La historia se pierde en Turmequé

Del antiguo cementerio que, al parecer, fue de masones, sólo quedan ruinas, mientras las reliquias muiscas están en manos equivocadas. En este municipio boyacense, el patrimonio cultural e histórico corre peligro por falta de políticas de conservación.

 El cementerio, que tiene tumbas de hace dos siglos, está abandonado desde 1964.  / Andrés Torres.
El cementerio, que tiene tumbas de hace dos siglos, está abandonado desde 1964. / Andrés Torres.

La historia de la masonería en Turmequé, Boyacá, es casi tan antigua como la Independencia. Según cuenta Eufrasio Bernal, presidente de la Academia Nacional de Ciencias Geográficas y candidato a ser miembro de la Academia Boyacense de Historia, desde el siglo XVIII operaba en el municipio una célula de “librepensadores” vinculada a Antonio Nariño, que aunque perdió fuerza con las muertes y desplazamientos de la década del 50, dejó su legado bajo tierra.

Los miembros se reunían en la hacienda La Magdalena, a las afueras de Turmequé. Discutían sobre ciencia, arte, libertad, entre otras restricciones, y esto, dice Bernal, fue suficiente para que la Iglesia les prohibiera el ‘descanso eterno’ en el cementerio católico del pueblo.

Sin camposanto, afirma, los masones construyeron uno propio, justo detrás del hospital del municipio, a sólo unos pasos del parque principal. Tumbas de 1876 e imponentes panteones, mausoleos tallados en piedra y símbolos de la masonería como la flor de lis y el compás, dejan ver que allí, donde yacen las familias Cuéllar, Jiménez, Guerra y otras de las más poderosas, está sepultada la historia de un grupo de intelectuales, aparentemente discriminados hasta el fin de sus días.

Hay quienes creen que en Turmequé no hubo ningún masón, ni mucho menos que están enterrados en un cementerio distinto al católico. Gloria Jiménez, primera alcaldesa del municipio elegida por voto popular, es una de los que niegan la versión: su abuelo y su padre fueron sepultados allí, y de ambos duda que hayan pertenecido a alguna logia. William Rincón, párroco de Turmequé, dice que tanto él como los últimos tres sacerdotes que lo antecedieron han desmentido la existencia de masones y, todavía más, que la Iglesia hubiera expulsado a alguien del cementerio municipal.

Eufrasio Bernal asegura tener pruebas: “recuerdo que cuando tenía siete años sentía curiosidad de saber por qué había unos mausoleos tan hermosos en ese cementerio y no en el otro. Mi mamá me decía abiertamente que allá sólo enterraban a los masones, muchos de ellos, los más adinerados del pueblo. Me acuerdo también que los personajes más ilustres, como un libanés llamado Assef Zurete, se trataban de ‘frater’ con otros como los Cuéllar o los Neira, y teniendo en cuenta que los masones se refieren unos a otros como ‘hermanos’, había entonces una forma disimulada de confraternidad”.

Más allá de la disputa de si había o no masones, lo cierto es que el valor del lugar es importante. Alessandro Martínez, del grupo de arqueología del Icanh (Instituto Colombiano de Antropología e Historia), asegura que en el cementerio pueden identificarse hasta tres tipos distintos de sociedades: la muisca —porque al parecer las tumbas se construyeron sobre una laguna sagrada de los indígenas—, la de quienes fueron enterrados y la actual. “Eso nos permite ver cómo evolucionó este municipio”, concluye.

Sin embargo, de este tesoro arqueológico y arquitectónico sólo quedan ruinas. Heladio Moreno, profesor y conocedor de la historia de Turmequé, cuenta que en 1964 un sacerdote de apellido Díaz, “que tenía serias diferencias con las familias sepultadas”, motivó la construcción de una vía que pasó por encima del cementerio: “el buldózer arrasó con todo. Los monolitos quedaron en pedazos, la gente saqueó las tumbas y perdimos el registro de quiénes estaban enterrados”, recuerda.

Desde entonces, el cementerio de los masones, como muchos lo conocen, se convirtió en corral para ovejas, pastizal de vacas y basurero para quienes desconocen su valor.

Por ello, un grupo de defensores del patrimonio de Turmequé, liderado por Heladio y Eufrasio, está gestionando la posibilidad de restaurar el cementerio y construir sobre éste un museo de la cultura muisca, que a su vez resuelva otra problemática que enfrenta el patrimonio municipal: mientras trabajan en sus sembrados, los campesinos encuentran piezas enterradas por los indígenas antes y después de la llegada de los españoles y las convierten en amuletos de la suerte o en piezas decorativas que quedan expuestas “al sol y al agua” y terminan rompiéndose.

Nelson Guerra es carpintero y vigía del patrimonio de Turmequé. Desde hace años colecciona piezas de los muiscas y así evita que desaparezcan en el mercado negro. Según él, en la mayoría de casas de la región hay una múcura, una vasija, maíz, carbón, partes de esqueletos u otros objetos encontrados en entierros indígenas. Para protegerlos, adaptó un cuarto de su casa y los exhibe a quien le interese conocer la historia del municipio, “muy rico en cultura, pero pobre en políticas, autoridades y programas que permitan conservarla”, dice.

Al respecto, Eufrasio Bernal advierte que el cuidado del patrimonio de Turmequé “está fuera de control y nadie hace nada”, y agrega que el Icanh debe hacer pronto un estudio sistemático del municipio o, de lo contrario, “se estará arriesgando todavía más el patrimonio cultural e histórico de la nación”.

El museo de la cultura muisca podría ser una alternativa, pero varias son las dificultades: aunque Alessandro Martínez, el funcionario del Icanh, dice que en términos de riqueza arqueológica “el suelo y el subsuelo son de la Nación”, el párroco, William Rincón, asegura que el terreno pertenece a la Arquidiócesis de Tunja y está en proceso de legalización.

Mientras hay claridad sobre la procedencia del predio, los defensores del patrimonio de Turmequé también luchan porque el tejo, originario del municipio, se declare como deporte olímpico, se recuperen las obras del pintor Baltasar de Figueroa (que tuvo taller en estas tierras) y, como sueña Heladio Moreno, “se declare toda esta región zona arqueológica, para que así perviva nuestra historia”.

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@marianaesrol

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