Lecciones verdes

La Escuela Ambiental Dos Quebradas busca educar a los jóvenes sobre el cuidado del medio ambiente y la preservación del hábitat.

Tomás Edinson Restán, profesor de educación física, estaba en Medellín con 16 jóvenes, presentes para un torneo local. Acompañado por tres profesores más, recorría las calles de la ciudad. Restán estaba a cargo de cuatro muchachos; cada tanto compraban comida envuelta en paquetes, que luego botaban a la calle. Detrás de él, sin darse cuenta, venían una mujer y dos niños, que recogían las envolturas. Restán y su equipo se iban a subir al metro. De golpe volteó a mirar y vio a uno de los niños estirándole la mano mientras sostenía todos los paquetes que había acumulado. “Esto es suyo”, le dijo.

Desde ese momento, Restán comenzó a idear una escuela en donde, además de realizar actividades físicas y de recreación, los jóvenes aprendieran a cuidar su entorno.

Para llegar a la Escuela Ambiental Dos Quebradas hay que tomar un colectivo que de Montería viaje a Valencia y remontar el río Sinú en una plataforma de madera desvencijada, pues el puente quedó a medio camino. Luego es necesario recorrer siete kilómetros tierra adentro, en moto.

La escuela, ubicada en la vereda El Venado, tiene un quiosco con techumbre de paja, una cocina, una piscina de agua de río y un par de esteras; la cancha de voleibol está demarcada con botellas plásticas recicladas, las sendas están limitadas por llantas delgadas y sus cercas son cadenas de motos. Todo, aquí, tiene un nuevo uso.

Adela Peña, estudiante de ingeniería agroforestal en la UNAD y esposa de Restán, lidera junto a él el proyecto desde hace dos años, cuando pusieron una tierra de su propiedad al servicio de la escuela. Vendieron dos hectáreas a la Alcaldía, que a su vez compró siete más para consagrarlas a la reforestación. La zona fue identificada como área de protección. Peña y Restán, con poco dinero y con deudas, compusieron el lugar y pasaron la voz a los colegios de Valencia y las veredas vecinas para que se acercaran al lugar.

Los maestros se mostraron escépticos. “La escuela —dice Peña— no es un hotel cinco estrellas”. Aun así, como primera etapa de su iniciativa, sembraron 4.000 árboles y ofrecieron su padrinazgo a los habitantes del pueblo. Poco a poco la escuela se volvió un punto de recreación y aprendizaje, de modo que hoy seis colegios —cuatro urbanos y dos rurales— asisten de ordinario los fines de semana. “Canalizamos los conocimientos con esta escuela —asegura Yofre Issa, maestro de la Institución Manuela Beltrán— . Ellos están en contacto con el ambiente, cuidándolo, protegiéndolo”.

Cuando planean una visita a la escuela, los niños y sus profesores se encuentran a las siete de la mañana en un campo grande. Enfilan, cada niño con su bicicleta y una botella plena de basura, la boleta de entrada. Y recorren siete kilómetros por un terreno polvoso que antes era camino paramilitar. Al alcanzar la escuela, establecen sus campamentos y se preparan para un recorrido natural.

“Los muchachos cambian su conducta frente al medio ambiente —dice Adela Peña—. Ahora utilizan material reciclable y no arrojan nada al suelo”. El primer lugar que visitan es el vivero, que Restán y Peña utilizan para la reforestación de la zona con semillas criollas: caracolí, cedro, florisanto, bejuco. Los jóvenes caminan después hacia un campo tapado por el follaje. Sólo suena el río monocorde, algunos pájaros.

La escuela, constituida como asociación ambiental en 2009, se sostiene por los aportes de las visitas escolares. Cada niño paga, en promedio, $7.000 y recibe almuerzo y merienda. Allí trabajan varias personas más —entre ellas la hermana de Adela, Omaira, y su esposo— y deben pagar sueldos, poner gasolina a las motos, mantener limpio el lugar. Restán y Peña tienen planeadas dos etapas más del proyecto: ampliar la infraestructura y fundar un criadero de guacharacas, un pájaro típico de la zona.

Del campo abierto, arriba, más arriba, los jóvenes llegan a un alambrado. Cruzan. Caminan, en tenis, por una trocha seca. Otro alambrado. Cruzan. Advierten sendos cagajones de ganado. Los eluden. Y se encuentran, arriba, más arriba, con una vista de cordillera dura.

De vuelta a la escuela, entran a la piscina con lo que visten. Termina la jornada y todos deben levantar sus campamentos, sin dejar rastro. Así sucede cada fin de semana. Cada uno monta en su bicicleta y por el camino que llegaron se van.

Todos se han ido ya. Adela Peña se para frente a un cartel que anuncia las tres fases del proyecto y las explica. De pronto hace silencio. Luego dice:

—Ha sido bastante sacrificio. ¡Uf!

Silencio. Mira el cartel, baja la mirada:

—Pero aquí estamos.

Temas relacionados
últimas noticias