Embajadores ambientales

Leverkusen, en la margen oriental del Rin, es el corazón de la industria química alemana, el lugar en el que Bayer instaló sus cuarteles generales en 1891.

Fue allí donde, luego de un largo viaje de 14 horas, Angélica Sabogal, de la Universidad Javeriana, y Óscar Beltrán, de la Universidad Nacional en Medellín, aterrizaron para presentar ante otros 50 jóvenes de 18 países las ideas con las que piensan ayudar a cuidar el planeta.

Angélica, de 22 años y estudiante de biología, fue elegida para representar a Colombia en el Encuentro Juvenil Ambiental por un proyecto con el que quiere demostrar que los diversos ecosistemas terrestres y acuáticos esconden secretos que podrían salvar miles de vida. Por esto ha estado estudiando las neurotoxinas presentes en las anémonas de mar y los escorpiones. Como lo cree la medicina popular y lo han insinuado algunos estudios preliminares, las proteínas que usan estos animales para defenderse de sus depredadores podrían tener efectos terapéuticos contra las enfermedades autoinmunes, como la esclerosis múltiple.

“Tenemos que conservar la naturaleza no porque ella nos necesite a nosotros sino porque nosotros la necesitamos a ella”, fue lo que Angélica explicó a los jurados en Alemania que debían escoger como ganador uno de los 50 proyectos. Su trabajo se ha concentrado en intentar entender, a través de modelos informáticos, cómo interactúan las células del sistema inmunológico (células T) con las neurotoxinas.

Lejos de escorpiones y sus venenos, el trabajo de Óscar, también de 22 años y estudiante de ingeniería química, se ha concentrado en buscar soluciones a un problema ambiental que enfrenta su ciudad, Medellín, donde una buena parte de la industria textil aún no sabe cómo limpiar el agua manchada por los colorantes con que tiñen las prendas.

En Leverkusen, Óscar presentó un prototipo de filtro construido con cascarilla de arroz: “lo novedoso de esta propuesta es el uso de este material. Hoy se utiliza el carbón activado para construir los filtros, pero con la cascarilla de arroz se podrían reducir los gastos”. Una tarea pendiente para el grupo de investigación de la Universidad Nacional es lograr la degradación de la cascarilla contaminada para usarla como abono.

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