¿Cuántas horas de sueño bastan?

Mientras el 90% de los humanos duerme entre siete y ocho horas, un 5% sólo requiere de cinco para mantenerse activo.

Una persona de 90 años ha pasado 30 de ellos durmiendo. /EFE
Una persona de 90 años ha pasado 30 de ellos durmiendo. /EFE

Al 90% de la población el cuerpo le pide un mínimo de siete u ocho horas para descansar lo suficiente. Pero, de la misma forma que hay un 5% que necesita más, hay otro 5%, como apunta el especialista en sueño Eduard Estivill, al que le basta con dormir habitualmente tan sólo cinco o seis horas para mantenerse activo a lo largo de la jornada sin que se le escape un mal bostezo o muestre señales de somnolencia.

Mientras que para el resto de la población se traduciría con el paso del tiempo en alteraciones metabólicas y problemas cognitivos y emocionales, dormir poco no les pasa ninguna factura a estas personas. Simplemente no necesitan permanecer más horas entre las sábanas. Lo normal de quien llega a los 90 años de vida es que haya estado 30 años de este tiempo durmiendo. En el caso de los dormidores cortos (denominación importada de la expresión inglesa short sleepers, acuñada para definir a esta especie de casta de amantes de la vigilia), en 90 años de vida habrán dormido una media de 22,5 años. Es decir, habrán vivido despiertos 7,5 años más.

Este grupo de personas está recabando cada vez una mayor atención por parte de la comunidad científica, que trata de encontrar las razones de que haya gente que durmiendo dos horas menos que la media rinda exactamente igual que el resto. Distintos trabajos relacionan la necesidad de dormir poco con variaciones en la secuencia de algunos genes, lo que quiere decir que existiría una predisposición genética a manifestar este comportamiento. Uno de ellos, publicado en la revista Science en 2009, partió del estudio de una familia en la que, tanto la madre como la hija dormían un promedio de 6,25 horas frente al resto, que pasaba en la cama 8,06 horas, también de media. El análisis genético del grupo familiar (de 19 miembros) arrojó que las dos compartían una particularidad en su ADN. En concreto, en el gen DEC2, relacionado con la regulación de los ritmos circadianos, el reloj biológico que marca los tiempos vitales. En ambos casos, lo que sucedía es que había una alteración en un nucleótido (las bases o letras químicas que componen el genoma) del gen. Donde debía haber una C (citosina) había una G (guanina), un cambio que no se encontró en otras 250 muestras humanas con las que se comparó el ADN de las protagonistas del estudio.

Esta alteración en la secuencia genética (especialmente al encontrarse en el gen donde se situaba) era un buen punto de partida. Pero era insuficiente para extraer resultados concluyentes. Para establecer una relación de causa-efecto entre la mutación y la necesidad de dormir poco tiempo, así como descartar que el resultado del estudio familiar obedeciera a una casualidad, los autores del trabajo, estadounidenses y alemanes, diseñaron ratones de laboratorio con la misma mutación (denominada P385R) en el gen DEC2. Y compararon el sueño de cinco de estos roedores con ocho ratones no manipulados. Los animales portadores de la variante P385R dormían menos que el grupo de control (1,2 horas de media). Además, sus ciclos de sueño eran más cortos y si les acortaban el sueño se recuperaban mejor de los períodos de insomnio que los ratones que no presentaban la mutación. La conclusión era evidente: la alteración que presentaban madre e hija estaba relacionada con su capacidad de dormir poco y mantenerse activas.

Existen otros estudios que también se han centrado en las raíces genéticas de la predisposición a dormir más o menos horas, de donde se ha concluido que las consecuencias de la variación genética en el sueño también tienen que ver con los países donde existe una mayor variación de horas de sol.

La importancia del ADN en las particularidades del sueño de cada persona está cada vez más clara. No sólo en lo que se refiere a su duración. Hay otros genes, como el PER, BMAL1 o CLOCK, de los que se conoce su relación como controladores de los ritmos vitales, por ejemplo, la regulación de la vigilia y el sueño.

Pero, en general, queda aún bastante camino por recorrer en la tarea de desentrañar las claves del descanso nocturno. Y no sólo en lo que respecta a las claves genéticas. “Es cierto que aún no sabemos con exactitud para qué sirve el sueño”, admite abiertamente Javier Puertas, neurofisiólogo experto en trastornos del sueño y miembro de la junta directiva de la Sociedad Europea del Sueño.

Pero de forma indirecta, como indica Puertas, responsable de la unidad del sueño del hospital de La Ribera (Valencia), se sabe que la falta de sueño tiene importantes consecuencias en la salud de las personas, tanto en la alteración del metabolismo como en el deterioro de las funciones cognitivas (la memoria, la concentración y el aprendizaje) y emocionales. Por ello, por pasiva, no hay duda de que es una función muy relevante en los seres vivos, por lo menos a dos niveles. Por un lado, en lo que respecta a la restauración metabólica, es decir, la regeneración necesaria para compensar la actividad física de la jornada. El segundo nivel es el relacionado con los trabajos de mantenimiento de la actividad cerebral, tanto la fijación de los recuerdos y vivencias que pasarán a la memoria de largo plazo como la reorganización y optimización de las conexiones cerebrales.

Por ello, como añade Juan Antonio Madrid, catedrático de Fisiología de la Universidad de Murcia y especialista en cronobiología, “el sueño y la vigilia son dos caras de la misma moneda, que es la vida. Descansar lo suficiente es la mejor forma de permanecer activo, y viceversa”.

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