Jóvenes: entusiastas, pero sin argumentos

Dos expertas en educación se sentaron a discutir cuáles son los valores que los estudiantes colombianos promueven y cuáles, en cambio, les son indiferentes.

¿Qué papel está cumpliendo la escuela en la formación de valores de los colombianos? Alrededor de esta pregunta giró el diálogo entre dos reconocidas expertas en educación del país: Margarita Peña, directora del Icfes y exviceministra de Educación, y Rosario Jaramillo, asesora del Icfes y exdirectora del programa de Competencias Ciudadanas del Ministerio.

Las dos coinciden en que los estudiantes colombianos son entusiastas y participativos en los procesos democráticos, pero tienen un gran vacío en el conocimiento de conceptos cívicos y ciudadanos. Coinciden también en que la educación colombiana todavía tiene un largo camino por recorrer en calidad.

¿En Colombia las evaluaciones y los exámenes de calidad y desempeño, como el del Icfes, revelan algo sobre el nivel de formación en valores de los estudiantes?

Margarita Peña: Colombia participó en 2009 en un estudio internacional de cívica y ciudadanía que hizo la Asociación Internacional para la Evaluación del Rendimiento Educativo (IEA), que mide qué tanto saben los estudiantes sobre sistemas cívicos y ciudadanos y qué percepciones tienen sobre éstos. Por un lado, sobresale el bajo nivel de los estudiantes colombianos en el conocimiento de los temas cívicos, pero contrastado con esto, se evidenciaron unas actitudes muy favorables frente al país, frente a la ciudadanía, frente a la participación.

Rosario Jaramillo: Los estudiantes colombianos son muy demócratas, creen en escuchar al otro y en poder participar. Les gusta que los convoquen y sienten que tienen ese derecho. En estos aspectos Colombia superó la media regional significativamente. También son tremendamente optimistas sobre su propio futuro y el futuro del país, son creyentes en sí mismos.

Hay que decir que tienen un pensamiento un poco ingenuo y frente a esto se podría pensar que no hay una comprensión muy formada sobre ciertos temas y problemáticas, que están respondiendo mucho más con un deseo que con una percepción clara. Tenemos todavía un sistema educativo basado mucho en la memoria y en la repetición de respuesta, y no en ejercicios de comprensión, de búsqueda de soluciones.

¿Cómo pudieron llegar a estas conclusiones?

M.P.: Con las pruebas menos especializadas, por ejemplo, las de lectura. Los niveles de lectura crítica de los estudiantes colombianos son bajísimos frente a los estándares internacionales. ¿Eso qué quiere decir? Que estamos formando estudiantes que entienden qué dice el texto y pueden inferir algunas cosas, pero no pueden contrastar las posiciones que un texto tiene frente a otro. Eso que se llama lectura crítica es una de las deficiencias graves que tenemos en el sistema educativo colombiano.

R.J.: Aquí es importante que los profesores promuevan estas estrategias. Sin embargo, hay que tener en cuenta que los cambios en este tipo de procesos son muy lentos, no se puede pensar que es inútil lo que se está haciendo. Yo pienso honestamente que el país, por ejemplo, ya está hablando de la noción de competencia y eso quiere decir que no basta con conocer, sino que hay que usar el conocimiento, aplicarlo, utilizarlo en la resolución de problemas.

M.P.: Uno no ve que haya un intercambio de argumentos, de comprensión. Muchas veces los jóvenes están hablando pero no tienen claras las razones para sustentar lo que están diciendo. No hay una elaboración de las ideas. Tenemos un problema muy grave.

R.J.: Yo no quiero ser demasiado pesimista. Solamente el hecho de que el Icfes esté evaluando pensamiento crítico y habilidades de pensamiento es un avance. Pero sí creo que estamos todavía a una gran distancia de conseguir una mayor calidad en la educación.

¿Es posible a través de estas evaluaciones determinar si los colombianos han apropiado su cultura, su identidad, su diversidad... de ese tipo de valores?

R.J.: Hay indicaciones de que sí. Si usted compara lo que pasaba hace cuarenta años en ese sentido con el escenario de hoy, sin lugar a dudas hemos logrado un gran avance y una transformación.

