Santa Laura, en los altares

Que la altura espiritual de la antioqueña tuviera que demostrarse mediante actos de magia es volver a las épocas paganas.

El Comité Médico del Vaticano certificó los milagros de santa Laura.
El Comité Médico del Vaticano certificó los milagros de santa Laura.

Una vida piadosa y dos milagros son condiciones necesarias para lograr ese Premio Nobel de las virtudes católicas que significa hacer parte del santoral de la Iglesia de Roma. Figurar al lado de León I, Pío V y de otros cazadores de herejes, apóstatas y cismáticos no es poca cosa. Semejante distinción bien merece financiar (con recursos del erario) una romería al Vaticano, procurador y presidente incluidos, amén de otras sesenta almas devotas. En momentos de fervor patriótico, no hay que parar mientes en pluralismos religiosos, ni reparar en asuntos tan insignificantes como el hecho de que Colombia sea un país laico.

Y no se trata sólo de fe, como pretenden algunos. En siglos pasados era posible canonizar sin necesidad de ningún aval. Hoy, en cambio, se requiere el certificado de “milagro auténtico” que sólo puede otorgar el Comité Médico del Vaticano. En el caso de santa Laura se comprobaron dos milagros: un soplo divino le extirpó de tajo a doña Herminia González un cáncer avanzado de útero, y otro efluvio milagroso curó al médico Carlos Eduardo Restrepo de una extraña enfermedad autoinmune, encontrándose ya desahuciado.

Y hay más milagros de su autoría: un sacerdote jura haber sido curado de un cáncer cerebral. El hombre no exagera sobre su enfermedad cuando asegura que tras seis horas en la morgue vio de repente el aura de la santa, minutos antes de despertarse sano, libre de su mal. Y para quienes todavía dudan de los poderes de la monja, el diario El Colombiano nos informa que en el barrio Belencito de Medellín, santuario de su congregación, reposan cuatro pares de muletas, un caminador, dos bastones, tres anteojos, dos prótesis y varias sillas de ruedas, testimonios irrefutables de sus poderes.

Pero la proeza de alcanzar la gloria de los altares se hace mayor cuando descubrimos que para llegar a santo no es suficiente el aval de los científicos vaticanos. El papa Francisco y sus cardenales debieron comprobar que fue la monja de Jericó quien finalmente lograra convencer al Todopoderoso de no llevarse tan rápido a doña Herminia y a don Carlos. No podemos olvidar que el papa reza todos los domingos por los enfermos del mundo, y en cuanto a prerrogativas divinas no es rival fácil. ¿Cómo descartamos que la intercesión divina no se haya logrado a través de las oraciones de Juan Pablo II o de algún amigo o familiar? El médico asegura haberse encomendado a la beata, pero entre tanto intrigante no sabemos a quién se deba en últimas la gestión celestial. El galeno prometió retribuirle el favor “contando al mundo su milagro” (único faltante para poder emprender el viaje definitivo a los altares), negocio harto delicado en el reino de los cielos, donde todo se sabe. La cuestión es de la mayor importancia porque de otro modo estarían canonizando a la monja jericoana, literalmente, con padrenuestros ajenos.

Los testimonios de milagros jamás han incluido la aparición de un miembro amputado, ni de ningún tuerto que haya visto reaparecer su ojo. Existió un santo, sin embargo, que estuvo más cerca que ningún otro de obrar uno de esos prodigios imposibles. Se cuenta que el obispo Eligio de Noyon, santo patrono de los orfebres, llevó a su taller, para herrarla, una pata de caballo que él mismo había amputado. La historia narra que después de fijar la herradura al casco, Eligio logró ponerla de nuevo en el muñón del animal. No es gratuito que este santo también sea venerado como patrono de los veterinarios.

También curan las reliquias: el pene de Aarón y el cuerno del profeta Moisés están entre las más famosas. Pero si de objetos milagrosos se trata, ninguno supera los poderes terapéuticos de los huesos de santa Rosalía, a los cuales atribuyen la sanación de miles de enfermos. Poco importa que la osamenta sea en realidad la de una cabra, pues sus devotos igualmente los siguen venerando, aunque hoy, quizá por decencia, deban permanecer ocultos en una caja.

Pero hay otros poderes, además del don de sanar. Santa Teresa de Ávila y san José de Cupertino eran diestros en el arte de volar. Sus levitaciones extraordinarias llenarían de envidia a cualquier monje tibetano. Existen más de cuarenta referencias de las hazañas de este santo. En cierta ocasión, según testigos, Cupertino voló desde una de las bancas de la iglesia hasta el altar mayor. Cuentan que al aterrizar sobre las velas encendidas sufrió algunas quemaduras de importancia. Tales vuelos llegaron a ser tan frecuentes que sus superiores debieron excluirlo del coro, pues en el momento menos esperado despegaba del suelo y comenzaba a revolotear por los techos creando el caos entre los cantantes. También cuentan que por sospecha de brujería, el franciscano debió comparecer ante Urbano VIII. Por fortuna, el frailecito pudo entrar en éxtasis durante el interrogatorio y, a pesar de las amenazas del inquisidor, logró alzar vuelo. En reconocimiento a sus poderes antigravitatorios, san José de Cupertino fue canonizado por el papa Clemente XIII.

Un alma caritativa y abnegada, como fue la Madre Laura, merece un reconocimiento en vida, en la Tierra, no en el Cielo. Haberse ganado el odio de personajes como monseñor Builes es la mejor prueba de sus altísimas calidades humanas. La caridad y el fervor religioso pocas veces van de la mano, y es un atavismo de épocas paganas pretender que la altura espiritual tenga que demostrarse mediante actos de magia. En uno de sus magníficos aforismos, Christoph Lichtenberg escribió: “Algún día nuestro mundo será tan refinado que nuestras creencias religiosas resultarán tan ridículas como hoy en día lo es creer en fantasmas”. El genial pensador alemán jamás imaginó que de despertar tres siglos después se hubiese encontrado con las mismas supersticiones, las mismas fábulas infantiles de espíritus que curan desde el más allá.

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