Ensayos para dejar de ser oveja Dolly

Por 30 años fue juez. Heterodoxo y jubilado, hoy los somete a sus palabras con piel de erizo.

“Deliberadamente desviado de los escleróticos moldes oficiales”. Así define el exmagistrado y excandidato presidencial Carlos Gaviria Díaz al abogado Andrés Nanclares Arango. Por más de 30 años juez penal del circuito, este exmagistrado auxiliar de la Corte Suprema de Justicia goza ahora entre sus libros y su música, dedicado a lo que siempre hizo y hoy asume abiertamente: su condición de librepensador y crítico de la forma como se imparte justicia en Colombia, al margen del cambiante universo de las ciencias sociales.

Natural de Frontino (Antioquia), formado en derecho crítico en tiempos en que la Universidad de Antioquia no se enaltecía por “ser el alma máter de la raza sino el gusano de la guayaba republicana”, Nanclares fue siempre un ser atípico. Mientras sus condiscípulos se trenzaban en agotadores debates ideológicos, él vivía en solitario, publicando ensayos y cuentos, en especial en el Magazín Dominical de El Espectador de los años setenta, sin descuidar su deber con códigos constituciones y leyes.

Cuando se graduó de abogado, en 1976, aceptó ser juez en el municipio de Zaragoza (Antioquia), y luego en El Bagre, en una época en que el Eln se movía por la zona desafiando al Estado. Después de su contacto directo con las verdades sociológicas de la crisis colombiana, regresó a Medellín y, durante 29 años, ejerció como juez penal del circuito. Una gestión que le permitió constatar cómo se transformaban los conflictos del país y de qué manera el narcotráfico empezaba a permearlo todo, hasta los prejuicios de la sociedad más rígida.

Muchos de sus colegas cayeron asesinados en la arremetida del narcotráfico contra la justicia. Otros optaron por escalar en el poder judicial. Él, “que siempre se negó a echarle gomina o almidón a las sentencias del derecho cartón piedra”, se atrincheró en su intelecto. Redactando fallos, pero también “bebiendo en el sumo zumo del conocimiento poético”. Eso sí, “lejos del brasero que forman en el alma las consejas y las componendas”. Hasta que lo invitaron a trabajar en Bogotá, para que ampliara su irreverencia.

Llegó como magistrado auxiliar de la Corte Suprema y alcanzó a quedar incluido en la lista de elegibles para titular del Alto Tribunal. Pero, según él mismo, lo sacaron de carrera “a picotazo limpio”. Desde entonces, a sus tarjetas de presentación agregó su condición de “expulsado de la Sala de Casación Penal”. Pasó a la Procuraduría, donde se pensionó. En ese momento ya tenía listo su método para “desintoxicarse del cartesianismo esterilizante que se vio obligado a ingerir para ganarse el pan en medio de la sucia y repudiable rapiña de buitres de la toga”.

La palabra fue su herramienta, a través de su urticante libro de ensayos Los jueces de mármol, en los cuales discute cómo la justicia se convirtió en una máquina para demoler hombres, autotransformando a algunos en “ovejas Dolly del poder judicial, por miedo a la exclusión de la lista de elegibles”. Por eso, sugiere evolucionar del juez domesticado al juez cerrero, capaz de fallar con independencia, lo que en su opinión significa anteponer la Constitución al apego a la ley y a las sentencias políticamente correctas.

Son ensayos donde no deja títere con cabeza. Fustiga a los periodistas que vuelven piedra de escándalo las decisiones judiciales que se adoptan “al margen de los rieles legales”; invita a hacer esfuerzos para que el espíritu de Torquemada no habite más entre los administradores de justicia, o explica por qué se está sustituyendo la ética católica del pecado, el arrepentimiento, la expiación y el perdón por la ética calvinista donde todo se negocia, hasta la culpabilidad. Escritos para apartarse de quienes obran como jueces de dos yemas.

Es decir, aquellos que obran bajo la lógica de los ascensos o la presión política y mediática. En contrario, puntualiza Nanclares, “hay que perderle miedo a aplicar la Constitución de manera preferente a la ley”, incluso contra los cometidos de los poderes públicos, así proliferen los señalamientos de prevaricadores. Lo esencial es obrar en favor de una nueva ética pública desde la creatividad del derecho. Una suerte de poesía constitucional que, en su lenguaje contestatario, es chocarse de frente “con la piel de erizo de sus palabras”.

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