Acueducto con energía solar

La cuenca baja del río Sinú, en Córdoba, es una de las más propensas a recibir los efectos del cambio climático.

Campesinos instalando el acueducto. / Juan José López
Campesinos instalando el acueducto. / Juan José López

La construcción de la represa de Urrá y la acción de ganaderos y terratenientes desecaron unas 23.000 hectáreas de humedales en los últimos años. Lo poco que queda (16.000 ha) no tiene la capacidad de absorber las inundaciones, que antes ocurrían cada década pero que ahora son mucho más frecuentes (desde 2007 ha habido tres grandes desbordamientos del río Sinú).

Estos factores hacen que la disponibilidad de agua potable sea cada vez menor para las comunidades rurales. De hecho, el 80% de los habitantes del Bajo Sinú no tiene acceso a este servicio básico, mientras el 20% restante depende de sistemas de acueducto que funcionan con energía eléctrica (cuya instalación tiene un valor de unos $300 millones), dejan de funcionar en época de inundaciones y le cuestan cerca de $8 millones mensuales a las veredas que los implementaron en Lorica y San Bernardo del Viento.

Así, 50 familias de las veredas Riociego y Pareja, en San Bernardo del Viento, se ingeniaron un acueducto que funciona con paneles solares. El costo de instalación fue de sólo $24 millones por toda la comunidad.

La energía de los paneles (de 110 voltios) es utilizada para mover una electrobomba que transporta el agua desde el río hacia los tanques elevados y luego a las viviendas.

Debido al alto costo, se eliminó el concepto de planta de tratamiento y cada familia es la encargada de potabilizar su agua con decantadores, un tanque con cloro, un filtro cerámico con plata coloidal, sulfato de aluminio y una planta llamada tuna, que utilizaban los indígenas. La misma comunidad realiza monitoreos mensuales de la calidad del líquido y están capacitados para el mantenimiento de su planta, a prueba de inundaciones.

Adicionalmente, en el proyecto se incluyó la instalación de una batería sanitaria para cada hogar y un área de cultivo pequeña (irrigada por el mismo acueducto) donde siembran yuca, ñame, plátano, coco y hortalizas.

El proyecto tiene previsto llegar a 4.500 familias del Bajo Sinú e instalar un sistema de diques alrededor de las veredas que permitan contener la oleada de inundaciones que llegaron a la región. Según Juan José López, uno de los promotores, “los mejores administradores de un sistema de abastecimiento de agua son sus usuarios. Por eso este proyecto funciona, y porque, además, es diametralmente distinto a la propuesta del Estado, que no es sostenible por los enormes costos que significan para las comunidades”.

Por eso, hace cuatro años, la Asociación de Pescadores, Campesinos, Indígenas y Afrodescendientes para el Desarrollo Comunitario de la Ciénaga Grande del Bajo Sinú (Asprocig) decidió crear un sistema de acueducto económico, fácil de manejar y con energías alternativas.

Esta asociación, que agrupa a 4.030 familias y ayuda a conservar 150.000 hectáreas en ecosistemas estratégicos de manglar, bosque seco y humedales, quería evitar que las mujeres y niños tuvieran que desplazarse cerca de tres horas diarias hasta los cuerpos de agua para llevar el líquido a sus hogares.

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