El poeta de la electricidad

En 86 años de vida, Tesla jamás dejó de crear sistemas: la radio, la corriente alterna, el radar. Ahora, un grupo de seguidores busca comprar el terreno de Wardenclyffe, su conocido taller, para revindicar su memoria.

"Me es irrelevante si una turbina funciona en mi mente o cuando la pruebo en el laboratorio. No hay ninguna diferencia,  los resultados son los mismos”. Nikola Tesla
"Me es irrelevante si una turbina funciona en mi mente o cuando la pruebo en el laboratorio. No hay ninguna diferencia, los resultados son los mismos”. Nikola Tesla

En un pub de Maribor, Eslovenia, de nombre Happy Peasant, Nikola Tesla solía jugar ajedrez y cartas cuando no laboraba como dibujante para una firma de ingeniería. Sólo unos meses atrás, en 1868, se había trasladado a esa ciudad, luego de perder una beca en la Escuela Politécnica de Austria por entrar en franco conflicto con uno de sus profesores por un desacuerdo sobre un modelo mecánico.

De modo que Tesla —el hombre que años después inventaría la corriente alterna, la radio, los rayos X y divagaría sobre la posibilidad de crear una corriente universal inalámbrica— no había completado sus estudios, a pesar de que tenía las más altas calificaciones y honores y congratulaciones. Su padre le pedía que volviera a casa, pero él se resistía. Treinta y dos años atrás, aquella casa se fincaba en Smiljan, en ese entonces parte del Imperio Austríaco; su padre era cura de la iglesia ortodoxa serbia y su madre, ama de hogar, tenía una poco común capacidad de memorizar poemas sin saber leer. Nikola Tesla nació el 10 de julio de 1856, mientras afuera se desataba una tormenta eléctrica.

—Será el niño de la tormenta— dijo la partera.
—No —respondió su madre, ?uka Tesla—, será el niño de la luz.
Vestido de cazador

Cuarto de cinco hijos, Nikola Tesla principió sus estudios primarios en la escuela del pueblo el mismo año en que su hermano mayor, Dane, murió en un accidente a caballo. Al año siguiente la familia Tesla mudó su domicilio a Gospi?, donde el padre, Milutin, se granjeó un puesto como cura.
Tesla continuó sus estudios normales y en 1873 los terminó; enfermó de cólera ese mismo año y estuvo a punto de morir en varias ocasiones. Su padre le había propuesto consagrarse a la vida clerical; Tesla no aceptó: la influencia de uno de sus profesores lo inició en la física y la matemática y a aquello quería dedicarse. Milutin, el padre, en un acceso desesperado, aceptó que su hijo fuera a la escuela de ingeniería si de ese modo se aliviaba.
Tesla, sin embargo, tenía un compromiso previo con su patria: debía prestar el servicio armado obligatorio. Prefirió eludirlo, prefirió caminar y perderse en las colinas de Tomingaj. “La mayoría de ese tiempo vagué por las montañas —dijo—, con vestimentas de cazador y una bolsa de libros. Este contacto con la naturaleza me hizo más fuerte en cuerpo y mente”. Leyó a Mark Twain —un gran amigo en la posteridad— y se recuperó, poco a poco, de su enfermedad.
En septiembre de 1875, Nikolai Tesla ingresó a la Escuela Politécnica en Graz, actual Austria, sin salir de su país. “Su hijo es una estrella de primera categoría”, decía una misiva que desde la escuela enviaron al padre de Tesla. Esas mismas cartas decían —como descubriría Tesla luego de la muerte de su padre en 1879— que Nikola, un estudiante que laboraba desde las tres de la mañana hasta las once de la noche, podría morir por una sobrecarga de trabajo. Se exigía, en ese entonces, como se exigiría de viejo; recordó, en varias entrevistas, que aun mientras dormía su cerebro visualizaba.
Un dibujo en la arena
“En mi niñez —escribió Tesla en My Inventions, su autobiografía— sufrí de una peculiar aflicción a causa de la aparición de imágenes, casi siempre acompañadas por fuertes golpes de luz que estropeaban la vista de los objetos reales e interferían con mi pensamiento y mis acciones. Eran imágenes de cosas y escenas que ya había visto, nunca de lo que yo imaginaba. Cuando escuchaba una palabra, la imagen del objeto que designaba se presentaba de forma vívida en mi visión y algunas veces era incapaz de distinguir si lo que veía era tangible o no”.
Con aquella visión, decía Tesla, y el control que luego adquirió sobre ella, fue capaz de diseñar máquinas y conjuntos. “Cuando tengo una idea —escribió—, comienzo a construirla en mi imaginación. Cambio la construcción, avanzo y opero el sistema en mi mente. Me es irrelevante si una turbina, por ejemplo, funciona en mi mente o cuando la testeo en mi laboratorio. Incluso noto si está desbalanceada. No hay ninguna diferencia, los resultados son los mismos”.

