Sandra Bessudo: la ministra que no fue

Naturalista de pies a cabeza, incluida la mesura en el maquillaje y el bisturí, Bessudo se baja de las 'locomotoras' ministeriales. Los monos titíes, nuevo reto de la 'mona' que salvó a Malpelo.

“Mona” en tierra de monos. Menos monos de los que ella quisiera. Sandra Bessudo, apenas cómoda con el rimbombante cargo de alta consejera para la Gestión Ambiental, está en los límites de Atlántico y Bolívar, donde 300 hectáreas de bosque seco tropical se resisten a sucumbir frente al progreso, esa bestia que embiste con saña a todas las demás bestias. Menos del uno por ciento original de este tipo de bosque subsiste en Colombia y sólo en él puede sobrevivir el tití cabeciblanco, un primate de 450 gramos de peso y diminuta melena algodonosa. Al tití lo persiguen los laboratorios porque, en situaciones de extremo estrés, desarrolla cáncer de colon y es un apetitoso bocado para los investigadores. Es, además, presa de cazadores que, siendo una cría, asesinan a su familia para robarlo y venderlo como mascota.

Bessudo siente un especial aprecio por el cabeciblanco y, entre muchas otras virtudes camufladas de defectos, hay que decir que ella es cabecidura: pasó años trepándose en los barcos dedicados a la pesca ilegal en aguas de Malpelo para enfrentar a las tripulaciones que venían a saquearlas. Malpelo es isla en un sentido algo más ambicioso que el de la escueta geografía: es un trozo de Colombia rodeado del amor de Bessudo por todas partes. Gracias a su terquedad, Malpelo es santuario de fauna y flora y patrimonio de la humanidad declarado por la Unesco.

La tarea ahora es que no acaben con esta “isla” de bosque rodeada de ganadería y en la que en alguna época cazó Guillermo León Valencia cuando los presidentes eran los que disparaban. Aquí opera el Proyecto Tití, fundado por Anne Savage, una bióloga con nombre de DJ británica, y dirigido en Colombia por Rosamira Guillén. Bessudo está obsesionada con ayudarlas para que la ambición del rey de los primates no acabe con el hogar de 67 kilos de titíes, que es lo que pesa la población completa de cabeciblancos de este y otro diminuto bosque cercano.

Entre árboles, monos y 85 tipos de aves, Bessudo, acompañada por Fabio Arjona y John Martin (director y productor de Conservación Internacional), hace hoy, entre matas y monos, lo que hace en cualquier escenario público o privado: hablar de vida y no de muerte, de verde y no de gris, de animales y no de políticos animales. Lee pocas noticias. Se frunce con la crueldad. No se ve montada en una de las locomotoras de Santos, quien le ayudó a quitarse un piano de encima al nombrar a otro, y no a ella, como nuevo ministro del medio Ambiente. Al ministro ya lo tiene medio hablado para que le mantenga la palabra del presidente de darle vía libre en la tarea de atraer la atención (y los recursos) del mundo sobre la biodiversidad colombiana, que ella conoce y clasifica.

En 1998, Bessudo tuvo un encuentro con un nada convencional tiburón que, hasta entonces, sólo había sido estudiado muerto por el hombre. Logró una muestra de ADN y confirmó que se trataba del Odontaspis ferox, ahora conocido como el “Monstruo de Malpelo”. Lo cuenta mientras el sendero del bosque desaparece frente a un obstáculo al que aún no le han presentado las motosierras: un soberbio macondo, primo de la ceiba, de cien o más años de vida y cuarenta metros de altura, que necesita de diez personas para abrazarlo o de una sola Bessudo. Se le pega al macondo y algo pasa. Algo muy íntimo, una especie de éxtasis, que confirma la importancia del contacto físico en una relación, sobre todo si se ama a un árbol tan alto que es casi imposible írsele por las ramas.

“No hay nada como el calor”, dice, mientras le escurren gotas de sudor por todas partes y la pican más bien pocos mosquitos (o menos de los que uno esperaría ver almorzando en una piel de factura francobelga). Ahora que está sintonizada con no ser ministra, seguramente le sacarán menos sangre quienes no le perdonan ser hija de Jean-Claude, dueño de Aviatur y concesionario de parques naturales. Tendrá más tiempo para su hijo Suani (“canción del sol”, en muisca) y para otros dos hijos “grandes”, no franceses sino daneses: sus perros Suunto (por la marca finlandesa de computadores para buceo) y Sabai (“fresca”, para los tailandeses).

Tiempo, también, para tomar Zacapa sin limón; comer arepas de huevo (es “catadora” profesional); olvidarse de algún exnovio, ahora condenado al olvido, y cuidar de los titíes… siempre y cuando el marido de Tutina, con quien viajó esta semana a Nueva York, le dé espacio y aire a la titina naturalista-no-ministra a la que muy bien le sientan los charcos salados: los del mar y los de sudor. Evitando el ministerio se quitó un piano de encima, pero quiere seguir con el mico al hombro.

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