‘Mentiras descaradas y la ciencia’

¿Qué mueve a los científicos a producir nuevo conocimiento? En el campo de la ciencia también es fundamental cuestionar las afirmaciones y los resultados. Una lección para investigadores, periodistas y ciudadanos.

Científicos entusiasmados con los posibles resultados de sus investigaciones los anuncian como reales, como en el caso de la vacuna contra la malaria. En la foto, una madre sudanesa cuida a su hijo afectado por este mal. / AFP
Científicos entusiasmados con los posibles resultados de sus investigaciones los anuncian como reales, como en el caso de la vacuna contra la malaria. En la foto, una madre sudanesa cuida a su hijo afectado por este mal. / AFP

Otro sería el escenario si los colombianos entendiéramos qué mueve a los científicos a producir nuevo conocimiento en cualquiera de las disciplinas en las que trabajan. ¿Cuáles son sus intereses? ¿Quién los financia? ¿Cuál es la evidencia que demuestra los resultados de sus investigaciones?

Los que trabajamos en divulgar la ciencia nos hacemos estas preguntas a diario, y son las que trata el libro Mentiras descaradas y la ciencia, de Sherry Seethaler, columnista del San Diego Union Tribune y docente de la Universidad de San Diego, California, que la editorial de la Universidad de Antioquia tradujo y presentó en la Feria del Libro.

Si los científicos colombianos fueran más proclives a contar sus historias, la ciudadanía se interesaría más por su quehacer. Reconozco que cada vez son más sensibles a conversar con aquellos que no son sus colegas, pero aún les falta mucho camino por recorrer y todavía son muchos los que piensan que por contar sus temas en lenguaje cotidiano, se está “ridiculizando” la ciencia. No bajan de su torre de marfil, encerrados en sus oficinas y laboratorios, de espaldas al país.

Las excepciones —aquellos que dedican su tiempo a explicar con paciencia sus temas a estudiantes de colegios y universidades, y en lugares de encuentro de zonas rurales, o frente a un micrófono y bajo luces encendidas para quedar para siempre en un video; aquellos que apoyan la producción de materiales de divulgación— existen, pero son contadas. Y aquellos que tienen la oportunidad de oírlos pueden quedar motivados y probablemente querrán seguir escuchando, porque tendrán más preguntas y querrán participar con sus opiniones. Estarán mejor armados para tomar decisiones en su vida diaria.

La autora destaca los sesgos y propone que siempre vale la pena conocer los intereses detrás de las investigaciones científicas —o de las políticas de ciencia, añadiría yo—; siempre ir más allá de las preguntas obvias. Cuando uno encuentra la respuesta a la pregunta “¿quién se beneficia con esta investigación y con ese resultado?”, ya es un buen punto de partida para saber a qué atenerse. Hay que “desenterrar”, como dice Seethaler, esas voces silenciosas cuyo enfoque puede dar muchas luces sobre la verdad que encierra el tema, y que si no se buscan dejan una verdad a medias. Casos se han visto de científicos que modifican resultados por no perjudicar a sus financiadores o por lograr un reconocimiento. O simplemente, entusiasmados con los posibles resultados de sus investigaciones, los anuncian como reales, como ha sido el caso de la fusión fría o de la vacuna contra la malaria. Y para colmo, los periodistas repetimos —y agrandamos— los anuncios, sin contemplar otras variables. Hasta ahora estamos aprendiendo que más vale la cautela y publicar después, que llegar a primera página con una “chiva” que, más que informar, genera falsas expectativas.

Pero Seethaler también nos recuerda que la ciencia es dinámica, que muchas veces los científicos llegan a conclusiones diferentes en sus mismas áreas y que sus resultados se aplican a condiciones específicas y no pueden ser generalizados. Por el contrario, políticos, periodistas y ciudadanía reclamamos resultados contundentes: queremos la vacuna, queremos la solución para el hambre y para el cáncer, y demandamos respuestas de quienes “tienen el conocimiento”. Queremos saber si probamos el arroz transgénico con tranquilidad o si el fármaco nos curará; sí o no. Y si algo funciona en Tanzania, lo replicamos sin considerar muchas veces que las condiciones en Colombia no son las mismas.

El libro pone a todos los actores —científicos, tomadores de decisiones, la sociedad civil— a pensar sobre su papel en el proceso de encontrar un balance entre la información sobre la ciencia, las tecnologías —que no son solamente las TIC, sino también las tecnologías de la vida (biotecnologías) y las nanotecnologías, por ejemplo— y la tan mentada innovación, y en las controversias que protagonizan los propios científicos. Todos tenemos que aprender.

Y en Colombia, el desarrollo de una cultura científica en la sociedad empieza por tener una comunidad científica más proclive a escuchar a la sociedad a la cual pertenece, un sector político más consciente del aporte que puede generar el nuevo conocimiento para mejorar la calidad de vida de sus electores y de su territorio, y una ciudadanía más pendiente y activa que demande políticas adecuadas a quienes toman las decisiones, y una mayor generosidad por parte de sus científicos al momento de compartir el conocimiento.

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