El crimen de 'El Veterinario'

El país se estremeció con la noticia de un campesino en Chiquinquirá que entrenó a su perro para violar a un niño. ¿Quién es este hombre? ¿Qué lo llevó a cometer el delito? ¿Cuál es su diagnóstico psiquiátrico?

Jorge Alberto Walteros Aldana es sentenciado a 20 años de prisión, sin rebajas y sin beneficios, por el delito de acceso carnal violento y agravado. Así lo anuncia con voz tajante la jueza segunda penal del circuito de Chiquinquirá en audiencia pública. El condenado no está presente pero todo el público en la sala conoce en detalle cómo perpetró el delito, cómo entrenó a su perro, Tony, y lo utilizó para violar a un niño de once años.

El público sabe, también, que ese día —11 de enero de 2010— Walteros dice haberse despertado a las 5:30 a.m., en su casa, en la vereda La Mesa de Chiquinquirá, Boyacá. Se levantó, ordeñó las vacas, entregó la leche, se bañó, hizo el desayuno, viajó hasta el centro del pueblo, habló con su hermana, Doris, jugó un chico de ajedrez con don Efraín, se tomó una gaseosa donde doña Virginia y regresó a su casa a eso de las 6:00 p.m. Pero en su relato omitió lo menos insignificante de ese día: que caminó silencioso hasta la casa de Virginia Rozo, donde el nieto de la señora estaba bajando frutos de un pino; que lo abordó, lo arrojó al piso, lo puso de espaldas, le cubrió la cara con una ruana y le dio la orden al perro.

Walteros viste habitualmente una gorra. Mide 1,62 metros y tiene 53 años. Es flaco, canoso, con la nariz hundida. Es callado, retraído y solitario. “Es muy raro, a veces saluda y otras no”, dijo una de sus vecinas en declaraciones a los investigadores. Y otra más atestiguó convencida: “El señor Walteros es decente y honorable”. En La Mesa también se dice que es un hombre de pocas amistades; que no se le ha conocido mujer en la vida; que está siempre acompañado de un perro criollo de color amarillo, con pelaje blanco en la cara y el pecho —Tony—, y que es también el dueño de otro perro, llamado Káiser.

Lo demás que se sabe de Walteros lo fue confesando él mismo en las entrevistas con los psiquiatras. Tuvo una niñez con “pobreza afectiva”. Estudió hasta la secundaria y luego hizo algunos cursos en el Sena. Su vida sexual es nula. Cree que la masturbación es nociva. Ve a las mujeres como una amenaza, como viejas oportunistas que sólo se acercan a él por interés, por su plata, aunque en realidad nunca ha tenido ni tantos bienes ni tanta plata; tenía una finca humilde y sobrevivía con lo que producían sus animales.

Los psiquiatras consultados para este caso sabían que tenían que ir más allá de estas capas de la personalidad de Walteros para comprobar si era culpable de un crimen tan aberrante. Vinieron entonces estudios más detallados que fueron develando rasgos de su personalidad. Se encontró que padece trastorno esquizoide, que se evidencia en su aislamiento social, en su desinterés por establecer relaciones personales, en su frialdad. También se hallaron rasgos de personalidad paranoide: es desconfiado y suspicaz, interpreta como maliciosas las intenciones de quienes se le acercan. Y, finalmente, trastorno antisocial, que se traduce en su capacidad de transgredir los derechos de los otros, las reglas y las normas sociales, sin sentir ningún remordimiento; en tomar decisiones sin pensar, sin medir las consecuencias. El diagnóstico psiquiátrico evidenció que Walteros no es un enfermo mental ni sufre un trastorno que altere sus funciones orgánicas. Su comportamiento ese 11 de enero simplemente respondió a los rasgos de su personalidad. Tenía plena conciencia de lo que hacía.

Se detectaron además expresiones de parafilia —desviaciones sexuales—. En su valoración son recurrentes las palabras zoofilia, pedofilia y voyerismo. Nadie en La Mesa se atrevería a pensar que algunos expertos que conocen el caso sospechan que Walteros le guardaba un afecto especial a Tony, uno más allá del amor convencional a una mascota; que el perro tenía un gran significado en su vida; que incluso podría ser su pareja.

La voz del pueblo

“Repudio por violación con un perro”. El titular apareció el jueves pasado en el diario Extra de Chiquinquirá, el mismo día en el que se celebraría la audiencia final. La señora Lucía, vendedora de minutos de celular en una esquina del parque de la catedral, corrió a una tienda a buscarlo. Lo abrió en la página 23. Leyó pausada, torpe: “Ciu-da-da-nos de la ‘Ca-pi-tal Re-li-gio-sa’ de Colombia, aún no sa-len del asom-bro…”. Luego dijo: “Parece que le van a dar diez años, por mí que no le den cárcel sino que acaben con él. Esto es un desastre, mijita. Se han vuelto demonios en este pueblo. Hay otro caso de un embolador de zapatos que violaba a las niñas y les daba $10.000. Por ahí está el indio ese. Acá hay mucho maniaco, mucho loco, mucho vicioso…”.

El discurso indignado y ofuscado de la señora llamó la atención de sus compañeros, vendedores de frutas. En segundos se armó un corrillo. Cada uno empezó a contar su versión del crimen de El Veterinario, como llaman en el pueblo a Walteros. Decían que el hombre intimidó al niño con un cuchillo. Que el día del incidente tuvieron que llevar al menor hasta el hospital de Tunja porque tenía una hemorragia incontrolable. Que deberían castigar al culpable con 40 años de prisión. Otros refutaban y sostenían que lo justo serían 60. La vendedora de minutos insistía en que la cárcel era poco “para ese desgraciado, maniático”.

Walteros no asistió a la audiencia condenatoria porque —sostuvo su abogada— había recibido amenazas en la cárcel de Ubaté, en la que hoy está recluido, advirtiendo que sería violentado a la entrada de los juzgados. Durante un poco más de tres horas la jueza reconstruyó cada segundo de esta historia, que trasciende porque es una sentencia única, histórica en el país: un hombre condenado a 240 meses de cárcel, acusado de haber entrenado a su perro para violar a un niño; acusado de haberle provocado graves lesiones al menor al retirarle el animal de manera violenta, lesiones que incluso pudieron terminar en la muerte. “No sólo vulneró su libertad. Atentó contra su vida, contra su coexistencia emocional”, enfatizó la juez.

El niño ya ha sido sometido a cuatro cirugías y todavía debe esperar otras intervenciones. Las veces que ha roto el silencio en el que permanece en su casa, en su habitación, ha dicho que sigue sintiéndose triste. Que la rabia y la vergüenza continúan intactas, como ese día.

 

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