El laboratorio viviente del bosque amazónico

En un terreno de 25 hectáreas, investigadores del Sinchi y la Unal estudian el efecto que tendrá el cambio climático en la vegetación.

En la Amazonia colombiana, en el Parque Nacional Amacayacu, hay un laboratorio viviente. Una parcela de 25 hectáreas en la que investigadores y raizales están haciendo estudios milimétricos para calcular, por ejemplo, cuáles especies vegetales podrán resistir el cambio climático y las inclementes sequías que vendrán con él, o cuáles definitivamente van a desaparecer; para medir exactamente cuánto demora el proceso de crecimiento de un árbol y cuánto tardaría la recuperación de una zona deforestada. Un laboratorio pensado a un plazo de cien, doscientos, trescientos años, que permitirá recolectar un gran volumen de información para dar respuestas a los grandes problemas ambientales que aquejan al planeta.

Como ésta hay dos parcelas más en la Amazonia —una en Yasuní, Ecuador, y otra en Manaos, Brasil— y otras decenas en las selvas y bosques del mundo, donde se está desarrollando el mismo trabajo meticuloso que están haciendo los investigadores del Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (Sinchi) y de la Universidad Nacional en la parcela permanente de Amacayacu. Todos, en su rincón del mundo, siguen las mismas pautas que les ha dictado el Instituto Smithsoniano de Investigaciones Tropicales, con un objetivo: que a partir de esta gran base de datos, unificada y homogénea, se puedan hacer comparaciones, sacar conclusiones y tomar decisiones que sean aplicables a los bosques de todo el planeta.

Para llegar a la parcela se debe tomar en Leticia una lancha que atraviesa el río Amazonas durante una hora y media. Luego de arribar al puerto del parque Amacayacu —donde hay una casa de dos pisos que aloja a los investigadores—, sigue una caminata de una hora. Y al final están las 25 hectáreas con 1.115 especies identificadas, marcadas, mapeadas. Dairon Cárdenas, una de las cabezas del proyecto, asegura que estas evaluaciones les permiten identificar la vulnerabilidad de las especies y les dan pistas para tomar decisiones. “Si son, por ejemplo, especies que tienen una importancia económica muy fuerte para la región, debemos trabajar para identificar otras que sean sustitutivas o en su mejoramiento genético para hacerlas más resistentes”. Miembros de la comunidad indígena Palmeras también están en la tarea de investigar. A ellos más que a nadie les interesa vislumbrar el bosque en 50 ó 100 años. Es su hábitat. Necesitan saber lo que les espera.

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