Quebrada de aguas deliciosas

Los habitantes del barrio Bosque Calderón buscan proteger la quebrada Las Delicias, en Bogotá, y darle una nueva vida a sus zonas ambientales.

Aquí ya no existe la ciudad, existe el campo. El barrio Bosque Calderón —en Chapinero, Bogotá—, encajonado entre pinos y encenillos enanos, tiene tapetes húmedos como andenes y llantas como escalones. Las calles son de tierra y el fondo es un verde tupido. Tienen, al lado de sus casas de lata y sus techos de lata y sus puertas de lata, un complejo de edificios de estrato alto.

La quebrada Las Delicias, que baja de los cerros, atraviesa el barrio y es el centro de un proyecto comunitario liderado por Patricia Bejarano, coordinadora de planificación y uso del suelo de la organización Conservación Internacional. “Queremos mejorar la calidad del agua —dice— y cambiar su imagen”. La quebrada está canalizada a la altura del eje vial de la calle 63, y el primer quiosco —levantado en guadua— que servirá como parada para quienes deseen recorrer el sitio está a medio construir.

Y ya no huele como huele la ciudad, sino a agua fría y fresca. Y ya no suena como suena la ciudad, sino como suena el campo: a corriente húmeda, a pájaros.

A trabajar por la quebrada

Todo comenzó cuando Bejarano y un equipo de investigadores hicieron un muestreo de 12 quebradas de Bogotá y le dieron prioridad a Las Delicias. Bejarano, con la ayuda de Benedicto Galindo —presidente de la junta de acción comunal, 58 años— y Danilo Ochoa —líder de Chapinero Ecocultural, 30 años—, convocó a los habitantes del Bosque Calderón.

No fue fácil, en principio. Tenían el propósito de construir un camino ecológico y crear conciencia sobre el potencial ambiental de la zona. Al mismo tiempo que trataban de convencer a sus vecinos —cuenta Benedicto Galindo—, la Alcaldía pidió la restitución de las rondas o bordes de la quebrada. Algunos hogares están muy cerca de la orilla, de modo que una creciente fuerte podría arrastrarlos, pues están fundados sobre suelo blando y barroso. Había que trasladar a la gente. “Hubo un choque —afirma Galindo, que ha vivido 41 años en el barrio—: si nos van a sacar, ¿para qué trabajamos? No puede haber cerros sin los habitantes de los cerros”.

A pesar de ello, cortaron el retamo liso y espinoso de la vera de la quebrada, recogieron 53 metros cúbicos de basura de las faldas del puente vehicular, cargaron piedras y cemento y erigieron un camino, plantaron 8.500 árboles —mano de oso, arboloco, roble, cedro, cedrillo, encenillo— y los adoptaron.

Ahora viene la segunda parte del proyecto que, de hacerse realidad, permitirá ver a los viandantes un enramado de orquídeas cubriendo las paredes cementadas de la quebrada.

Un chorro de agua limpia

Y ya no suena como suena la ciudad, sino como suena el campo: a corriente húmeda, a pájaros. El recorrido es contracorriente: después de pasar el primer quiosco, los caminantes van siguiendo el sendero. Pronto se termina el canal y la quebrada corre sola, en su cauce natural.

Desde el segundo quiosco se ven gallinas, gallos, perros. Para la construcción y adecuación del camino de ronda de la quebrada (aliada al corredor de conservación Chingaza-Sumapaz-Guerrero, que tiene 600.000 hectáreas) se invirtieron $1.500 millones, y la alianza con la Alcaldía continúa hasta junio de 2012. De momento, la senda se vuelve térrea.

La ruta sigue y la quebrada se esconde. El camino inclinado es estrecho, entre casas que penden frágiles. Un par de cuadras hacia arriba, pasando una casa llena de perros y un burro con dos canecas de basura en el lomo, se encuentra de nuevo la quebrada, más limpia, más clara.

En medio del mundanal ruido

“Los bogotanos conocen de la tercera a la 100 —dice Danilo Ochoa, una de las cabezas de Chapinero Ecocultural, un colectivo de jóvenes que apoya el proyecto—, de la Caracas a los cerros. Pero no conocen nada”. Ochoa, que vive en el barrio, visita de costumbre la quebrada y toma fotografías para registrar los cambios en su hábitat. “Los jóvenes han tomado conciencia, han estado más pendientes”, afirma.

Ochoa escala por la montaña hacia el tercer quiosco, del que apenas se han cavado los huecos donde se cimentarán las bases. Desde allí se ve Bogotá entera, se ven dos edificios galantes en medio de un barrio pobre. Y el grupo —Bejarano, Galindo, Ochoa, algunos acompañantes— continúa subiendo y subiendo, sobrepasa el Pozo de los Ahogados y, más arriba de los pinos sembrados hace 60 años, lo que resta es una cascada de ancha corriente transparente: la quebrada Las Delicias.

—Es la cosa más hermosa que existe— dice Benedicto Galindo, mientras la cascada lo moja—. En el mundanal ruido de la ciudad, ese sonido lo baña a uno por dentro.

Un proyecto de ambiente

Con el apoyo de la Alcaldía Local de Chapinero, la Secretaría de Ambiente y la organización Conservación Internacional, los habitantes de Bosque Calderón finalizaron la primera etapa de la iniciativa, que consistió en vincular a la comunidad, especialmente a los jóvenes, en la conservación de la quebrada y la construcción del sendero y los quioscos. La segunda etapa incluye la terminación de los puentes y la adecuación de los caminos para el tránsito de visitantes. Del siguiente gobierno local dependerá el rubro destinado al proyecto.

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