M.P.: En los resultados aparece un sentimiento latinoamericano muy interesante de identidad y orgullo. Hay un reconocimiento de los derechos de los otros y los propios. Al menos esto es lo que capta la prueba de papel y lápiz; de ahí a que éste sea realmente su sentimiento, es difícil determinarlo.

¿Qué importancia les está dando el país a las pruebas del Icfes, teniendo en cuenta que los jóvenes llevan un proceso de evaluación a lo largo de toda su educación pero se les termina dando un peso más fuerte a estos resultados ?

M.P.: Me parece que hay un comportamiento ambivalente aquí. Uno encuentra en la comunidad una aceptación y una confianza grande en los datos que arroja el Icfes. Sin embargo, no se está trabajando con esos datos; no hemos dado el siguiente paso para identificar qué es lo que nos están diciendo esas cifras sobre las actitudes de los muchachos, sobre su evolución, sobre los problemas que persisten.

¿En las evaluaciones en educación superior se analiza algo de formación en competencias ciudadanas?

M.P.: Estamos empezando a desarrollar un módulo para evaluar este tipo de competencias en todo egresado: lectura crítica, resolución de problemas, escritura, conocimiento del entorno. Mejor dicho, pensamiento crítico aplicado a varias dimensiones de la vida. Esperamos tener la versión completa el próximo año. También estamos trabajando en una nueva versión de las pruebas de competencias ciudadana para educación básica, que se van a aplicar en 2012 en las escuelas públicas y privadas del país.

¿De los resultados del estudio internacional cuáles creen ustedes que son indicativos de la sociedad que tenemos ahora, de nuestras problemáticas actuales?

R.J.: Una cosa que está presente en estas pruebas es la falta de rigor en las respuestas que da la gente. Esto está mostrando una sociedad que se conforma con estereotipos, que se queda en la “opinadera” pero no va más allá: a la búsqueda de soluciones razonadas, consensuadas, que realmente aporten a entender un problema. Falta de rigor y exigencia. Sólo basta con mirar los foros en los sitios web de los periódicos: son indicativos de una sociedad que cree que no importa decir cualquier cosa con tal de participar, en nombre de la pobreza, de la educación, o de la causa que ellos se quieran adueñar. Si el sistema educativo logra enseñarles a los estudiantes a entender y analizar problemas reales, va a aparecer esa necesidad de tener rigor en lo que se dice.

M.P.: Los jóvenes tienen un comportamiento muy espontáneo, quieren participar; tienen una actitud abierta ante los derechos de todos, pero muy poca base conceptual. No tienen las herramientas, los argumentos para hacerlo.

R.J.: Las habilidades mentales necesarias para argumentar tienen que estar precedidas de una educación en la que, por ejemplo, escuchar atentamente sea una prioridad, lo mismo que poder confrontar posiciones distintas.

¿Desde un colegio cómo se enseña eso?

R.J.: Desarrollando la imaginación de los niños. Enseñando a pensar. Se enseña a pensar bien cuando aparece una pregunta en la que el método para llegar a la respuesta sí importa, cuando se exige rigor en la argumentación, cuando se pide multiplicidad en las explicaciones, cuando se entiende la complejidad que puede tener una sola pregunta. Un mínimo de rigor en la búsqueda de respuestas es indispensable para poder desarrollar competencias, habilidades de argumentación, de sustentación, de creatividad, de búsqueda de soluciones, de representatividad.

¿Eso quiere decir que las movilizaciones que se dan en el país lideradas por los jóvenes están más llevadas por la emoción que por la razón?

M.P.: Hemos visto en los estudios que hay muy poca capacidad de establecer un diálogo real con base en ideas, con base en una argumentación. Le hemos dado muchas alas a la participación, pero no le estamos pidiendo nada a la gente a cambio de eso. Para participar hay que tener conocimiento, argumentos; nos estamos quedando en la forma.

R.J.: En los colegios se tienen que dar esos debates, institucionalizarlos, y brindar la posibilidad de tomar decisiones colectivas. A través de su organización, de la misma manera de relacionarse en el aula de clase, las instituciones están transmitiendo valores.