Nikola Tesla perdió su beca en la escuela y sus honores permanecieron en los anales del claustro. No se graduaría jamás. Partió a Maribor, fue dibujante; fue deportado por prescindir de un permiso de estadía y enseñó en una escuela de su pueblo natal. Pero allí tampoco quería quedarse. Entonces dos familiares reunieron algún dinero y lo invitaron a Praga, Checoslovaquia; pensaba matricularse en la Universidad Karl-Ferdinand, pero no sabía checo y tampoco había presentado los exámenes de rigor. De cualquier modo, iba a la universidad y atendía las clases.

En 1881, Tesla entró a la Central Telefónica de Budapest. Un año después sufrió una crisis nerviosa. Moriría, dijeron, moriría porque se había obligado a pensar demasiado tiempo. Tesla, sin embargo, se recuperó y decidió, un día cualquiera, salir a caminar. Estaba mirando la puesta de sol en un parque de Budapest y recitaba un pasaje del Fausto de Goethe. Fue una visión, dijo, una visión. Y de golpe, con una rama, dibujó en la arena el modelo del motor de energía alterna.

El humor americano

Hasta aquel año, 1882, para que cualquiera en su casa pudiera iluminarse, había que usar la corriente directa, cuyo mecanismo fue desarrollado y patentado por Thomas Alba Edison. El modelo, sin embargo, tenía fallos: pese a que era una opción económica, no producía voltaje, por ejemplo, para iluminar un barrio entero. Años atrás, una serie de inventores —Guillaume Duchenne, Ganz Works y Galileo Ferraris, entre otros— comprendieron el problema y estudiaron una nueva posibilidad: crear una corriente alterna que, oscilando como curvas —o como un chorro de agua a presión—, permitiera utilizar mayor energía con igual costo.

En la práctica, los modelos de corriente alterna no funcionaron del todo. Era, en parte, una bendición para el negocio de Edison. Nikola Tesla, luego de trabajar en París para la compañía de Edison, fue reubicado en Nueva York en 1884. Llegó con cuatro centavos y algunos poemas en su bolsillo y sólo parte de su equipaje, que se había perdido durante la travesía. Estados Unidos era, para él, la única tierra de avanzada.

Tesla tuvo la destreza para desarrollar mejoras en las máquinas de Edison y éste le prometió que le pagaría US$50.000 —cerca de un millón de dólares en la actualidad— si lograba que los generadores y motores de su compañía funcionaran mejor. Tesla se encerró, riguroso; meses después, presentó los resultados satisfactorios. Exigió su paga. Edison dijo que había bromeado. Y dijo también:

—Tesla, usted no entiende el humor americano.

Guerra de corrientes

Nikola Tesla renunció a la compañía de Edison. Entonces, con la ayuda de algunos inversores, fundó la Tesla Electric Light Company y se afincó en New Jersey con la intención de crear un sistema de iluminación. Dos años atrás, había demostrado ante el alcalde de Estrasburgo y otros hombres de sociedad que su motor de corriente alterna funcionaba; se sorprendieron, pero prescindieron de su invento. Ahora buscaba desarrollarlo a una mayor escala, aspiraba a iluminar un barrio, una ciudad, el mundo.

“Quería iluminar el mundo entero —dijo en una entrevista con la revista Inmortality desde su laboratorio, al parecer durante su vejez—. Hay suficiente electricidad para convertirse en un segundo sol. La luz parecería alrededor del ecuador, como un anillo. La humanidad no está preparada para lo grande y bueno”. Si bien no creó un anillo de luz, Tesla logró que las calles de Nueva York fueran iluminadas con un sistema de lámparas de arco. El éxito quizá lo impulsó a pedirles a sus socios que invirtieran dinero en sus modelos de motores y generadores de corriente alterna. Los inversores no aceptaron y expulsaron a Tesla; vivió como cavador de fosas, con US$2 diarios.

