Segunda parada: Santa Marta

A Santa Marta se llega luego de remontar Bocas de Ceniza, por el río Magdalena, y entrar de nuevo al mar Caribe.

Entonces la costa se ve lejana y lo único que ocupa la vista es un mar encrespado y azul verdoso, separado del río por una frontera casi recta.

El viaje de Cartagena a Barranquilla había sido plácido. Pero de Barranquilla a Santa Marta tuvo otros matices. En el quinto día de la Expedición Padilla, atracado el buque Cartagena de Indias en la Sociedad Portuaria de Santa Marta, y mientras la alcaldesa y el comandante recibían los honores de la ciudad, hombres y mujeres —expedicionarios jóvenes de Barranquilla, Cartagena, Riohacha— intentaban recuperarse de las náuseas.

Un espíritu extranjero

El buque, dicen, fue construido hace más de 70 años en Alemania. En el cuarto de máquinas, dicen también, murió un hombre. De modo que cuando algún expedicionario —nadie sabe quién— vio una sombra y les contó a todos, se formó un rumor que después se convirtió en burla y en mito. De eso hablaban los expedicionarios en cubierta cuando, caminando desde la tapa McGregor —el sitio bajo de la popa, con nombre de pirata—, llegaron los primeros enfermos. El buque se zarandeaba y quien caminaba podía terminar de cara contra una esclusa o de bruces en el suelo.

Abajo, en los cuartos, donde antes había orden, ahora colgaba la ropa de cualquier tubo, pantalonetas sobre el aire acondicionado. Mientras tanto, la cubierta iba llenándose de cuerpos flácidos extendidos por el suelo y de caras recostadas sobre la borda, mirando un mar que pasaba espumoso y rápido.

Una ‘papayera’ marinera

El recorrido fue esta vez más corto, pero la sensación general de mareo pareció extenderlo. Y entonces alguien, mientras los marinos experimentados se burlaban de los principiantes, decidió bautizar el síntoma general como el ‘abrazo de Padilla’.

Los expedicionarios recibieron una lección histórica sobre Padilla. El almirante justo había pasado por ese mar y bloqueado la entrada de víveres y armas para los españoles. Así obtuvo la libertad de Santa Marta. La Expedición Padilla es, como ha recalcado su director, Alberto Abello, una forma de recordar el camino de una batalla marítima ocurrida hace dos siglos.

Pero ninguna cátedra histórica pudo remediar las náuseas. Y mientras los expedicionarios afectados estaban en el suelo, todavía pálidos, un grupo bailaba en fila india y el teniente Mantilla, segundo al mando, gritaba: “¡Muévelo! ¡Erda!”. Porque ¿cuándo —cuándo— podrán ver de nuevo una ‘papayera’ en alta mar? Porque ¿cuándo volverán a embarcarse en un viaje marítimo por el Caribe durante quince días, durmiendo y comiendo en un buque? Nunca, quizá.

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