Herzog, poeta del cine

Nadie mejor que este director alemán ha sabido explorar aquellas fuerzas vitales que llevan a ciertos individuos a emprender aventuras imposibles.

Toma del documental My Best Friend (1999), basado en la productiva relación entre el director (izq.) y el actor alemán Klaus Kinski.    / Internet
Toma del documental My Best Friend (1999), basado en la productiva relación entre el director (izq.) y el actor alemán Klaus Kinski. / Internet

Entre las grandes figuras del Nuevo Cine Alemán, Werner Herzog podría ser la más perdurable. Y es que el cine envejece tan rápido como sus creadores. No obstante, cuarenta años después, obras maestras como Aguirre, la Ira de Dios o Fitzcarraldo subsisten intactas, testimonio de su originalidad, belleza y fuerza extraordinaria.

Aunque nacido en Múnich, su infancia transcurrió en un pequeño pueblo bávaro, alejado de la sociedad tecnológica. Quizá así se explique su nostalgia por la vida pura, incontaminada, y su complacencia en hacer de la naturaleza el centro de su obra. Herzog bien podría ser el último de los herederos de la tradición romántica alemana de mediados del siglo XIX.

Nadie mejor que este director alemán ha sabido explorar aquellas fuerzas vitales que llevan a ciertos individuos a emprender aventuras imposibles. La línea divisoria entre la razón y la locura desaparece en sus personajes. En Aguirre, la Ira de Dios, Klaus Kinski hace el papel de Lope de Aguirre. La historia se desarrolla en la selva amazónica y se narra a través del diario del fraile Gaspar de Carvajal, un compendio de desesperación, paranoia y traición.

A través de sus ojos, la selva tropical se nos muestra como un mundo “obsceno, lleno de violencia, estrangulación y asfixia”. A la belleza de ese mundo salvaje Herzog superpone escenas surrealistas, como aquel barco de vela encallado en la copa de un árbol: ¿es la alucinación de un soldado febril, o es el barco un remanente de un evento imposible, apocalíptico? Lo real y lo imaginario se confunden.

Pero entre todas sus obras, Corazón de Cristal podría ser la más original. La escena final es una alegoría de indescriptible belleza poética y visual: el profeta tiene la visión de una isla rocosa en los límites del mundo. Totalmente aislados, sus habitantes aún creen que la Tierra es plana. Pero hay un hombre lúcido que sin descanso escudriña el horizonte. Es el primero en sospechar la curvatura de su mundo. A él pronto se unen otros hombres. Alentados por la ilusión de explorar los confines del mar, deciden abandonar su único refugio. Los músicos acuden a despedirlos; los visionarios parten en un viaje imposible. A medida que se alejan, los pájaros les siguen mar adentro. “En la inmensidad del océano podría parecerles un signo de esperanza…”

Corazón de Cristal, como casi todas sus películas, constituye una radiografía del alma de su creador. La alegoría final representa la eterna lucha entre la razón y el oscurantismo. Su amor a la libertad y la ilusión de un mundo mejor, libre de la crueldad que acompañan la ignorancia y la superstición, permean su obra.