencia armada bien financiada, que hoy ha sido detenida momentáneamente, pero que aún controla locaciones claves como la ciudad de Mosul o la represa del mismo nombre, la más grande del país.

Ali Hatem Suleiman, uno de los líderes tribales suníes más importantes del país, dejó esta semana abierta la posibilidad de que ésta población se una al combate contra el EI de la mano de las fuerzas del gobierno de Bagdad.

Antes de aceptar su salida del poder, Maliki negoció con los distintos sectores políticos de Irak una inmunidad judicial por sus actos de gobierno, así como su inclusión en alguna esfera del poder, aunque aún resulta claro cuál sería su rol una vez abandone la oficina del Primer Ministro.

Abadi, por su lado, cuenta con la enorme ventaja de no ser Maliki, una obviedad que le otorga el beneficio de la duda, cuando menos, un importante capital político a la hora de volver a integrar a una sociedad que ya se masacró en una guerra intestina que alcanzó su pico entre 2006 y 2007. Además de esto, Abadi ha recibido el apoyo del mayor líder religioso chií del país, y quizá el más importante del mundo en esta rama del islam, el gran ayatola Ali al-Sistani, quien presionó a Maliki para que dejara el poder pacíficamente, un movimiento altamente inusual para una figura como el gran ayatola.

El electo primer ministro también tiene otro factor a su favor y es que su escogencia fue obra del presidente iraquí, Fuad Masum, quien es kurdo. Los kurdos son, quizá, el único obstáculo relevante ahora entre el poder militar del EI y la caída del gobierno central de Bagdad. Contar con su apoyo es, más que una buena jugada, un asunto vital.

Al tiempo que el bloqueo político en Bagdad comenzaba a disolverse, un escenario presente desde las elecciones parlamentarias de abril de este año, los ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea se ponían de acuerdo en la importancia de armar a los kurdos para contener, y desmantelar si es posible, el avance del EI. Francia ya había anunciado esta semana el envío de material bélico para los peshmerga (guerreros kurdos). Inglaterra se sumó a esta iniciativa, así como Alemania, Holanda y la República Checa, según reportó la agencia Reuters. Canadá facilitará dos aviones militares de transporte para entregar el armamento, mientras que Estados Unidos parece continuar con las operaciones aéreas para proteger la ciudad de Erbil, capital del Kurdistán iraquí.
 

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