Amores que no se olvidan

Cuentan cómo sus parejas no recordaron un día el camino a casa y se fueron quedando quietos y en silencio. Sin saber qué era la demencia decidieron, por amor, aprender a vivir con ella.

“Ella me habría cuidado igual o mejor”

Nos conocimos en el 61 cuando resultamos bailando Palo bonito palo e en la Séptima. En el único carnaval que ha tenido Bogotá.

En el 62 nos casamos y mientras yo trabajaba como profesor de artes gráficas y viajaba con el Sena por todo el país, Tere se encargaba de la casa. Era amable, consejera, dura y templada. Vivimos más de 30 años en una casa muy grande, que era como el hotel de la familia. Ahí llegaban los hijos, ahí ella ayudó a criar a los nietos y ahí nos fuimos quedando solos. Luego cometimos el peor error de nuestras vidas. En 2002 vendimos la casa y nos fuimos para un apartamento donde nadie socializaba con nadie.

Como a los tres años comencé a notar que Tere ya no cocinaba bien, que revolvía las cosas. Hasta que un día la mandé en un taxi para la casa y se me perdió.

Apareció desubicada en un CAI en el sur. Después de mucho preguntarle pudo decirles a los policías un teléfono. Luego de los exámenes apareció el alzhéimer. Comenzó a perder las capacidades cognitivas y a tener dificultades para caminar. Aunque viene de una familia grande, ninguno de sus 29 hermanos presentó antecedentes. Ha sido duro. Pero lo más duro es la ingratitud de los que dejaron de visitarnos.

Menos mal a mí todavía me llaman a dar clases; con eso más mi pensión nos sostenemos. La droga nos tocó sacarla por tutela; es que yo de dónde iba a pagar los $850 mil mensuales que cuestan la memantina y el donepezil, que retrasan la enfermedad pero no la curan. La gente no se muere de alzhéimer.

Al principio me desesperaba, pero gracias a la Fundación del Alzhéimer he aprendido mucho sobre la enfermedad. Por eso hace un año me tocó ponérmele bravo a un neurólogo que le quitó un medicamento y Tere inmediatamente se puso más torpe. Peleé hasta que le volvieron a incluir la droga.

“Lo más triste son los rechazos”

José fue parrandero, tomatrago y durito para tratarme. La llegada de la enfermedad fue difícil. Cuando le pedía para los gastos de la casa comenzaba a decirme que yo quería robarle la pensión, que por qué yo no trabajaba; mejor dicho, hasta me pidió el divorcio.

—José, preguntan que cuándo nos casamos.

—No me acuerdo... de más que usted se enamoró de mí e hizo las vueltas.

—José, ¿en qué año estamos?

—No me acuerdo... la cabeza me está zumbando.

Le apareció un ruido que no sabemos de dónde viene y que él escucha todo el tiempo. Los médicos dicen que quizás tenga que ver con los pitos fuertes que escuchaba por el trabajo. Él fue transportador toda la vida y se pensionó de la Fábrica de Licores de Cundinamarca.

A José se le comenzaron a confundir las rutas. Yo creo que él sabía que se le estaban olvidando las cosas, pero trataba de ocultarlo. Para transportar a la nieta me pedía que lo acompañara, para preguntarme el camino.
En las parrandas le encantaba tocar guitarra y cantar boleros o canciones de Pedro Infante. Ya después decía que no quería tocar, que le daba pereza.

Un día de 2003 se fue a cobrar la pensión y en vez de demorarse media hora hasta la empresa, llegó desorientado a las cinco horas. Nunca voy a saber qué pasó en ese tiempo. La enfermedad me mandó al psicólogo; yo quería perderme, José me trataba mal, yo mantenía desarreglada, después vino la pelea por las medicinas y las terapias. Nos tocó sacarlas por tutela, porque si no en dos años yo me venía al suelo.

Lo más triste son los rechazos. Antes nos reuníamos con un grupo de amigas a rezar el rosario y tomar café, pero apenas supieron, dijeron que a José se le había metido el demonio. Lo mismo pasó con los amigos de la empresa, con los que se perdía de viernes a lunes en parrandas; no volvieron a llamar. Pero yo entendí que José vive en otro mundo y que soy yo la que debe dejar de preocuparse por las reacciones de los demás.

A ellos hay que mantenerlos muy activos y acompañados. Yo les dicto charlas a cuidadores a los que les digo que se necesita mucho amor y paciencia, porque ellos requieren toda la atención. Yo quisiera irme al Amazonas; a mí me encanta la selva, pero lo único que me afana es mi viejo.

Ahora Tere tiene 74 y yo 71. Yo procuro no dejarla sola, salimos a caminar, en las tardes le hacen terapia en las piernas y cada mes la revisa el médico. Fue una mujer muy buena. Yo sé que si me hubiera tocado a mí, ella estaría conmigo, esforzándose y igual o más de lo que yo lo he hecho.

Temas relacionados
últimas noticias

El café y las montañas