La evolución de la equidad

Hace 75 años, monseñor Ismael Perdomo fustigaba a todos por igual por la incompetencia moral que supuestamente nos afectaba, y el Estado se regía por su visión, pese a que ya habían transcurrido 150 años de la Declaración de los Derechos del Hombre.

Brigitte Baptiste  tiene 49 años y desde hace 15 moldeó su figura para convertirse en mujer. / El Espectador
Brigitte Baptiste tiene 49 años y desde hace 15 moldeó su figura para convertirse en mujer. / El Espectador

Para él, la palabra tolerancia ni siquiera estaba en el diccionario, mucho menos la noción de respeto a la diferencia: inimaginable la de la promoción y construcción de diversidad como fundamento del bienestar social. ¿Qué tanto ha cambiado la perspectiva en estos tiempos de derechos LGBTI, multiculturalidad y pluralidad étnica, y conciencia creciente del peso de la violencia intrafamiliar, especialmente contra la mujer?

Más acostumbrados que entonces a la diferencia, las imágenes de un mundo complejo nos cuestionan hoy a través de los medios de comunicación, mostrándonos la inconmensurable variabilidad de formas de vida y de vivir, a menudo difíciles de comprender, perturbadoras a la vez que seductoras. Y nos ufanamos de ser “ciudadanos universales”, cuando persiste como lastre en nuestro país un fundamentalismo arcaico y arrogante que, presumiendo superioridad moral, ni siquiera promueve tolerancia, sino aplica censura solapada, desconociendo las decisiones colectivas de regirnos por una Constitución laica. Así, habría que preguntarnos en cuál de los tres mundos vivimos realmente, si en el de la funesta aceptación de las cosas a regañadientes, el del adusto y distante respeto, o el de la apuesta esperanzada en la diferencia.

Justo cuando pareciera que estamos haciendo conciencia de la riqueza cultural que sobrevive de milagro y aún nos caracteriza, y de la multiplicidad de formas de expresar y vivir la sexualidad, afortunadamente asociadas con un reconocimiento más público del erotismo natural humano, también se consolida la polifacética participación de idearios religiosos en la arena institucional, que sería una expresión más de pluralidad si no tuviese la pretensión de dar cátedra e imponer, vía normativa cívica, sus idearios estéticos y morales, esos sí poco dispuestos al escrutinio de la ley.

Falta mucho camino por recorrer para que las asimetrías ideológicas no se resuelvan con el exterminio, abierto o solapado, de ideas, discursos, iniciativas, propuestas creativas, e incluso personas u organizaciones. Tampoco para que se confronten en arenas sin ventajas o agendas ocultas. El fundamento de la democracia moderna no parece gustarle mucho a la gente, que añora las teocracias o las dictaduras, visiones que son los verdaderos palos que se atraviesan en el camino de la paz: estamos llenos de umbrales viscerales que se expresan de manera privada y a manera de humor cruel, donde el machismo es probablemente la peor enfermedad cultural a enfrentar.

Porque es esa noción primitiva, falsamente naturalizada por jerarcas tan desnaturalizados como el mismo monseñor Perdomo, la que alimenta un modelo de familia imaginario, la aspiración a regular la reproducción y el cuerpo femenino, las relaciones íntimas entre las personas, y al final, lleva a imponerse en un patriarcado donde incluso miles de mujeres asienten y vitorean.

En síntesis, si bien los tiempos han cambiado, el Estado se moderniza y algunas instituciones religiosas siguen afirmándose en el amor, apenas nos asomamos a un país que pasa de la tolerancia al respeto y a la equidad. Falta mucho para la promoción…