El expediente Patarroyo

Una vez más el científico Manuel Elkin Patarroyo logró atraer las cámaras y los micrófonos de la prensa colombiana.

“Cuatro años paralizado es un mundo de tiempo”, dijo esta semana el inmunólogo colombiano Manuel Elkin Patarroyo cuando periodistas de Blu Radio le preguntaron su opinión sobre el fallo del Consejo de Estado que le permitiría recuperar el permiso para usar monos aotus en sus investigaciones. Y luego remató: “estamos a dos años de entregar la vacuna contra la malaria completamente efectiva”.

La frase lanzada al aire por Patarroyo permitió, súbitamente, que toda la atención mediática se desplazara del debate que nos trajo a este punto, las acusaciones por manipulación indebida de especies animales en sus investigaciones, para ir hacia la promesa de encontrar una vacuna contra la malaria. Esta enfermedad, presente en más de 100 países de las regiones tropicales y subtropicales del mundo, mata cada año cerca de dos millones de personas.

¿Qué tan cierto es que Patarroyo tiene entre manos una nueva vacuna, esta si efectiva, contra la malaria? ¿Por qué creerle esta vez si en 1987, cuando publicó un artículo en la revista Nature hizo la misma afirmación sin que pudiera demostrar que era cierto en los años posteriores? Hay varias razones para dudar. Al menos hasta que el propio investigador ofrezca pruebas reales, más que palabras, sobre sus avances.

Lo primero que se debe entender es que la ciencia hoy es menos un asunto de genios solitarios encerrados en un laboratorio, y más un proyecto colectivo, una costosa industria. Incluso una idea genial, como la que Patarroyo reclama tener entre manos, exige miles de dólares para demostrar que es la correcta. Y ahí está una de las primeras debilidades de Patarroyo, que hoy no tiene el dinero que tenía antes.

Mientras en el año 2001, cuando todavía estaba en la cresta de la ola, Patarroyo llegó a recibir hasta $8.000 millones de pesos para investigación, hoy, como lo muestra el gráfico publicado por Semana tiempo atrás, esa suma está muy por debajo de los $500 millones. Hace una semana Patarroyo le dijo a la periodista María Jimena Duzán que tiene una vacuna probada en micos que alcanza una efectividad de 81.6% de capacidad protectiva.

Las cifras de Patarroyo

Aún si fuera cierta esta afirmación (que Patarroyo debería primero publicar en una revista científica con todas las pruebas necesarias donde la evalúen sus pares), lo cierto es que le tomaría más de cinco años realizar pruebas clínicas en humanos para demostrar su efectividad. En el registro de la Organización Mundial de la Salud sobre ensayos clínicos para probar vacunas de malaria en el mundo, al menos hasta 2012 no aparece por ningún lado referencias a Patarroyo.

¿Dudas?

Pero las dudas sobre las palabras de Patarroyo no acaban ahí. Ante la reciente polémica, el médico Mauricio Ávila se tomó el trabajo de analizar la producción científica de Patarroyo. De acuerdo con el primer ranking de investigadores colombianos publicado por Webometrics basado en resultados de Google Scholar Citations, Patarroyo es el segundo investigador más importante de Colombia con un “h-index” de 62 y un total de 14517 citaciones.

“Muy bueno sin duda”, escribió Ávila en su cuenta de Twitter pero luego de analizar la cantidad de artículos y los años en que esos artículos tuvieron más relevancia notó algunos detalles para tener en cuenta. Según Ávila las publicaciones más importantes de Patarroyo, las que llegaron a ser citadas por 300 o 400 investigadores, ocurrieron hace muchos años. “De la primera página de Google (todos con más de 200 citaciones) el más reciente es de 1995, hace 20 años”, apuntó Ávila. Y aunque Patarroyo ha seguido publicando un montón de artículos, la comunidad científica parece haber dejado de prestarle atención. En otras palabras, le creen mucho menos que hace dos décadas.

Hay otro elemento en el expediente Patarroyo que siembra dudas. Cuando uno intenta acercarse a los investigadores que trabajaron con él hace 10 o 20 años, pocos o ninguno está dispuesto a hablar abiertamente de lo que ocurría de puertas para adentro en el laboratorio. Unos por lealtad, otros por temor, otros para evitar que su nombre sea asociado al de su mentor. Cualquiera que sea la razón, ese silencio no es un síntoma bien visto dentro de la comunidad científica pues se presta para muchas suspicacias.

En el ensayo “Historia de un entusiasmo, Patarroyo y su vacuna contra la malaria”, el hoy ministro de Salud Alejandro Gaviria intentó explicar el difícil camino de encontrar una vacuna contra esta enfermedad producida por parásitos del género Plasmodium, Luego de revisar los hechos de la polémica que desde hace muchos años rodea a Patarroyo, Gaviria concluye que “cansado tal vez de las polémicas científicas, Patarroyo se quitó la bata blanca, se puso el traje de calle y comenzó a hacer proselitismo. Su entusiasmo desbordante y sus dotes de publicista nato, le permitieron mantener a la opinión pública de su lado cuando la científica ya lo había descalificado”.

Como lo dijo a El Espectador en 2011 Carlos Soto, investigador del Departamento de Bioquímica en la Universidad Nacional y discípulo de Patarroyo, “esto es muy sencillo. Los resultados hablan por si solos. Cuando se curen enfermos con alguna vacuna, la discusión tomará otra dirección”. Por ahora, sólo hay sobre la mesa una sentencia del Consejo de Estado que le pide a Corpoamazonía revisar si el laboratorio de Patarroyo cumple con toda la reglamentación para usar monos en sus investigaciones. Lo demás son sólo promesas hasta que se demuestre lo contrario.  

 

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