Fue un tiempo de “terribles dolores de cabeza y lágrimas amargas”, que terminó un año después cuando un inversor en Nueva York y el director de Western Union, Alfred S. Brown, decidieron tomar los modelos de Tesla y financiar sus investigaciones. Junto a su mejor amigo, Anthony Szigeti, inició trabajos y poco tiempo después —por entonces presentó en sociedad sus transformadores y motores de corriente alterna— vendió una serie de patentes a George Westinghouse por US$25.000 dólares. Era agosto de 1888 y el nombre de Nikola Tesla ya sonaba en los círculos científicos: era un inventor, era un genio, un hombre cuya ambición eléctrica de seguro transformaría el siglo siguiente. Otros dirían, luego de su muerte, que Tesla era un visionario inigualable, pero que en la práctica sus modelos tenían serios desbalances.

“Él es un científico —dijo un ingeniero, cuya identidad no fue revelada, al diario The Galveston Daily News el 21 de octubre de 1894— que está más allá de su tiempo, un vidente, un genuino poeta de la electricidad, un hombre cuya mirada está enfocada en los grandes asuntos de la ciencia, y que está preparado por naturaleza para lidiar con ellos de un modo mejor que el nuestro, siempre ocupado en asuntos del común”.

Sea como fuere, con Westinghouse de su lado, Tesla lograba incluir la energía alterna como una forma masiva de producir electricidad. Entonces Edison —quizá celoso de su éxito, celoso porque antes tuvo en sus manos aquellos mismos modelos— inició una guerra para desprestigiar a Westinghouse y su equipo. Prestó ayuda a H.P. Brown, quien decía que la corriente alterna era peligrosa, de modo que para comprobarlo electrocutó a un elefante y a otros animales. Para reforzar su tesis, Edison y Brown crearon la primera silla eléctrica, basada —pues ése era su plan— en la energía alterna desarrollada por Tesla. Ambos asistieron la muerte de William Kemmler, sentenciado a la silla eléctrica por matar a su esposa con un hacha. Kemmler debía morir y morir a causa de la energía alterna para comprobar sus peligros.

Fue por esos años también en que descubrió que la energía no sólo podía ser trasmitida a través de cables; la operación eléctrica también estaba en el aire. Nikola Tesla creó las bases de la energía inalámbrica.

Wardenclyffe

Los siguientes fueron años de invención: antes de terminar el siglo XIX, Nikola Tesla desarrolló la iluminación de neón, tomó las primeras fotografías con rayos X, creó energía hidroeléctrica que luego replicó en las Cataratas del Niágara —el 26 de agosto de 1895 finalizó el proyecto junto a Westinghouse—. Y hubo otros sucesos: se convirtió en ciudadano americano, murió su madre, dijo escuchar a seres de otro mundo y fue criticado, presentó sus modelos en París, Londres, Filadelfia, Belgrado e instaló su laboratorio de Colorado Springs.

Fue también por ese tiempo que Wilhelm Röntgen, físico alemán, fue reconocido por inventar los rayos X, pese a que ya Tesla había realizado estudios y pruebas exitosas. Fue también por ese tiempo, en 1909, que el ingeniero eléctrico Gugliemo Marconi fue galardonado con el Premio Nobel de Física por inventar la radio. En realidad, Marconi basó sus estudios en 17 patentes de Nikola Tesla. “Marconi es un buen muchacho —dijo Tesla por ese entonces—. Permítanle continuar”.

A Nikola Tesla, sin embargo, semejante lucha por sus patentes parecía importarle poco. Era su costumbre trabajar en la mañana; cenaba solo, en el restaurante Delmonico del hotel Waldorf’s Astoria, a donde se había trasladado en julio de 1899, entre 8 y 10 de la noche, siempre servido por el mismo mesero según su petición. Luego retomaba sus labores hasta las tres de la mañana. Caminaba a diario varios kilómetros, de modo que siempre tuvo una figura delgada: era un hombre de casi dos metros de altura, 64 kilos de peso, siempre vestido de modo pulcro. De vez en vez acudía a la barbería; pedía siempre una toalla limpia y única para su sillón, pero no rehuía al cepillo que todos utilizaban.

