Biotecnológicos: la gallina de los huevos de oro

La industria farmacéutica nacional y las multinacionales se encuentran en medio de una intensa controversia acerca de la reglamentación sobre medicamentos de nueva generación.

Con los medicamentos biotecnológicos, tan ampliamente recetados hoy en día, sucede lo de ciertas comidas: es mejor no preguntar de dónde provienen. Anticoagulantes ordeñados de cabras modificadas genéticamente, proteínas presentes en la leche de conejos transgénicos o anticuerpos producidos en células de hámster son algunos ejemplos. Se trata de moléculas para las cuales se utilizan células, plantas o animales como máquinas de producción.

Más de 200 moléculas se han sumado a nuestro arsenal terapéutico para combatir ciertos tipos de cáncer, algunas enfermedades autoinmunes, reumatoides y otros padecimientos antes considerados incurables. El mercado biotecnológico es el más promisorio para la industria farmacéutica y para 2012 se estima que dichos medicamentos representarán el 12% de las ventas mundiales de fármacos de prescripción.

Su potencial para curar enfermedades y los altos precios que se pagan por ellos los han convertido en un verdadero tesoro que ha generado una dura batalla entre la industria farmacéutica nacional y las multinacionales. Las primeras esperan ansiosas el momento en que expiren las patentes, para comenzar a fabricarlos en casa. Las segundas quieren evitarlo o retrasar ese momento, pues no quieren compartir la gallina de los huevos de oro con nadie.

Los biotecnológicos poseen los precios más altos del mercado. En Colombia, seis de los diez medicamentos más recobrados al Fosyga en 2008 fueron fármacos biotecnológicos. El que encabeza esta lista, con un valor de más de 72 mil millones de pesos, es rituximab. Producido por Roche y comercializado como mabthera, se usa para tratar linfomas, leucemia, ciertas enfermedades autoinmunes y el rechazo de órganos trasplantados.

Luis Guillermo Restrepo, químico farmacéutico que asesora a la industria nacional y a ONG, señala que la pelea se divide entre los simplistas y aquellos que quieren enredar demasiado el asunto. Mientras las compañías colombianas tienden a reducir la complejidad de los biotecnológicos con el fin de facilitar su participación en ese jugoso mercado, las multinacionales la exageran para evitar la entrada de competidores.

Uno de los medicamentos biotecnológicos que ya posee su versión genérica es etanercep. Ubicado en el séptimo puesto de los más recobrados, este tratamiento contra enfermedades de origen autoinmune reportó en 2008 ventas por más de 28 mil millones de pesos. Para sacar tajada de tan cuantioso pastel, las comercializadoras colombianas Focus y Lafrancol están trayendo de China su versión genérica.

Pero la pelea ya no está en los laboratorios y pasó a ser un asunto de leyes. Cada bando está enfilando su artillería jurídica para que sus intereses queden bien representados en la reglamentación que el Gobierno deberá tener lista para enero de 2012. Francisco de Paula Gómez, presidente de Afidro, afirma que “los mejores estándares están definidos por la Agencia Europea y los estándares mínimos que pudieran tomarse los recomienda la Organización Mundial de la Salud”. Sostiene que “expedir una reglamentación que no se encuentre entre esos dos puntos, sería una irresponsabilidad y traería consecuencias muy serias para los pacientes”.

Por su parte, la asociación de industrias farmacéuticas colombianas, Asinfar, y la Fundación Generación Bio, elaboraron una propuesta menos exigente con respecto a los requerimientos de la Agencia Europea. Según Alberto Bravo, presidente de dicha asociación, se busca una reglamentación más competitiva que permita reducir los precios de los medicamentos sin descuidar la calidad del producto.

Ambos contrincantes tienen algo de razón. Utilizar el mismo metro para evaluar un medicamento sencillo como la aspirina y un biotecnológico complejo como el rituximab es un desatino. Es como comparar la fabricación de una bicicleta con la de un jet. Un manual producido sobre el tema por la Asociación Europea de Genéricos resalta que la evaluación debe ser flexible, “personalizada” y adaptada a cada medicamento concreto.

Ahora le corresponde al Gobierno balancear el debate y evitar que los pacientes terminen pagando los huevos rotos.