Érika, su prótesis y el sueño de modelar

A los 6 años Érika Santiago perdió su pie izquierdo en un accidente automovilístico. Pasó largo tiempo para que aceptara su condición, para que empezara a verse bella. Hoy estudia modelaje.

Erika Paola Santiago, en su casa en Bosa, al sur de Bogotá.  / Fotos: Óscar Pérez
Erika Paola Santiago, en su casa en Bosa, al sur de Bogotá. / Fotos: Óscar Pérez

Tenía 15 años y quería lucir tacones —como sus amigas, como cualquier jovencita de esa edad—, pero la prótesis rígida que llevaba en la pierna izquierda, desde hacía diez años, no se lo permitía. Tenía 15 años y quería vestir faldas y pantalones cortos, pero su mamá temía que en la calle se quedaran observándola y le lanzaran alguna ofensa, como la de aquel niño que en el colegio le gritó “patasola” y terminó recibiendo un golpe de la ofendida. Ya pasó un año. Ya Érika Paola Santiago tiene 16 y usa zapatos de plataforma y luce sus piernas sin temor, sin timidez. Quiere ser modelo y por fin su mamá perdió los miedos. Hace un mes tuvo su primer desfile y en una semana se montará en una pasarela por segunda vez. “Me gusta ser diferente. Es bueno cambiar el método de todas las modelos, no ser la típica, marcar la diferencia”, dice mirándose al espejo de cuerpo entero que hay en su habitación.

El accidente fue el domingo 27 de abril de 2003. Había llovido toda la mañana. Iban en un bus de la familia, por una trocha a las afueras de Ocaña (Norte de Santander), ella, su abuelo, su papá, una tía (“que era mi niñera, que era como mi mamá”) y el chofer. Érika tenía seis años. Iba dormida en las piernas de su tía cuando sintió el estruendo. El bus rodaba por una pendiente y se iba reduciendo a chatarra, mientras todos trataban de escapar o salían a la fuerza por las puertas y ventanas. Sólo quedó ella dentro del carro. Su tía murió. “A los socorristas les daba miedo entrar por mí, porque la tierra se estaba desprendiendo. Finalmente alguien me sacó. Me desmayé en la ambulancia. Cuando desperté, mi pie izquierdo, desde el tobillo, estaba sobre una bandeja, a mi lado”.

Pasaron dos horas hasta que llegó al hospital y decidieron que había que amputarle otra buena parte de la pierna, porque la gangrena se había extendido. “Estuve dormida mucha tiempo. Cuando desperté vi a una de mis tías llorando. Ahí me miré bien y le pregunté: ‘Tiíta, ¿en serio me quitaron el pie?’”.

Érika vive en un segundo piso. En una casa estrecha en Bosa, al sur de Bogotá, a la que entra poquita luz. Dice que este vestido morado, que usará para las fotos que le hará El Espectador, lo había comprado para un desfile pero nunca lo usó. Pregunta si unas plataformas azules le combinan. Usa una media velada color piel sobre la prótesis. Se pone los zapatos altos y camina con mucha seguridad. Se mira al espejo y se maquilla los ojos y los labios. Dice que es feliz con la persona que ve en el espejo, que le gusta su figura, que se siente bella, que hace muchos años dejó de incomodarle la prótesis, porque la lleva casi siempre, sólo deja de utilizarla al dormir. Tiene dos: una que le regalaron sus papás a los 15 años, con la que puede lucir sus tacones, y otra de resina acrílica y fibra de carbono “a prueba de agua”, que está decorada con un diseño de flores que ella eligió. Con esa —fabricada por Ramsés Méndez Cortés, un diseñador industrial amigo de la familia, con el pie izquierdo amputado— se baña y va a piscina.

Érika vive allí con su mamá Ana Leira Salazar y su padrastro Richard Villadiego. Él está en su vida desde hace diez años, desde que la niña perdió su pie y llegó a Bogotá por una prótesis. Él se encontraba en el mismo lugar —el Centro Integral de Rehabilitación de Colombia (Cirec)— y por los mismos motivos. Una mina antipersona le había destrozado el pie derecho dos años atrás. La misma historia que podrían contar cientos de campesinos colombianos. Volvía de un jornada de trece horas de trabajo, extrayendo oro de los riachuelos que bajan de la cordillera Central, cuando una explosión le apagó el mundo.

“Cuando me iba a poner de pie, me fui de boca al suelo —cuenta Richard—. ‘Pisé una mina’, me dije. Me arrastré hasta el río y me tiré para que me arrastrara hasta el camino”. Hasta que encontró ayuda. Lo llevaron hasta su vereda en Zaragoza (Antioquia), un recóndito sitio donde sólo existe un carro que sale hacia el pueblo por las mañanas y regresa en las noches. Ese día no regresó. Entonces, entre 60 personas improvisaron una camilla con una hamaca y lo llevaron, a pie, durante casi tres horas, hasta el pueblo más cercano. El calvario duró casi doce horas, hasta que lo pudieron operar. Le amputaron el pie derecho y le reconstruyeron la mano izquierda, que casi pierde.

Ya había aprendido a vivir con muletas cuando llegó al Cirec en 2003, cuando un padrino le donó una prótesis, cuando se enamoró de Ana y se convirtió en el papá de Érika. Está con la niña desde los seis años, por eso sabe que su proceso de adaptación a la prótesis fue difícil: estaba en proceso de crecimiento y era necesario cambiársela, por lo menos, cada seis o siete meses; además, tenía que someterse a una “cirugía de remodelación del muñón” cada tanto. “No quería usar prótesis”, dice ella, y cuenta que fue a decenas de psicólogos y ninguno la convenció. Su mejor psicólogo, dice, fue un soldado cuadripléjico que conoció alguna vez, y que seguía vital, y con esperanzas y con sueños a pesar de estar postrado en una silla de ruedas.

Érika acaba de terminar su primer semestre de modelaje y actuación en Tairo Visión. Quiere ser modelo. Lo dice segurísima, con el mismo tono con que cuenta que admira a Aimée Mullins —la reconocida modelo estadounidense que tiene ambas piernas amputadas— porque alguna vez la escuchó decir que no se consideraba discapacitada, ya que esta palabra era sinónimo de alguien impedido, que estorbaba, que no servía. Que por el contrario, su condición le había permitido desarrollar otros sentidos. Y cuando dice eso, está también hablando por ella. La que habla también es Érika.

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