Nikola Tesla necesitaba demostrar que el mundo podía ser iluminado sin necesidad de cables. La energía estaba allí, venía de la tierra. De modo que realizaba experimentos en público: en una ocasión, frente a 5.000 personas, expuso su cuerpo a una corriente de 200.000 voltios sin sufrir daño alguno; de sus dedos salían haces de luz. Así probó que la cantidad de energía eléctrica que puede pasar por el cuerpo humano depende de la frecuencia y la fuerza. Así demostró también que la energía, elevada a un potencia más alta, puede ser distribuida sin afectar y sí con muchos beneficios.

Pero muchos de sus planes, a pesar de su arduo trabajo, se verían envueltos en la oscuridad. Luego de abrir su laboratorio en Colorado Springs —donde día y noche, con una torre con cabeza de hongo, Tesla creaba fuerte estallidos de electricidad mientras, sentado, leía con tranquilidad—, con el patrocinio del banquero y filántropo J. Pierpoint Morgan, Nikola Tesla se preparó para crear la torre Wardenclyffe, su proyecto más ambicioso: el Sistema Mundial Inalámbrico.

Hoy quedan las bases de la torre de Wardenclyffe, escondidas entre la maleza. En 1901, aquella torre imponente, con un cascote en forma de hongo y construida en un área amplia en Long Island, cerca de Manhattan, medía más de 50 metros. “Ya estaría enviando mensajes a través del Atlántico en este momento si el público no fuera tan difícil de convencer de que es posible —dijo Tesla al New York Tribune en 1901—. Toma tiempo convencer a la gente de la verdad de los nuevos descubrimientos”. La idea era iluminadora y otros inversores, entre ellos el empresario John Jacob Astor, pusieron dinero en ella.

Pero los costos fueron aumentando; cuando la torre estaba a punto de ser terminada, Tesla pedía cambios; los inversores decidieron entregarle menos dinero, luego nada; las pocas patentes que Tesla no había vendido expiraron; y en 1905, por la falta de dinero y porque Marconi ya había sido capaz de transmitir un mensaje a través del Atlántico, Wardenclyffe —que hoy un grupo de adeptos de Tesla busca reconstruir gracias a donaciones— apagó sus máquinas.

Los últimos años

Nikola Tesla fue siempre una luz a medio brillar. El círculo científico sabía de su trabajo y lo alababa; algunas voces hablaban de una nominación al Premio Nobel, que jamás recibió; su genio era reconocido como “futurista”. Tesla inventó el radar —que Edison también trató de desacreditar alegando su inutilidad—, inventó una turbina basada en energía geotérmica, desarrolló las bases de los transistores —utilizados luego en las computadoras— y perfiló en sus más finos detalles, en últimas, el sistema eléctrico que hoy es común en todo el mundo. Pero sus proyectos cayeron en el olvido, sus patentes fueron atribuidas a otros y sus ambiciones, quizá por no ajustarse a las lógicas de producción de entonces, no calaron entre los industriales.

Parecía un hombre hecho para otro tiempo. En medio de su soledad —“Las mujeres alimentan y fortalecen la vitalidad y el espíritu de ciertas personas. Ser soltero produce los mismos efectos a otras. Yo escogí la segunda opción”— sólo tenía tiempo para pensar en nuevas ideas. Entre 1910 y 1914 murieron sus mecenas, Westinghouse y Astor, y uno de sus más cercanos amigos, el escritor Mark Twain. Dos años después, se declaró en bancarrota; en 1917, la torre Wardenclyffe fue destruida.

Nikola Tesla continuó trabajando en sus turbinas y comenzó a envejecer, la piel se le pegaba a los huesos; en su tiempo libre, alimentaba a las palomas en los parques de Nueva York. Fue titulado doctor en dos universidades y en 1931 fue portada de la revista Time. Luego se mudó al hotel New Yorker, el mismo año en que el New York Times aseguró que Tesla creó una máquina de energía tan potente que acabaría con una flota de 10.000 aviones de guerra de un solo golpe.

Sus teorías sobre la energía tomaron, con el paso de los años, otros rumbos. Decía que la energía mental positiva también debía ser aprovechada, que aquella fuente estaba en la música de Bach y de Mozart y en los versos de los grandes poetas, en la paz, el amor y el disfrute. Murió el 7 de enero de 1943, solo y con una dieta de leche y galletas, en la habitación 3327 del hotel New Yorker. En una de las fotografías de sus últimos meses, que circula por internet, se lo ve enjuto, con los pómulos salidos. Y una esfera de luz en sus ojos.

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