Meditación, la magia de observar

Salir de la depresión fue lo que impulsó a Enrique González a meditar. Hoy se dedica a enseñar esta técnica como fórmula para detener el sufrimiento.

Hace 13.700 millones de años, aproximadamente, se creó el universo. Una de las teorías más conocidas sobre su origen fue el Big Bang, un cataclismo cósmico que, en resumidas cuentas, hizo que el universo se expandiera de una forma exponencial. A partir de esta explosión surgieron la energía, el espacio y el tiempo.
Pero ¿cómo se formó esta explosión? la creencia religiosa la atribuye a Dios; la ciencia aún no ha determinado la causa exacta, y existe un último grupo (escuelas de conocimiento esotérico: budismo, tao, zen y sufismo), que está convencido de que todo proviene de la conciencia pura. Para ellos esa energía del Big Bang evolucionó hasta conformar el hombre, con su cuerpo, alma y emociones y están seguros de que dicha evolución continúa hasta hoy.

“La cultura occidental cree que la máxima maravilla es pensar, saber y tener. Pero para Oriente no es así y desde hace 7.000 años plantea que el proceso evolutivo del hombre continúa, pero ya no depende de la naturaleza, sino de él mismo”. Estas palabras son de Enrique González, guía de grupos de trabajo interior o meditación, quien se ha dedicado durante 35 años a estudiar el conocimiento esotérico.

Desde este saber, la evolución se considera el despertar de la conciencia. Para lograrlo se requiere de la meditación, un proceso no racional que implica la observación de la realidad sin pensamientos y obliga a ver los estados internos. Por eso uno de sus principales principios es “aquí, ahora, esto”.
Para González, la humanidad está muy mal educada emocionalmente y la consecuencia es un mundo lleno de dolor. Las personas no observan realmente lo que pasa, sino que tienden a llenar de prejuicios sus acciones y al final no distinguen que una idea acerca de un hecho y el hecho mismo son aspectos diferentes. La meditación permite ver cada cosa tal y como es.

Por medio de estos ejercicios de meditación, las personas no cambian aquello que las hace sufrir (angustias, celos, vanidad, ego o miedo), sino que detallan cada una de esas emociones, pues sólo con verlas es posible modificarlas. El objetivo es trabajar con ellas para crecer, como la flor de loto que nace en medio de un estercolero.

“El proceso de la observación cambia inevitablemente lo observado. Eso es física cuántica: los sentimientos son energías que tienen cierta longitud de onda. Cuando dirijo la atención sobre ella le estoy agregando otra energía y se crea una nueva”, asegura el guía. Por ejemplo, un temor puede modificarse cuando se observa. Es una forma emocional que tomó la energía y lo recomendable, desde la meditación, es dirigir la atención a él para transmutarlo.
Según Eduardo Velásquez, instructor de meditación, las personas usualmente buscan la felicidad fuera de sí: “En el dinero, la seguridad, la pareja, la salud y una cantidad de anhelos mundanos. La perspectiva de la meditación es que la felicidad es un estado interno que no está sujeto a las circunstancias externas. Es descubrir una libertad que antes no teníamos: la de sentirse bien sin importar lo de afuera”.

Paso a paso

La meditación es un proceso profundo y elemental. No atribuirles pensamientos a los hechos sólo es posible con un esfuerzo constante y la ayuda de un grupo de trabajo. Haga el experimento. Siéntese en una posición erguida, cierre los ojos e intente escuchar los sonidos del exterior. No les atribuya nombre, ni piense en una imagen cuando los oiga. Sólo escuche… Complicado, ¿no?

Probablemente, al principio no lo logre y desespere. Uno piensa en el trabajo, el amor, la familia, las cuentas por pagar, los líos que hay que resolver. La mente, según González, todo el tiempo está trayendo un pensamiento por medio de la memoria. Es normal que eso suceda, pues el ser humano se ha identificado tanto con el pensamiento que cree que si deja de pensar, muere. Por eso para aprender a observar se requiere de un guía.

Despertar la conciencia a través de la meditación se logra por medio de cuatro niveles de profundización. El primero consiste en ser consciente de sí mismo y de lo que se hace a diario, pues solemos mecanizar nuestra vida y acciones como comer, caminar o sentarse de una determinada manera. Así que los primeros ejercicios consisten en cosas sencillas como oler y degustar los alimentos lentamente o ser consciente de la forma como se camina.

“Se valora la vida y las experiencias se disfrutan más. En el fondo todos buscamos ese estado meditativo, por eso, por ejemplo, hacemos deportes extremos, porque queremos estar en el momento y apreciarlo”, agrega Velásquez. El segundo nivel es más contemplativo. No sólo ser consciente del proceso interno, sino de lo que viene del mundo. De esa forma se desarrolla la persuasión.

En el tercer nivel la mente se vacía: “todo lo que tenemos en ella es aprendido, pues al nacer teníamos una mente pura. En esta fase sólo somos conscientes de que existimos. La meditación se convierte en una purificación de la mente”.
Por último está el estado de nirvana, como lo llaman los budistas, el de la disolución de la mente, cuando nos damos cuenta de que evolucionar es volver al origen. Aunque no es el objetivo principal, Velásquez afirma que meditar ayuda a ser más atento, pilo, sutil. Se escucha e intuye mejor. De alguna forma se desarrolla una sensibilidad perceptiva, incluso puede existir la sanación.

Para González, quien empezó a meditar para combatir la depresión, lo más importante es que esta experiencia lleve a reflexionar sobre cuál es la forma más bella de vivir. Tal vez por eso cuando se le pregunta cómo le ayudó a mejorar su vida el ejercicio de la meditación, él sólo responde: “Ya no me quiero suicidar”.

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