Apple después de...

Tim Cook y Jonathan Ive son algunos de los ejecutivos que deben continuar con la ardua tarea de manejar Apple sin Steve Jobs, alma de la empresa de Cupertino.

Para construir Apple, Steve Jobs reclutó a varios de los mejores en un negocio rebosante de gente talentosa. Aunque el talento no lo es todo en una compañía que parece haber logrado manufacturar la perfección. Se requiere, como el mismo Jobs lo dijo en una entrevista de 2004, una obsesión por el producto, una devoción por el detalle.

Y ahí entra gente como Tim Cook (hoy presidente de Apple), un tipo que es conocido en la industria de la tecnología como el maniático del inventario, el hombre que sabe que algo guardado en stock pierde entre 1% y 2% de su valor por cada semana que pase en un depósito y no en las manos de un usuario.

Por más de 14 años, Cook ha sido uno de los empleados más cercanos a Jobs y el responsable de supervisar las operaciones diarias de Apple. Esto significa tareas como comprarle a un fabricante chino toda su producción de memorias flash (esas que hicieron posible el iPod nano). La jugada no sólo garantizó el ritmo normal de fabricación del dispositivo, sino que permitió a la compañía obtener precios más bajos por materias primas, así como bloquear a un eventual competidor que quisiera diseñar un aparato similar o copiar el éxito de Apple.

Si Cook es el corazón que hace latir la línea de producción de Apple, Jonathan Ive es la piel, el revestimiento útil que engalana la máquina y convierte al electrodoméstico en un objeto de culto, una suerte de pieza en el altar del bit y el electrón.

En 1998, los computadores eran cosas robustas, con el diseño suficiente para encapsular en una serie de unidades los componentes básicos de la máquina y ya. Ese año, Apple lanzó la primera generación del iMac, un aparato que venía en colores alucinantes y que proponía que las vísceras del dispositivo deberían ir en un solo recipiente, de formas curvilíneas y agradables. No había nada así en el mercado. El iMac fue un éxito, entre otras cosas, porque daba la sensación de que aquello que hasta entonces había sido un asunto serio, una herramienta de trabajo, podía ser agradable y divertido, incluso sexy.

Ive está de cierta forma obsesionado con su trabajo, característica que lo llevó a una fábrica de dulces para examinar cuáles serían los colores que llevaría el primer iMac y que le dirían al consumidor: “Cómprame porque también soy entretenido”. La misión de exploración del diseñador británico se parece un poco a la aventura que emprendiera Willy Wonka en una selva perdida en busca de nuevos sabores para sus dulces.

Los productos de Apple, como lo dicen algunos de sus ejecutivos, son, de cierta forma, la expresión máxima de cómo los materiales sirven a un propósito. Este conocimiento de los límites del metal, la flexibilidad del plástico, ha llevado a Ive a examinar cómo los maestros japoneses fabrican katanas, las espadas de los samuráis, famosas por tener una hoja ultradelgada, pero resistente a grandes presiones, todas propiedades deseables para el chasis de un computador portátil, por ejemplo.

Los grandes diseños de Ive sólo son posibles porque Cook y su equipo logran comprar, con varios meses de antelación, la cantidad exacta de aluminio a los precios correctos para fabricar el chasis de una sola pieza que hoy soporta la estructura de los MacBook Pro.

Piense que usted es el fabricante de cuatro o cinco o seis grandes productos, definitivos para la historia de la computación y el entretenimiento. Ahora, rediséñelos: hágalos más pequeños, pase de rectangular a cuadrado, cambie el disco duro por memoria flash, incorpore una pantalla táctil, invéntese una nueva especie de plástico para uno de ellos.

Algo así fue lo que sucedió cuando Apple decidió hacer el cambio entre sus procesadores PowerPC (fabricados por IBM) a la tecnología de Intel (más rápida y con menos requerimientos de energía, lo que significa menos calor para la máquina). Todo el sistema operativo debió ser reescrito, además de que cada nuevo Mac con Intel necesitaba nuevas tarjetas madre, entre otras pesadillas logísticas. La migración se hizo sin mayores problemas ni dramas gracias, en buena parte, al látigo implacable de Cook sobre el abastecimiento, la línea de producción y el inventario. Esta jugada permitió que toda una nueva generación de consumidores entraran al mundo del Mac, ya que, al tener chips de Intel, Windows podía correrse en el mismo computador, para desarrollar aquellas tareas que el usuario deseara.

En una conversación con un periodista, Jobs aseguró que uno de los peores errores de las grandes compañías es que, a medida que crecen, son las personas de ventas quienes terminan dirigiéndolas y eso las mata. Eventualmente, los usuarios se saturan con determinado producto o ya es imposible llegar a nuevos mercados, o lo que sea. Cuando se necesitaría un ingeniero, un desarrollador de producto o un diseñador, se tiene a un gerente y a un departamento de mercadeo, ambos llenos de pánico. Ese es el fin. Jobs señaló como ejemplo a Microsoft e IBM.

Uno de los grandes legados de Jobs es haber reclutado a una alineación de ejecutivos que, claro, incluye vendedores, pero que es comandada por un gerente de producto, respaldado por un diseñador genial, más un largo etcétera de ingenieros que, en últimas, son los encargados de transformar la fantástica visión del cofundador de Apple en los objetos que hoy en día se convirtieron en extensiones del cuerpo humano para millones de personas en todo el planeta.

El diseñador de la manzana

 

Cuando Steve Jobs conoció a Jonathan Ive, el diseñador llevaba tres años como un trabajador más de la compañía, haciendo bosquejos de aparatos aburridos.

En 1997, año del regreso de Jobs a la compañía de la cual lo habían despedido, Ive era un elemento más del taller de diseño. En un recorrido por las instalaciones, Jobs notó algunos prototipos que le llamaron la atención por el radical concepto en materia de diseño. Pidió conocer quién era el responsable y el británico, de suaves modales, le respondió. Desde ahí comenzó la relación entre ellos dos.

Ive es responsable de crear toda una estética para la marca a partir de dispositivos minimalistas, en los que la funcionalidad y el buen aprovechamiento de los materiales terminaron por redefinir la forma en la que nos relacionamos con la tecnología: tiene que ser buena, pero también ha de ser linda.

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