Hombres de mucha palabra

Los palabreros resuelven conflictos en sus comunidades, pero aseguran que los nuevos modelos de vida les han traído algunos problemas para ejercer su oficio. ¿Quiénes son y qué valor le dan a la palabra?

Es jefe familiar y autoridad moral. El palabrero wayuu, que tiene poco de juez y mucho de sacerdote, es un personaje neutral. Tiene experiencia de vida. Y los demás lo asumen, porque es respetado y compone apuros. Conoce bien la sabiduría wayuu: hermandad con la naturaleza, amor al entorno. Escucha —bajo las enramadas y vestido con un manto largo de hilo grueso, sombrero y bastón— a unos y otros; sopesa los argumentos; busca, con todo equilibrio, la compensación para la familia afectada.

El pueblo wayuu se ubica en la frontera caribe entre Colombia y Venezuela. Guillermo Ojeda, pintor y coordinador de la Junta Mayor Autónoma de Palabreros, cuenta que no hay un registro exacto, pero estima que existen 35 palabreros, viejos y experimentados palabreros que fungen como autoridades tradicionales. “El palabrero, en esencia, es un pensador de lo pacífico —cuenta Ojeda—, un actor moral dentro de la comunidad”.

El palabrero no tiene una formación precisa. Aprende el oficio por herencia; desde pequeño acompaña a los palabreros mayores. Narra cuentos y mitos. Da consejos permanentemente. Se dedica al pastoreo, a la agricultura y también a la pesca. Ejecuta instrumentos musicales.

Pero el pütchipü —como se lo llama en lengua wayuu— es, primero que todo, un hombre que enmienda conflictos entre familias.

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Puede suceder una agresión verbal, un robo, un homicidio.

Es entonces cuando todo el clan agredido se reúne, analiza la magnitud del daño y establece la cantidad que desea como compensación. Elige a un palabrero para mediar. El palabrero decide si quiere o no asumir el caso. Si acepta, contacta a los agresores. Se citan, bajo una enramada, y traen a varios miembros y algunos observadores. Habla sobre el valor sagrado de la vida, de la mujer, de la sangre.

La familia agredida recibe, por tradición, collares con piedras preciosas de color rojo. Y luego el palabrero determina un pago —que puede ser un corral entero de chivos, ovejos, caballos— a cuotas o de contado. Si no pagan, los agredidos se convierten en agresores y pueden llegar a sacar el ganado del corral y llevárselo.

La familia del agresor hace una recolecta entre amigos y familiares. El clan recibe el pago —en cuestión de minutos en ocasiones, en cuestión de meses en otras— y se compromete a respetar a la otra familia.

Sin embargo, este sistema, asegura Ojeda, está en problemas.

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En noviembre de 2010, la Unesco declaró Patrimonio Inmaterial de la Humanidad al sistema de reglas wayuu y de esa forma la sabiduría de los palabreros quedó salvada. O casi. Ojeda dice que el mundo de fuera los traga de a poco y los palabreros pierden su identidad. Además, el Gobierno —según reclamo de la comunidad al Ministerio del Interior— no respeta la autonomía de la etnia. De modo que tienen que buscar otro sustento de vida: vender instrumentos musicales, dedicarse al comercio de ganado. O en ocasiones presionar para que, por solucionar un problema, les den algo de dinero.

¿Qué sucede? Los jóvenes viven más en la “cultura occidental”. Reciben pagos como en la “cultura occidental”. Los jóvenes no consultan a los viejos, que tienen las enseñanzas. Son wayuu, pero poco saben de la identidad wayuu. Son wayuu, pero militan en la religión católica. Son wayuu, pero acuden a la policía y a los jueces ordinarios para resolver un problema.

En ocasiones, una familia no pide una compensación simbólica —ganado, collares—, sino que exige un monto en dinero. Incluso algunos palabreros que resuelven conflictos entre un habitante de su comunidad y un extranjero cobran por sus servicios. “Eso nos está trayendo problemas. Muchos palabreros no tienen credibilidad. Entran en la politiquería. Asumen como abogados, administradores. Esa no es la misión del palabrero. Nos lleva a que no tengamos muy claro cómo garantizar la autonomía de la etnia wayuu de la justicia ordinaria”.

Por esa razón, Ojeda tiene el propósito de recuperar las tradiciones, revivirlas. Que el palabrero vuelva a ser lo que siempre ha sido: un hombre de palabra. “La declaración de la Unesco —dice Ojeda, desde su casa en Maicao— nos llevó a visibilizar la misión de un palabrero en la comunidad. Somos nosotros, como wayuus, propietarios de ese patrimonio. Y somos los primeros que debemos reconocerlo”.

Visión indígena
En la cartilla Incentivos a la conservación en territorios colectivos: la visión de algunas comunidades indígenas de la Amazonia colombiana, Tomás Román, indígena uitoto del medio río Caquetá, dice que “cada árbol que se tumba se debe reemplazar sembrando el árbol de fruta con el que tiene relación. Cada cosa tiene su origen y su nombre, que se debe mejorar sin dejar perder su raíz e identidad. Así es que se van tejiendo las relaciones con la naturaleza”, al referirse al valor que los bosques tienen para la vida de estos pueblos.

Programa Paisajes de Conservación
Este programa, financiado por Usaid, apoya la consolidación de experiencias que ayuden a Parques Nacionales Naturales a enriquecer su trabajo en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas. En iniciativas locales lideradas por organizaciones y comunidades que habitan alrededor de los Parques Katíos, Utría, Sierra Nevada de Santa Marta, Catatumbo Barí, Cocuy y Alto Fragua Indi Wasi, se integra la conservación de la naturaleza y la diversidad cultural y social, contribuyendo a la construcción de Paisajes de Conservación.

 

 

 

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