La revolución educativa

¿Cómo asistir sin pagar a cursos de calidad? Dos iniciativas, Khan Academy y Coursera, rompen la histórica relación entre los nombres y las sumas millonarias.

A un clic de distancia está, prácticamente, todo. La llamada “era de la informática” ha generado una serie de procesos autónomos de difusión y creación cultural, que, aunque muchas veces enfrentados a obstáculos terribles, logran abrirse paso desde cualquier lugar para fomentar la creatividad grupal.

El aprendizaje que puede obtenerse a través de la red va a depender siempre del internauta. Poco sorprende que los portales más visitados en Colombia sean, según la Corporación Digital Colombia, aquellos que reproducen pornografía. Para 2012 los 500 portales más visitados en Colombia fueron 15 de entidades financieras, 13 del Gobierno, 11 de educación y 41 de pornografía; de las 280 instituciones de educación superior que tiene el país, sólo cinco clasificaron en el conteo.

Podría existir la creencia de que una educación sistemática no puede lograrse a través de internet. Ese pensamiento es cosa del pasado. Desde hace varios años el término “educación virtual” ha empezado a ocupar la mente de muchos profesores y alumnos, gestando así una especie de “revolución educativa” que, bien aprovechada, no conocería límites. No sólo ha sido el uso de dispositivos tecnológicos, sino la creciente atención que gobiernos y entidades educativas han prestado a las tecnologías de la información y telecomunicaciones. A pesar del pesimismo de algunos, los fundamentos de esta “educación 2.0” son bastante estructurados.

En Colombia se ha empezado a hacer lo propio. Iniciativas como la Universidad Nacional Abierta y a Distancia han permitido que los estudiantes no se desplacen hasta las sedes físicas, sino que tomen sus clases desde la casa. Colombia Aprende, por su parte, quiere crear 33.000 contenidos nuevos para padres e hijos para incentivar el autoaprendizaje y el soporte virtual. En cifras llanas la cosa es así: 119 universidades han incorporado tecnología e innovación en sus programas curriculares. La idea del Ministerio de Educación es capacitar en el uso de nuevas herramientas a 150.000 docentes para el próximo año.

La fijación de objetivos claros en esta forma de educar lograría avances impresionantes. Para Rafael Orduz, director de Digital Colombia, “un nuevo tipo de formación se abre paso: desde la casa, porque al mundo no le interesa ahora dónde aprendió usted; le importa sabe qué hacer con lo que aprendió”.

En octubre de 2011 Daphne Koller y Andrew Ng, profesores de informática de la Universidad de Stanford, adaptaron tres de sus cursos para ser ofrecidos gratuitamente en internet. Tanto fue el éxito que decidieron ampliar el proyecto hacia una audiencia mundial que llamaron Coursera.

Un año después de abrirse al mundo, su iniciativa cuenta con 3 millones de estudiantes afiliados (de 190 países) a más de 300 cursos ¿Cómo logró estos impresionantes números? Es bastante simple. Coursera brinda la oportunidad de inscribirse de manera gratuita en uno de los 330 cursos que dictan los mejores profesores de 16 universidades del mundo. Duke, Washington, Princeton y ahora el Tecnológico de México, son algunas de ellas.

Pero no es sólo el video. Eso es tal vez lo más rudimentario. Lo que brinda este programa es, en palabras de Koller, “una experiencia educativa real”. Las clases son asignadas un día, para recibirlas bajo responsabilidad propia de forma semanal. El video no avanzará si no se responden las preguntas del profesor de forma acertada (individualizando en un 100% el aprendizaje) y hay exámenes periódicos.

¿Cómo se califica a un millón de estudiantes conectados en línea? Para las ciencias duras, Koller se ayuda con la tecnología: un programa proveerá la nota y le mostrará al estudiante dónde falló. Para las humanidades, el sistema más efectivo, a la luz de los principales estudios en pedagogía, es la calificación de pares: otros estudiantes califican el ensayo. Con esto no sólo se gesta una camaradería mundial entre estudiantes, sino también aprendizajes colectivos en pedagogía.

Algo similar, pero con educación básica puede apreciarse en el programa de la Khan Academy: un proyecto que comenzó con el video de Salman Khan enseñándoles a sus primos a resolver ecuaciones trigonométricas, cuenta hoy con cientos de clases virtuales que van desde matemáticas básicas hasta historia del arte. Gratis.

El complejo programa de calificaciones con el que cuenta sitúa al alumno dentro de un rango de aprendizaje. Las escuelas que aplican el programa de la Khan Academy ponen de tarea los videos, y lo que hoy se conoce como “tarea” se desarrolla en clase, entre los alumnos, con asistencia del profesor. Ellos ya dejaron a un lado las notas. Para reemplazarlas crearon una base de datos en la que clasifican a sus estudiantes por “conocimiento aprendido”. Paso a paso, sin afanes, al ritmo propio. En algunas ocasiones los alumnos más avanzados ayudan a los que están estancados: de acuerdo con las estadísticas de aprendizaje de Khan, todo estudiante atascado que logra comprender el porqué de su error, avanza hasta el nivel superior. Igual que Coursera, Khan tiene un registro de todo lo que hacen sus alumnos.

Ahora, no se trata exclusivamente de la experiencia educativa por sí misma. Un millón de estudiantes conectados en línea, dándoles clic a ciertas respuestas, entregan como resultado un mapa. En la red todo es rastreable, incluso el momento en el que un estudiante devuelve determinado video unos segundos o yerra respondiendo una pregunta. Esta gran cartografía mundial se convierte en una guía sobre cómo aprenden los alumnos, qué necesitan, qué les gusta hacer para generar disciplinas de estudio.

Está probado que la educación virtual potencia fuertemente la iniciativa del estudiante. El anonimato de la red blinda al alumno con una especie de valentía para hacer más preguntas (en foros o en correos directos), para armar grupos de estudio, para hacer críticas a la metodología de la clase, entre otras. Como lo afirma un estudio de Digital Colombia: “la era digital ha abierto insospechadas posibilidades para el autoaprendizaje, la creación de estructuras horizontales que dan al traste con los tradicionales esquemas autoritarios, la credibilidad colectiva, el aprendizaje descentralizado, el aprendizaje en red, entre otros aspectos”.

Una verdadera revolución sobre cómo y dónde se aprende se encuentra en el escritorio, esperando el clic de una mente abierta para empezar a rodar.

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